Candilazos

Los Fideles pijoguays

Los Fideles pijoguays

Hay que reconocerle a Susana Díaz que lo clavó cuando restregó a Pablenin que ella sí puede decir que viene de la casta de los «fontaneros». Porque entre ella, criada en la humilde barriada de El Tardón, en la zona de Triana (Sevilla), y los hijos de altos funcionarios alimentados con biberones de papilla ideológica en la gran Madrid -como los Errejoners en la céntrica Plaza de los Cubos-, hay diferencia. Mucha. La que va de tener autoridad moral para combatir abusos y privilegios a no tenerla, precisamente porque forman parte de ese club elitista de la gauche divine, famosos gracias al pelotazo político y paradigma de la estirpe de niño de papá.

Andan los podemitas y rufianes exacerbados tratando de estigmatizar con la etiqueta ‘Cayetanos’ a los jóvenes libres y no tan jóvenes que aporrean sus cacerolas en el barrio de Salamanca o se manifiestan a pie de calle con su mascarilla y su bandera contra un Gobierno negligente y censor. Como si el decreto de alarma lo prohibiera, cuando no es así. Para ello tendría que haberse decretado un estado de excepción, que ya se está aplicando de facto para contener la desafección al bipartito canalla. Una protesta de gente de toda condición que no se reduce a Núñez de Balboa, sino que cada vez tiene más focos: Chamberí, Pinar de Chamartín, Sanchinarro, Aravaca, Retiro, Puente de Vallecas…

A la progresía colocada y paniaguada le va la vida en alargar esta privación de libertad el mayor tiempo posible para tratar de imponer su agenda sociocomunista. Un ideario que han mamado desde la cuna mientras a sus padres le llevaban el café al despacho ministerial. Ahí está el caso de Errejón, hijo de un alto cargo del Gobierno durante 30 años con paso por el Ministerio de Obras Públicas y luego la Aeval. O de Pablo Bustinduy, hijo de la ex ministra socialista de Sanidad Ángeles Amador. O de Ramón Espiblack, hijo del ex alcalde de Leganés condenado por las tarjetas opacas de Caja Madrid. O de Rita Maestre, hija de un consejero técnico de la Agencia Tributaria del Ayuntamiento de Madrid.

O el caso de Pablo Iglesias, hijo de otro alto funcionario del Estado que ejerció como Inspector de Trabajo y Seguridad Social en las provincias de Soria, Guipúzcoa y Zamora. O del propio Pedro Sánchez, hijo del gerente del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM), adscrito al Ministerio de Cultura, bajo mandato de Felipe González.

Estos nuevos ricos, que viven en Pozuelo y en Galapagar con chaletazo incluido a costa del contribuyente, son los que se erigen estos días en paladines del proletariado, el mismo al que han cerrado la persiana y han hundido el negocio por su nefasta gestión de esta crisis sanitaria. A estos Fideles pijoguays, que nunca fueron «el hijo del obrero a la universidad», que presumen de tesis doctorales de cuarta regional y que se forran los bolsillos desde el carguito público, no se les cae la cara de vergüenza. Ni se les caerá.

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