La convergencia del fenómeno yihadista y la extrema derecha

La convergencia del fenómeno yihadista y la extrema derecha

Lo que por ahora sabemos sobre los ataques a dos mezquitas en Nueva Zelanda nos va dejando una serie de puntos de reflexión que sería interesante tener en cuenta. La primera ministra, Jacinda Ardern, no dudó en clasificarlo inmediatamente de atentado terrorista. Discusiones académicas aparte, parece que sí encaja en la definición que da la ONU, según la cual deben concurrir al menos dos elementos: primero, que se haya perpetrado un acto criminal –en este caso, un asesinato a sangre fría de varias decenas de personas– o la amenaza de cometerlo; y, segundo, tener la intención de infundir miedo en la población o de coaccionar a una autoridad política para que actúe en un sentido.

Hasta el momento, no han trascendido las motivaciones políticas de los atacantes, o si pertenecen a un grupo concreto, o si han presentado una lista de reivindicaciones concretas al estado neozelandés. Lo que sí es evidente es que la execrable acción que han cometido ellos mismos la conciben como una forma de “protesta” contra la política migratoria del país. Se trataría, pues, de un acto terrorista, sin necesidad de que un grupo –una marca– respalde esa acción o que los atacantes se amparen en una ideología –radical– concreta.

En las últimas décadas los investigadores nos hemos centrado más en analizar el fenómeno yihadista y hemos dejado de lado el estudio del terrorismo de extrema derecha. En este caso, ambos convergen. No porque se hayan dado a la vez, sino porque el ataque es un típico ejemplo de xenofobia e islamofobia. En ocasiones, algunos individuos reaccionan con violencia ante otras personas que vienen de fuera, porque se sienten intimidados o amenazados. Los terroristas se sentían indignados por todos los episodios –lejanos o cercanos en el tiempo– en que los musulmanes han atacado a la civilización occidental –de ahí sus referencias a Don Pelayo o a Viena 1683 escritos en los cargadores de munición– y no han encontrado manera más “heroica” de responder que entrar por sorpresa en una mezquita, en lugar de plantarle cara al Estado Islámico en Siria. Ese miedo al extranjero es irracional, pero más irracional es la respuesta que han dado aquellas cuatro personas. Paradójicamente y muy al contrario de lo que la gente suele pensar, la inmensa mayoría de las víctimas de atentados yihadistas son otros musulmanes, así que esto no es nuevo para ellos.

Un último detalle que también llama la atención en este funesto episodio: es la primera vez que se trasmite en directo por Facebook Live un ataque terrorista. El vídeo fue accesible libremente sólo por unos pocos minutos, pero eso no impidió que aún siga circulando por distintos canales. Así es la ambivalencia de las nuevas tecnologías. Y esto nos lleva a una consideración sobre el narcisismo o el exhibicionismo que han demostrado los atacantes –por grabarse mientras están masacrando a otros seres humanos, querer inmortalizar ese momento, padeciendo la versión más horrible del síndrome selfie– y el morbo o curiosidad malsana de los espectadores o consumidores de ese tipo de contenidos. ¿Pensarían los terroristas que estaban dentro de cierto videojuego popular que consiste precisamente en ir por las calles matando gente? ¿Sabrán los espectadores distinguir realidad de ficción? Para concluir, recordemos tres expresiones usadas por la primera ministra neozelandesa que describen el impacto de este hecho: son personas cegadas por “puntos de vista extremistas”, “que no tienen lugar en nuestro país ni en nuestro mundo” y que estamos viviendo “uno de los días más oscuros” de Nueva Zelanda. Descansen en paz las víctimas. Todo el apoyo a los familiares.

Antonio Alonso Marcos, es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad San Pablo CEU. 

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