Bochorno, vergüenza e indignidad

Bochorno, vergüenza e indignidad

Hay un precedente. La televisión socialista ya se metió una vez en la cárcel para entrevistar a un delincuente promotor del GAL: Julián Sancristóbal. Ahora Sánchez y su monaguilla Mateo han revivido la fechoría con el preso sedicioso Junqueras. Sánchez ha puesto la televisión estatal al servicio de los que quieren destruir el Estado, la propia España. Bochorno, vergüenza e indignidad. Los independentistas le tienen cogido por los escaños y él, en las vísperas de otra transgresión democrática les da bolilla. Y es que este martes, a las tres de la tarde, se abre de nuevo la casa de los líos en esa asamblea barriobajera que es el Parlamento de Cataluña. Desde Bélgica, indecentemente acomodado en Waterloo, el fugitivo Puigdemont —no es un “expatriado”, señor director de La Vanguardia; es un huido de la Justicia— encela a su pobre mamporrero Tardà para que desobedezca al juez Llarena y convierta a los suspendidos diputados —unos en la cárcel, otros en la deserción— en propietarios de una representación que pueden delegar incluso en su mascota.

Los súbditos de Puigdemont, aparte de presuntos maleantes, son castizamente unos mastuerzos. Son como esos indios fanáticos que se largaban estopa de la buena mientras sus jefes se columpiaban en las tipis de las flechas y el frío. Por eso este Puigdemont es un desvergonzado y sus acólitos unos bodoques. Probablemente, les van a caer años de cárcel por seguir a un visionario de pitiminí. Companys y Dencàs, sus antecesores de los 30 del siglo pasado, se dieron el piro cuando vieron que la cosa se les ponía fea, pero al menos no se hicieron acompañar en el tránsito por un séquito de los CDR, sujetos en camiseta muy parecidos a los boixos nois del Barça.

Este martes se va a consumar muy probablemente otro golpe de Estado en Cataluña mientras Pedro Sánchez, silente, imparte la especie de que, nada, que los independentistas son unos chiquillos alterados que no hacen otra cosa que trastadas. Se está comportando como cómplice activo del huido belga y compañero de equipo de los sediciosos. La única buena noticia que nos podemos llevar a la boca en estos días es que el presidente del Parlamento, Torrent, muchos de los consejeros de la Generalidad, y hasta el patético Torra son unos cobardes que no quieren terminar almorzando “pa amb tomaquèt” en la cárcel. Eso es lo único que tienen claro.

Ahí les espera Sánchez, un presidente del Gobierno sin merecimiento electoral alguno, que va a pasar una semana de aúpa en el Senado y en el Congreso respondiendo a las trapisondas, ora fiscales, ora académicas, de sus ministros y, claro está, de él mismo. En ningún otro país del Occidente civilizado se toleraría a un presidente así. Aquí nos causa bochorno y vergüenza y rezuma indignidad, pero sigue en el machito con pensión incluida, sostenido por golfos terroristas, secesionistas de vario pelaje y comunistas de la estirpe de Maduro. El corresponsal Miquelarena se tiró al Metro de París con una nota manuscrita en el bolsillo del abrigo que, como todo testamento, lamentaba: “!Qué país, Miquelarena¡”. Pues eso.

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