Este mes de enero se cumplen 30 años de la muerte del artista

Cómo la Revolución de Octubre convirtió a Gala en la mejor estratega para Salvador Dalí

Retrato de Gala Éluard Dalí en la casa de Port Lligat. Foto. María Villardón.
Retrato de Gala Éluard Dalí en la casa de Port Lligat. Foto. María Villardón.

A mediados de los años 30, los Dalí –como se les conocía ya en todo París a Salvador Dalí (Figueras, 1904) y Gala Éluard Dalí (Rusia, 1894)– llevaban varios años juntos, pero aún vivían modestamente en un pequeño apartamento ubicado en el discreto barrio parisino de Montrouge y tenían el dinero justo para comprar los materiales pictóricos y, de vez en cuando, poder ir al cine, por supuesto, siempre en la última fila por la fobia social del pintor. Un día, mientras cenaban pan con queso Camembert, la pareja recibió una invitación para asistir a una sofisticada cena organizada por los vizcondes de Noailles, un moderno matrimonio perteneciente a la aristocracia francesa que fue uno de los principales benefactores de la obra del catalán después de que Joan Miró les presentara. De hecho, fueron los Noailles los mecenas que financiaron de ‘La edad de Oro’, la cinta surrealista que Dalí hizo junto al cineasta Luis Buñuel en 1930.

Tras una larga jornada de pintura, Salvador y Gala acudieron a la cena. Ella discretamente ataviada de negro con un tocado con velo sobre el rostro –se había negado a ponerse un langostino surrealista sobre una de las orejas, tal y como había sugerido el pintor– porque, según explica Monika Zgustova en su libro ‘La Intrusa’, “quería pasar desapercibida, ser una mujer invisible, una sombra que entraba allí sólo para ayudar a su compañero. Gala siempre se mantenía en silencio, prefería y escuchar y aprender que brillar”. Para Dalí, según comenta la autora, era un verdadero suplicio permanecer en una cena de alrededor de 40 comensales y, haciendo gala de su singularidad, se negaba a ser servido por los camareros y, por lo tanto, no comió nada en toda la velada.

Salvador Dalí
Salvador Dalí

Charles de Noailles, sorprendido por el poco apetito de su invitado, le preguntó la razón por la que no comía y, tras unos breves segundos, el artista surrealista contestó que había comido en casa un mueble bar, incluido el cristal. Por algunos minutos, el resto de invitados –sorprendidos por semejante provocación– guardó un silencio sepulcral hasta que Marie Laure de Noailles, la vizcondesa, soltó una sonora carcajada. Gala, tras el numerito de su compañero, respiró tranquila por su manera de salir airoso, pero sobre todo vislumbró un aspecto de Dalí en el que hasta ahora no había reparado: el artista sólo tenía problemas de timidez y socialización cuando era él mismo, pero no cuando mostraba ser un personaje surrealista.

Gala, sedienta de éxito y dinero, siempre miedosa a acabar sus días abandonada y sin medios económicos con los que sobrevivir holgadamente, fruto de su trauma por la Revolución bolchevique de Octubre de 1917 –”A Gala”, comenta Zgustova, “Rusia la asustaba y todo lo que venía del país de los soviets la intimidaba. Tenía pánico al comunismo y sus métodos”– que arrasó Rusia, puso todo su instinto estratega al servicio de la nueva máscara de autopromoción –la conocida marca personal– con la que Dalí aparecería en sociedad hasta el final de sus días y lo convertiría en leyenda.

“Hasta que no encuentra a Gala, Dalí es un buen pintor que se adapta a las tendencias de su tiempo, como se ve en ‘El perro andaluz’película surrealista también elaborada con Buñuel–, pero no ha generado esa explosión brutal que después lo convertirá en una obra de arte en si mismo”, comenta el escritor Jordi Corominas en Radio 5. Efectivamente, la rusa fabricó un mito artístico forjado por la mujer enigmática de rostro de esfinge que apenas mostraba una sonrisa expresiva y franca, nadie podía descifrar lo que pensaba o sentía, ella siempre apartaba todo lo que le hacía daño.

Cómo la Revolución de Octubre convirtió a Gala en la mejor estratega para Salvador Dalí
Gala y Salvador Dalí en Port Lligat. Foto. Getty.

No obstante, Gala, una mujer culta, leída y con un olfato especial a la hora de percibir el talento artístico en sus compañeros, no era la primera vez que de manera disciplinada y ambiciosa lograba convertir a una de sus parejas en una celebridad. Paul Éluard, al que conoció en un sanatorio de Davos antes de estallar la Primera Guerra Mundial, fue su marido durante años y uno de los poetas más importantes del movimiento surrealista liderado por André Bretón gracias al desprecio absoluto que la rusa sentía por el fracaso. “No es posible entender a Paul, el primer poeta surrealista, sin la figura femenina de Gala. Una persona que, por otra parte, está entre los surrealistas antes que Dalí, algo que a veces olvidamos”, apunta Corominas.

La rusa también contribuyó, junto al poeta y el artista Max Ernst –que se enamora de ella y abandona a su mujer para irse a París con Gala, formando un menage a troi con Éluard, aunque no será la primera vez que Ernst abandone a una mujer por otra como pasó con Peggy Guggenheim– a elegir los once collages que formarían parte de la colección de poemas ‘Repeticiones’, un proyecto que se publicaría concretamente en 1922. “Era una mujer muy leída y eso la convirtió en una crítica excelente. Durante mucho tiempo, Éluard no se atrevía a publicar sus poemas sin que Gala los revisara”, relata Zgustova en la publicación anteriormente citada.

Salvador Dalí y Gala Dalí en Mónaco. Foto. Getty
Salvador Dalí y Gala Dalí en Mónaco. Foto. Getty

Gala nunca se equivoca nunca en su apreciación de la pintura”, solía presumir Dalí cuando se refería a la astucia de su mujer a la hora de identificar un éxito. El artista de Cadaqués, que desfallecía de miedo sólo con pensar en cruzar solo la calle y no sabía ni manejar su dinero –un inútil para la vida cotidiana, tal y como decía su padre, el gritón notario de Figueras–, encontró en Gala a su complemento ideal. Dalí se dedicada en alma a la pintura y, además, brindó a la rusa la cota de reconocimiento artístico que el grupo surrealista a menudo le negaba, un colectivo de vanguardia que siempre la detestó, al menos a tenor de las palabras de Tristán Tzara tras unas vacaciones en Tirol en 1922: “¡Es una pesadilla, es intolerable! ¡Gala con sus dramas de Dostoievski! Nadie quedó satisfecho con aquellos días salvo, tal vez, Max –por Ernst–”.

En junio de 1840, con las tropas alemanas de Hitler invadiendo Francia, Gala  –que había vivido el preludio de la Revolución Socialista– ordena empaquetar todas sus pertenencias para huir de las llamas de la II Guerra Mundial y refugiarse en EEUU, a pesar de que Dalí no quería abandonar España. Finalmente, siempre como cabecilla de la pareja, los Dalí –ella vestida con un traje de chaqueta de Coco Chanel, una buena amiga de ambos– embarcaron junto a sus amigos Man Ray y René Clair en el barco ‘Excambion’ de la American Export Line. Es precisamente en esta travesía, una vez más gracias a la mente prodigiosa –y codiciosa– de Gala, cuando planearon el discurso de Salvador para la sensacionalista prensa americana. “Evitaron el show de langostinos y costillas voladoras y hallaron una nueva fórmula para captar la atención: un retorno al clasicismo, una nueva etapa del pintor”, según explica Zgustova, que estaría aliñada con la autobiografía de ‘La vida secreta de Salvador Dalí’, un libro en el que Gala colaboró ampliamente, sobre todo como crítica y correctora, y que el pintor le dedicó: “A Gala-Gradiva, la que avanza“.

Gala y Salvador Dalí en los toros. Foto. Getty.
Gala y Salvador Dalí en los toros. (Foto: Getty)

Todo, absolutamente todos los aspectos que no tuvieran que ver con la producción artística, corría de la férrea mano de Gala. Los tentáculos de la rusa abarcaban desde la clientela y las transferencias bancarias –aunque prefería el cash– hasta la publicidad o la firma de los contratos que Dalí tuvo con el MoMA neoyorquino. Tras una breve estancia en Virginia, el tándem ganador, sólo destinado a ganar dinero salvajemente, llega a Nueva York con cientos de lienzos y un nuevo libro que se traduciría al inglés rápidamente. Gala, antes de instalarse en el hotel St. Regis, uno de los más lujosos de la ciudad, abonó el terreno aprovechando sus vínculos con los adinerados americanos y dejando de lado al numeroso grupo de artistas europeos que se habían refugiado en EEUU. Ellos eran ‘avida dollars’, como les apodó Bretón, no tenían tiempo para sentimentalismos bélicos.

América trató bien a Dalí, del que este mes de enero se han cumplido 30 años de su muerte, él seguía divirtiéndose mostrándose tras una imagen de marca bien construida que se venderá en todo el globo, pero ella, Gala, la rusa que “siempre avanza”, cada día se mostraba más inexpresiva y más avara. Jamás pudo olvidar lo que vio en la Unión Soviética, sus conocidos empobrecidos por el régimen comunista hasta la mendicidad, el suicidio de su amiga la poeta Marina Tsvetáieva tras la muerte de su marido a manos de la policía soviética, su hermana, Asia Tsvetáieva, pasó largos años en campos de trabajos forzados o su padrastro, un abogado acomodado al que le unió siempre un gran cariño, relegado a vivir en una mísera habitación dentro de su propia casa.

Gala sufría y sufría pensando que algo así podía sucederle a ella, por eso acumulaba el dinero de manera escandalosa y no perdonaba los derroches del surrealista cuando invitaba a decenas de personas a su casa de Port Lligat para hacer cuadros vivientes. Sentía pavor a la miseria y en Dalí encontró la armonía perfecta para poder vivir con abundancia y tranquilidad. Dalí poseía la genialidad, sin duda; pero, ante tantas evidencias expuestas, ¿aún siguen pensando que el personaje surrealista que engolaba la voz a la llegada de los periodistas fue una invención del artista?

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