Entró sin avisar, pidió bacalao y pagó como cualquiera: la comida de Felipe VI en La Maruca, al detalle
Felipe VI disfrutó el pasado miércoles de un almuerzo entre amigos en La Maruca (Castellana)
El monarca eligió este conocido restaurante del grupo de Paco Quirós, famoso por platos como las rabas o su tarta de queso
Horas después, Felipe VI reapareció en el Riyadh Air Metropolitano
El pasado miércoles dejó una de esas estampas que, sin hacer demasiado ruido, condensan varias capas de la vida pública y privada de Felipe VI en apenas unas horas. Por la mañana, agenda institucional en el Palacio de la Zarzuela. Por la tarde-noche, fútbol europeo en el palco del Riyadh Air Metropolitano. Y entre medias, una comida larga, distendida y completamente ajena al protocolo en uno de los restaurantes más reconocibles de Madrid. Según ha podido saber COOL, el monarca eligió La Maruca, en su local del Paseo de la Castellana, para disfrutar de un almuerzo entre amigos tras reunirse esa misma mañana con el presidente del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Una elección que, más allá de lo anecdótico, permite reconstruir con bastante precisión no solo dónde estuvo, sino cómo comió, qué pidió exactamente y cuánto costó la experiencia.
Felipe VI no acudió solo. Lo hizo en una mesa de cuatro personas y, tal y como confirman fuentes directas del restaurante, llegó el último. Sin aviso previo. Sin preparación especial. Sin margen para organizar nada fuera de lo habitual. «No sabíamos nada. Llegó el último, sin avisar, y se incorporó a la mesa con total normalidad», explican. Y lo cierto es que ese punto es clave para entender todo lo que vino después. Porque lejos de cualquier tipo de menú diseñado ad hoc o de una selección pensada para la ocasión, el grupo comió exactamente como lo haría cualquier cliente que se sienta en La Maruca un miércoles cualquiera. «Comieron las cosas típicas del restaurante», resumen desde el propio local.

La mesa arrancó con varios entrantes para compartir que forman parte del ADN del restaurante: pincho de tortilla (4,80 euros), rabas de Santander (21 euros) y alcachofas de temporada (18 euros). Tres platos que, por sí solos, resumen la propuesta de la casa: producto reconocible, cocina directa y una ejecución muy afinada. Las rabas, en particular, no son un entrante más. Son uno de los grandes iconos de La Maruca y uno de los platos más repetidos por los clientes habituales. La tortilla, jugosa y poco cuajada, funciona como ese clásico transversal que nunca falla. Y las alcachofas aportan ese equilibrio más vegetal dentro de una mesa claramente pensada para compartir.
Tras los entrantes, la comida avanzó hacia los principales sin romper ese guion. «Luego comieron pescado», explican las fuentes. Y ahí aparece el dato más concreto: «El Rey, en concreto, comió bacalao con tomate». Un plato presente en carta por 25 euros que encaja perfectamente con el estilo del restaurante: cocina tradicional, sin artificios y centrada en el sabor.
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En el apartado dulce, la mesa se decantó por tres de los postres más reconocibles del grupo: tarta de queso (9 euros), tarta de limón (8,50 euros) y flan (8,50 euros). «La de queso es la más mítica», apuntan desde el restaurante, en referencia a uno de los postres más populares de Madrid. Tres elecciones clásicas, pensadas para compartir, que cierran la comida en la misma clave en la que empezó: sin artificios, sin concesiones y con una lógica completamente reconocible.
La elección del restaurante, en cualquier caso, no es casual. La Maruca forma parte del Grupo Cañadío, liderado por Paco Quirós, y se ha consolidado en los últimos años como uno de los grandes referentes de la cocina cántabra en Madrid. Desde su apertura en 2014 en la calle Velázquez, el concepto ha crecido hasta replicarse en varios puntos de la ciudad, siendo el local de Castellana uno de los más amplios, visibles y concurridos. Dentro de ese espacio, la mesa se situó en una de las zonas centrales del restaurante: un área abierta, completamente integrada en el ritmo habitual del local, aunque parcialmente rodeada de vegetación, lo que aportaba cierta sensación de intimidad sin llegar a aislarla por completo. No estaba escondida, pero tampoco expuesta de forma evidente, en ese equilibrio que permite cierta discreción sin romper la dinámica del lugar.
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Esa disposición permitió que la escena se desarrollara con relativa naturalidad, aunque no pasó completamente desapercibida. Con el paso de los minutos, algunos comensales comenzaron a percatarse de la presencia del Rey, en una de esas situaciones en las que el reconocimiento se produce de forma progresiva, casi por confirmación visual entre mesas. Sin interrupciones, sin fotografías evidentes, pero con ese murmullo contenido que se genera cuando una figura pública aparece en un entorno cotidiano.
En ese mismo tono se desarrolló también el cierre de la comida. Según ha podido confirmar COOL, la cuenta se abonó íntegramente (entre 200 y 230 euros en total) y sin ningún tipo de tratamiento excepcional: pagaron como cualquier cliente, dentro de los tiempos y dinámicas habituales del restaurante, sin invitaciones ni gestos fuera de lo común.

Felipe VI abandonó el restaurante sin generar escenas ni alterar el ritmo del local. Una salida tranquila, dentro de ese reconocimiento contenido que se había ido produciendo durante la comida, y cuyo contraste sería total apenas unas horas después, cuando el Rey reaparecía en el palco del Riyadh Air Metropolitano, junto a José Luis Martínez-Almeida y Enrique Cerezo, para asistir a la semifinal de Champions League entre el Atlético de Madrid y el Arsenal.