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A simple vista, la escena podría parecer un simple juego de niños: una mesa baja, dos tazas transparentes y una jarra vacía. Frente a ellas, el investigador Christopher Krupenye, de la Universidad Johns Hopkins, y un bonobo de 43 años llamado Kanzi participan en la «fiesta del té».
Krupenye inclina la jarra sobre una de las tazas y luego sobre la otra, simulando servir un líquido invisible. Tras vaciar una de ellas, pregunta al primate: «¿Dónde está el zumo?»
El primate levantaba el brazo y señalaba la taza correcta, desafiando los límites de lo que se creía exclusivo de los humanos: identificar objetos imaginarios y seguir la lógica del juego. Este hallazgo sugiere que los grandes simios, especialmente los bonobos, están más cerca del ser humano en capacidades cognitivas como la imaginación y la planificación.
Cognición en un primate no humano
El estudio, que acaba de publicarse en Science, podría redefinir nuestra comprensión de la cognición en primates no humanos. Por primera vez, se demuestra que un primate puede mantener en la mente un estado imaginario sin confundirlo con la realidad inmediata.
Kanzi, bonobo nacido en 1980, fue entrenado durante décadas para comunicarse mediante lexigramas (botones que representan palabras). Asimismo, aprendió inglés de forma natural mientras acompañaba a su madre adoptiva, Matata, a experimentos en el Centro Nacional de Investigación de Primates Emory, en Atlanta.
El experimento en cuestión consistió en presentar a Kanzi dos tazas y una jarra, todas transparentes y vacías. Krupenye o su compañera Amalia Bastos, de la Universidad de St. Andrews, simulaban verter zumo en una de las tazas y luego derramarlo.
Kanzi debía señalar cuál contenía el líquido imaginario. Sorprendentemente, en la mayoría de los ensayos, el bonobo identificaba correctamente dónde estaba el zumo, incluso cuando ambas tazas estaban vacías, demostrando capacidad para diferenciar entre la acción real y la ficticia.
«Lo que mostramos es que comprendía la simulación, que es distinto a simplemente seguir instrucciones», explica Bastos. Lo que distingue a Kanzi es su habilidad para simular acciones con objetos inexistentes, un rasgo considerado durante mucho tiempo exclusivo de nuestra especie.
Sin embargo, los expertos destacan que es un caso excepcional. «Este estudio de Bastos y Krupenye es de una excelente calidad metodológica y aborda un desafío histórico en la primatología: cómo demostrar que un animal está imaginando algo que no está ahí. Los autores describen con gran precisión una capacidad que hasta hace poco creíamos exclusivamente humana: la de sostener dos realidades paralelas en la mente.
Kanzi es capaz de operar con una representación secundaria, lo que significa que puede proyectar un escenario ficticio (el juego del zumo) sobre la realidad física (las tazas vacías) sin que ambas interfieran entre sí. Es decir, dispone de una estructura cognitiva que le permite manejar lo que no está presente (imaginando) sin perder nunca el contacto con lo que sí está ahí.
Sin embargo, hay que tener en cuenta una limitación intrínseca: el sujeto es Kanzi. Estamos ante un «genio» extraordinariamente enculturizado, entrenado en lenguaje artificial y con un desarrollo cognitivo que, si bien nace de una base biológica común a su especie, ha sido amplificado por un entorno humano.
Como ocurre con los grandes genios de nuestra especie, Kanzi nos marca el techo del potencial cognitivo de los bonobos, pero no necesariamente el estándar de lo que un individuo medio hace en la selva», señala a SMC España Miquel Llorente, director del departamento de Psicología de la Universidad de Gerona, profesor agregado Serra Húnter e investigador principal del grupo de investigación Comparative Minds.
Por su parte, Juan Carlos Gómez, psicólogo e investigador en el Departamento de Psicología y Neurociencia de la Universidad de St. Andrews (Escocia), plantea lo siguiente: «Se trata de un excelente experimento, que usa una tarea sencilla pero muy original para explorar por primera vez de forma experimental un tema (el juego imaginario) que hasta ahora había permanecido en segundo plano en el estudio de los monos antropoides.
Hasta ahora sólo había indicios muy discutidos sobre la existencia de esta capacidad en primates no humanos. Este estudio refuerza la posibilidad de que los raros ejemplos de posible juego imaginario que se habían observado en antropoides sean genuinos, o al menos nos digan algo sobre los precursores evolutivos de esta capacidad tan importante y bien desarrollada en los humanos.
Pero, al margen de interpretaciones alternativas, en mi opinión la aportación más importante de este estudio, más allá de sus prometedores resultados, es el hecho de que proporciona por vez primera un paradigma experimental que podrá seguir usándose para investigar de forma sistemática los posibles precursores evolutivos del juego de imaginación en primates no humanos. Los autores han dado un paso de gigante al hacer posible la investigación experimental de esta importante cuestión, que hasta ahora había permanecido en segundo plano debido en gran medida a la falta de formas fiables de investigarla».