De Leo a Muriqi
Cuando los hechos superan al relato se hace más difícil el análisis. Ernesto Valverde se desesperaba en el banquillo sin entender cómo sus pupilos no eran capaces de batir a un Mallorca dominado, descompuesto y temeroso, pero la derrota rojiblanca tiene explicación. En primer lugar una relajación defensiva impropia frente a enemigos veloces como Jan Virgili o Joseph y en segundo lugar debido a las portentosas intervenciones de Leo Román que evitó hasta cinco, goles, ¡cinco!, celebrados prematuramente. Tan simple como esto.
Con su columna vertebral rota por el centro, el Mallorca se sostuvo en pie en aras de la firmeza de su primera cervical y la eficacia del hueso sacro. Entre ambos puntos, Galarreta y Jauregizar paraban, templaban y mandaban sobre un buen Sergi Darder, escorado a la izquierda, pero con Samu y Mascarell convulsos, ausentes de toda presión y, sobre todo el portugués, siempre caótico y descolocado. Un portero entonado impedía un roto mayor a espaldas de una defensa inédita -Mateo, Valjent, Kumbulla, Lato- atascada por los nervios, la responsabilidad y la llegada en tromba de la leonina manada.
Al tirar de la sábana hacia arriba, el Athletic descubría su retaguardia. Tras el descanso el anfitrión recompuso su figura, reafirmó su dibujo y creó apuros solo al verse otra vez por detrás en el marcador y con un jugador menos por la expulsión de Guruzeta. Duelen los penaltis en contra de cosecha fácil, pero la reflexión aclara la procedencia, el origen de la acción. La escuadra visitante llevaba ventaja por dentro, pero ofrecía espacios en los flancos y el empeño sin recompensa terminó minando sus fuerzas al punto de que, de haber acertado Samu, Sergi Darder y Llabrés en tres oportunidades malditas, el resultado final hubiera sido indigno y ajeno a la realidad de la disputa.
Dejaremos para mañana reflexiones de mayor calado, porque el árbol de la victoria no oculta ni de lejos el frondoso y oscuro bosque que los jugadores rastrean como jabatos y la propiedad pinta en rosa irresponsable.