Cuando la pluralidad deja de ser cómoda en IB3
Llama particularmente la atención el repentino desgarro mediático que exhiben dirigentes del PSOE y de Més per Mallorca ante la presencia de periodistas de OKDIARIO en IB3, la radiotelevisión pública balear. El dramatismo es casi teatral: denuncias de «contaminación ideológica, racismo y fascismo», advertencias apocalípticas sobre la «derechización» del ente y un victimismo impostado que, en realidad, revela algo mucho más simple: la pérdida de control del relato.
Porque la cuestión no es quién aparece ahora en pantalla, sino quién no podía aparecer antes. Durante años, IB3 fue percibida por una parte importante de la sociedad balear como un espacio previsible, cómodo para el poder político tele Armengol y poco dado a incomodar al Govern de turno. No es una sensación inventada. Bajo la dirección de Andreu Manresa se consolidó un clima en el que opinar fuera del carril ideológico dominante tenía consecuencias: tertulianos que desaparecían de un día para otro, voces incómodas que dejaban de ser invitadas y profesionales que denunciaban vetos más o menos discretos.
La etapa política encabezada por Francina Armengol convivió con esa atmósfera. No hacía falta una censura explícita. Bastaba algo mucho más eficaz: la uniformidad. Cuando en un medio público casi todos piensan lo mismo, el problema no es la armonía; es la falta de pluralidad real.
Por eso resulta especialmente llamativo el nerviosismo actual. La pluralidad de verdad no es amable ni silenciosa. Es incómoda, genera fricción y rompe marcos ideológicos. Y lo que algunos dirigentes políticos parecen descubrir ahora es que el monopolio del discurso que durante años consideraron natural ya no existe.
En paralelo, el ecosistema mediático balear está cambiando a una velocidad que incomoda a quienes vivían cómodos en el modelo anterior. Un ejemplo evidente es OKBALEARES. En los últimos meses, según los datos de la OJD, se ha convertido en el medio que más ha crecido de todo el archipiélago. No se trata de un avance marginal: ha llegado a triplicar el número de usuarios únicos y páginas vistas, algo prácticamente inédito en el panorama informativo balear reciente.
El fenómeno no se limita a la web. En redes sociales el crecimiento ha sido aún más contundente: multiplicando por 10 nuestra presencia, acompañado de nuevos formatos, nuevas narrativas y una estrategia que ha conectado con miles de lectores que no encontraban representación en el circuito mediático tradicional. Una apuesta directa por las nuevas tecnologías, formatos y forma de contar las noticias, especialmente, captando al lector más joven e inconformista.
Pero lo verdaderamente relevante no es solo la audiencia. Es la influencia. La conversación pública en Baleares ya no pasa exclusivamente por los canales de siempre. Cada vez más temas nacen, se discuten o se amplifican fuera de los espacios mediáticos que durante años marcaron la agenda. Y eso, inevitablemente, altera equilibrios que algunos creían permanentes.
De ahí la estrategia conocida: cuando no se puede ignorar a un medio, se intenta desacreditarlo. Se le etiqueta, se le caricaturiza y se intenta expulsarlo del terreno de lo respetable. Es una reacción clásica del poder cuando pierde la capacidad de decidir qué voces son aceptables y cuáles no.
Pero el periodismo incómodo existe precisamente para eso. Para señalar al poder, sea del color que sea. Para contar lo que algunos preferirían que no se contara. Y para poner el foco en gestiones públicas discutibles, como ha ocurrido en distintos municipios de las islas, donde determinadas decisiones políticas han sido objeto de críticas que ahora algunos querrían silenciar.
En la actualidad, con Pep Codony en la dirección de IB3 y con la presidenta Marga Prohens al frente del Govern balear, la televisión pública es mucho más plural, abierta y sensible a la sociedad balear. Además de contar con buenos datos de audiencia que la respaldan.
Si hoy hay más voces, más contraste y más debate, no estamos ante una amenaza democrática. Estamos, simplemente, ante el final de una comodidad que durante demasiado tiempo algunos confundieron con normalidad.
Y en democracia, cuando el poder deja de estar cómodo, suele ser una buena señal para los ciudadanos.
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