‘Cant d’estil’ y danza Butoh dando alas a ‘Vientos del pueblo’ de Pep Tosar
La obra acude al formato de teatro-documental para recorrer el legado literario y vital de Miguel Hernández
Pep Tosar ha regresado al Teatro Principal de Palma para presentarnos una nueva entrega de su aventura más personal e íntima como director y autor y que le lleva ocupando desde el año 2003. Se trata de microespectáculos en los que por regla general combina narrativa, música y danza, con la idea de acercarnos su visión más íntima de personajes que le han marcado. Esta vez era el turno de Miguel Hernández, poeta de Orihuela: Vientos del pueblo. La misma elección del título ya es una clara muestra del tono subjetivo que recorre estos trabajos suyos minuciosamente elaborados.
La narrativa en Vientos del pueblo recae en Evelyn Arévalo y él mismo, ambos a su vez coautores de la dramaturgia. Nótese cuánta sutileza hay en la elección del resto del reparto: un trío de canto, guitarra y violín para dar forma y continuidad al recitado de poemas, pero no un canto cualquiera si vamos a fijarnos en la voz elegida, nada menos que Carles Dènia, todo él una autoridad indiscutible en el cant d’estil valenciano, aquí rociado con el aroma profundo del flamenco. Él mismo es el autor de músicas y arreglos, salvo cuando acude a las versiones de Joan Manuel Serrat. Después está el maestro Andrés Corchero, bailarín y coreógrafo, quien para la ocasión está centrado en la danza japonesa Butoh que viene explorando desde 2012, una forma de expresión corporal, nacida en los años 50 del siglo XX y basada en movimientos lentos, contorsiones y una estética cruda a través de la cual se explora la oscuridad interna y el subconsciente.
Tenemos pues, ya expuestos, dos elementos capitales en los desarrollos de Vientos del pueblo. El tercero, la cabra, es mucho más subliminal porque no solamente acude Pep Tosar al «poeta pastor», en alusión a su infancia y primera juventud cuidando el rebaño de cabras propiedad de su padre, sino que va a la raíz misma de este proyecto personal desarrollado a lo largo del tiempo en torno a una serie de poetas que le han marcado, y entre ellos Blai Bonet, de quien en el programa de mano recoge esta frase suya en alusión a los valores y recuerdos que cimentarán la singularidad: «La juventud es la casa de la persona». Así pues, en el cant d’estil reposa la nobleza original; en la danza Butoh emerge un Miguel Hernández imaginado, puede incluso que idealizado, mientras los paseos de la cabra podrían simbolizar la brisa que siempre anda meciendo los versos del eterno «poeta pastor».
Me he referido antes a que el título es una clara muestra del tono subjetivo de la narrativa. Se inspira Pep Tosar en el poemario Viento del pueblo del año 1937, que corresponde a la etapa bélica y de urgencia, de un lenguaje directo y propagandístico. Así lo ha definido la crítica literaria. Cierto que se sublima a Hernández como el poeta del pueblo que eligió vivir el frente de guerra, fiel a sus convicciones, antes que acomodarse en la retaguardia, y ésta será la única licencia emocional que se permita el dramaturgo Tosar.
El resto es un recorrido biográfico extenso, acudiendo a un relato honesto y contando para ello con testimonios autorizados que aparecen en la pantalla que enmarca la representación, incluyéndose las palabras sinceras de María José Hernández, nieta del poeta: «El talento no se hereda».
Vientos del pueblo acude al formato de teatro-documental para recorrer el legado literario y vital de Miguel Hernández, con elegante puesta en escena a modo de surco que va trazando la siembra de una biografía de altibajos en camino de aflorar la cosecha de un personaje único, puede que irrepetible.