Dr. Castro: «No existe una prueba que dé positivo y confirme el diagnóstico de la fibromialgia»
"Se diagnostica escuchando al paciente, valorando sus síntomas y descartando otras enfermedades"
"Lo más importante es entender la enfermedad y aprender a manejarla"
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La fibromialgia es una enfermedad compleja que no deja rastro en radiografías, analíticas ni pruebas de imagen convencionales. Esa ausencia de marcadores objetivos ha contribuido durante años a que sea mal entendida e incluso cuestionada, tanto en el ámbito sanitario como en el social. Sin embargo, su impacto en la calidad de vida de los pacientes es profundo: dolor persistente, agotamiento extremo y limitación funcional forman parte del día a día de quienes la padecen.
En los últimos años, la investigación ha avanzado en la comprensión de sus mecanismos, apuntando a alteraciones en el procesamiento del dolor por parte del sistema nervioso central y a la influencia de factores como el estrés, el sueño o determinados neurotransmisores. Aun así, persisten interrogantes sobre su origen exacto, el diagnóstico precoz y las estrategias terapéuticas más eficaces.
Para analizar qué se sabe hoy realmente sobre la fibromialgia, por qué sigue siendo difícil de diagnosticar y cuáles son las expectativas realistas de tratamiento, OKSALUD ha entrevistado al Dr. David Castro, reumatólogo del Hospital General Universitario de Ciudad Real.
PREGUNTA.- ¿Por qué la fibromialgia sigue siendo una enfermedad difícil de diagnosticar y rodeada de controversia médica?
RESPUESTA.- Porque no existe una prueba que dé «positivo» y lo confirme, como ocurre con otras enfermedades. No se ve en una radiografía, no aparece en un análisis de sangre ni en pruebas de imagen como la radiología simple, la ecografía o la resonancia, y eso hace que durante años haya sido mal entendida. Se trata de un síndrome complejo, definido por síntomas de lo más variado como el dolor generalizado, fatiga, trastornos del sueño o dificultades cognitivas, más que por biomarcadores claros o alteraciones analíticas. Esto obliga a realizar un diagnóstico clínico basado en criterios y en la exclusión de otras enfermedades, aunque también puede coexistir con otras enfermedades.
La fibromialgia se diagnostica escuchando al paciente, valorando sus síntomas y descartando otras enfermedades, aunque también puede presentarse con otras como las enfermedades autoinmunes o inflamatorias sistémicas. Y eso, en medicina, siempre genera dudas. Aun así, hoy sabemos que es una enfermedad real, reconocida por la ciencia y cada vez mejor comprendida. El problema no es que no exista, sino que es compleja y se manifiesta de formas muy diferentes en cada persona.
P.- ¿Qué avances se han producido en los últimos años en la comprensión de su origen y mecanismos fisiopatológicos?
R.- El gran cambio ha sido entender que no es solo un problema de músculos o articulaciones, sino de cómo el sistema nervioso procesa y modula el dolor. En las personas con fibromialgia, el cerebro “amplifica” las señales dolorosas: estímulos que en otros serían leves se perciben como intensos.
También sabemos que influyen muchos factores: el estrés mantenido, el mal descanso, la ansiedad o incluso alteraciones en neurotransmisores como la serotonina y la noradrenalina y en la microbiota intestinal, con múltiples estudios que se han venido haciendo y se están realizando en la actualidad. Es decir, es una enfermedad compleja, donde se mezclan biología, emociones y estilo de vida. Y esto ha ayudado mucho a dejar atrás la idea de que era «todo psicológico».
P.- ¿Cuál es el abordaje terapéutico más eficaz actualmente y qué expectativas realistas deben tener los pacientes?
R.- No existe una pastilla mágica. El tratamiento que mejor funciona es el que combina varias estrategias y de forma personalizada.
Lo más importante es entender la enfermedad y aprender a manejarla. El ejercicio físico regular aeróbico y de fuerza progresiva —adaptado a cada persona— es probablemente la herramienta más eficaz. Dormir mejor, manejar el estrés y, en algunos casos, el apoyo psicológico y las terapias cognitivo-conductuales también son claves.
Los fármacos, como algunos antidepresivos o neuromoduladores, pueden ayudar a algunos pacientes, pero nunca son la única solución. La expectativa realista no suele ser que el dolor desaparezca al 100 %, sino conseguir que la enfermedad deje de dominar la vida. Con un buen abordaje, muchos pacientes mejoran mucho y recuperan calidad de vida.
P.- ¿Qué impacto tiene el retraso diagnóstico en la evolución y calidad de vida de las personas afectadas?
R.- El retraso diagnóstico, que en muchos casos supera varios años, tiene un impacto muy importante. Durante ese tiempo los pacientes suelen peregrinar por múltiples consultas, someterse a pruebas innecesarias y experimentar frustración al no tener una explicación clara a sus síntomas. Eso genera frustración, inseguridad y la sensación de no ser comprendidos, empeorando la propia percepción del dolor.
Cuando por fin se pone nombre a lo que ocurre, el paciente entiende qué le pasa y puede empezar a tratarlo de forma adecuada. Un diagnóstico precoz no solo alivia la incertidumbre, también evita tratamientos innecesarios y permite empezar antes con las estrategias que realmente mejoran la calidad de vida, pudiendo evitar la cronificación de la discapacidad asociada a la fibromialgia.