Volverán los toros a Caracas y Cuba

Venezuela, Donald Trump, Paula Ciordia
Paula Ciordia

Sé que ahora lo menos importante de lo que está pasando en Venezuela y del cambio que se avecina es que volverán los toros a Caracas, y también a Cuba. Volverán como vuelven las oscuras golondrinas…

Es conocido que Raúl Castro y el Che disfrutaban de los toros en México. A este último se le fotografió también en Vista Alegre (Carabanchel) y en Las Ventas, mientras Fidel prohibió esta expresión cultural que no se habría desarrollado sin el protagonismo de los criollos. Las corridas de toros a pie sin América sencillamente no habrían sido.

Sin embargo, Fidel prohibió las corridas de toros porque las consideró una actividad contrarrevolucionaria para su dictadura, una expresión anacrónica de una vieja oligarquía. Y eso pese a que escapó el 11 de abril de 1948 de Bogotá a La Habana en un avión que llevaba nueve novillos para una actuación del Bombero Torero en la isla.

Desde 1515 en Cuba se celebraron festejos con regularidad. El primero en La Habana, en honor al Corpus Christi. Ahí murió uno de los grandes toreros de la historia, Curro Cúchares, quien no llegó a pisar el ruedo, tras haberse enfermado de fiebre amarilla. Y toreo de manera clandestina, una noche, Juan Belmonte.

Chávez, Maduro, el Che, los Castro, pusieron las bases para dinamitar a Cristo –al Cristo auténtico, al que proclama que la verdad nos hará libres–, a los hispanos y la hispanidad con la brujería y el indigenismo precolombino, que tratan de extender Claudia Sheinbaum en México y Gustavo Petro en Colombia. Curiosamente todos han declarado la guerra a la tauromaquia.

En Venezuela, como en Cuba, y en el resto de sus satélites, los tiranos han cimentado su discurso de opresión negando la civilización del mestizaje, cuyos frutos son la mayor empresa evangelizadora del mundo, la raza más maravillosa de la tierra y la cultura más fascinante de las que existen.

Ni Maduro ni Chávez, ni Sheinbaum ni AMLO, ni Petro, lograron prohibir los toros completamente. Pero todos ellos han conseguido boicotear la feria en las capitales del país. En el caso de Venezuela, explicaba el fallecido periodista taurino caraqueño Víctor José López El Vito, que antes de los alzamientos militares de 1992, se celebraran unos 250 espectáculos. En estos momentos no llegan a 30. Se cerraron Escuelas Taurinas, ganaderías…

Lo mismo que pretendieron en Cataluña, lo mismo que aspira el todavía ministro de (in) Cultura, Ernest Urtasun o el comunista Enrique Santiago en España.

Por eso, aunque ahora mismo no sea nada importante ni obviamente una prioridad para la reconstrucción de Venezuela, la tauromaquia y los hombres de seda, oro y espada volverán. Y serán un signum. Por algo sencillo: porque para reconstruir este mundo se necesita el espíritu del caballero que haga creer en el milagro sin contar cuentos chinos ni vanas promesas.

Me contaba un amigo cubano hace un tiempo en la Little Habana de Miami, mientras comíamos ropa vieja, que lo que hizo el comunismo en Cuba fue aniquilar una cultura que, aunque en la apariencia permanece, murió con la generación de su padre, el señor Mesa. Manny se refería a la cultura hispana erradicada por el régimen de Castro a través de la miseria y la pobreza.

Él es un gran aficionado a los toros. Lo he visto llorar viendo torear mientras recordaba su tierra –que nunca ha pisado al nacer ya en el exilio– al compás de un pasodoble fumando un habano. Como le sucede a la juventud venezolana, que lucha y ha sido asesinada por conquistar una libertad que nunca ha vivido. Por eso, tiempo al tiempo, en Cuba y en Caracas, volverán los templos de arena y las tardes de sol como respuesta rebelde a una leyenda negra periclitada.

Lo sé. Estoy muy segura, porque se lo he escuchado en los ojos al secretario de Estado de los EEUU, Marco Rubio, en su amenaza velada a todos los regímenes socialistas. Y si no, tiempo al tiempo. Porque con su Trump, don´t play games.

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