Rufián no saldrá

Rufián
Xavier Rius
  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

El otro día me invitó el colega Rubén Arranz a su programa en ViOne y pronostiqué que Gabriel Rufián no saldría de diputado si prospera el frente de izquierdas que propugna.

Por supuesto, puedo equivocarme. Y difícilmente he acertado una quiniela. Si lo hubiera hecho, habría dejado el periodismo hace tiempo.

Pero mi hipótesis se basaba en diversos factores. La ley D’Hondt es muy puta. Sobre todo para los partidos minoritarios. Como muestra un botón: la Operación Roca.

El partido impulsado para suplir el espacio dejado por la UCD no obtuvo ni un escaño en las generales de 1986. A pesar de haber conseguido más de 190.000 votos en toda España.

Aunque dudo de que Rufián, que el pasado 8 de febrero cumplió 44 tacos, lo sepa. Al fin y al cabo es del 82. Tenía cuatro años cuando Roca se metió el batacazo.

Hay que decir que el suicidio electoral del entonces número dos de Convergencia no fue en vano. CiU sacó su mejor resultado electoral: 18 sillones en la Carrera de San Jerónimo con más del 5% de los votos. Duran se le acercó en el 2011 con 16, el 4,15%. Pero, como se sabe, la coalición ya no existe por los devaneos de Mas.

Para Miquel Roca ya nada volvió a ser lo mismo. En las municipales de mayo de 1995, Pujol lo presentó de alcaldable por Barcelona. Yo creo que para quemarlo definitivamente. La capital catalana era un feudo socialista desde 1979.

Y al año siguiente acabó dejando la secretaría general de CDC. En parte porque el propio Jordi Pujol era un tapón y no se atisbaba el relevo. Yo estaba de guardia en La Vanguardia el fin de semana que filtró la noticia. Vino Lluís Foix y dijo: «Me acaba de llamar Roca, que lo deja». Me va a permitir el veterano periodista la indiscreción pasado tanto tiempo.

Se enfrentó también a otros escollos. El PSOE saboreaba la primera mayoría absoluta y eso se notaba hasta en los medios. En esa época no había aún televisiones privadas y en TVE siempre lo sacaban hablando en catalán con subtítulos en castellano. Al votante de Soria o de Valladolid debía sentarle como una patada en los cojones. Creo que el jefe de informativos era el fallecido Enric Sopena (1945-2024), que nunca escondió sus simpatías socialistas.

Es cierto que el país ha cambiado. Y el propio Rufián destacaba el lunes la importancia de las redes frente a la prensa tradicional. «El poder digital es el más poderoso de cuantos poderes hay hoy en día. Incluido el mediático», afirmó. Luego terminaba con la típica cantinela contra la ultraderecha. Es el último argumento que les queda.

Pero, por ahora, solo ha conseguido palos y desplantes. Casi todos lo han acogido con tibieza o se han hecho el longui. Incluidas fuerzas indepes como Bildu, BNG o la CUP. Podemos se ha autodescartado plenamente. Y de Sumar, solo los Comunes, la versión catalana del movimiento de Yolanda Díaz, parecen albergar alguna esperanza. Pero con estos no van a ninguna parte.

Es verdad que algunas teles, como La Sexta o TVE, le dan coba. Aunque yo creo que es solo por rellenar el hueco si Sumar no suma por la izquierda.

Hasta Junqueras, que fue a su segunda boda, se ha desmarcado. Ha tardado el líder de Esquerra más de diez días en hacerlo. No se ha caracterizado nunca por la rapidez de reflejos ni la agilidad en la toma de decisiones. Más bien no es ni carne ni pescado. Como durante el proceso, que tras declarar la República catalana, se refugió en Montserrat.

En resumen, Gabriel ha quemado todas las naves: difícilmente repetirá como cabeza de lista de ERC —lleva más de una década— y aún no tiene otro partido. Parece mentira que él, que tiene tan fino olfato político, al menos para medrar, cometa errores como este.

El problema es de credibilidad, tan importante en política como en periodismo. Él fue, en parte, uno de los detonantes del proceso cuando colgó aquel tuit el 26 de octubre del 2017 comparando a Puigdemont con Judas: «155 monedas de plata». No hay que negar sus habilidades como community manager con mensajes rápidos y contundentes.

Aunque, como tal, seguramente no habría ganado el más de un millón de euros que ha cobrado en la última década de diputado en el Parlamento del «estado opresor», en terminología indepe. A razón de más de casi 140.000 por temporada.

Luego está también el compromiso de que a los 18 meses volveré. En plan MacArthur. En realidad, lo dijo dos veces. Una en diciembre del 2015 en Público, el diario de Jaume Roures. Otra, en marzo del 2016 en El Nacional, el digital de Pepe Antich. En ninguno de los casos ha cumplido.

Por eso, cuesta creer que alguien que se presentaba como líder independentista —con impresoras, esposas y hasta camisetas a favor de los Jordis— pueda ahora representar y hasta defender a los votantes de Algeciras, por poner un caso. A pesar de sus contorsiones verbales y su intento de hacerse perdonar los pecados.

Rufián confirma lo que siempre sospeché: que el proceso iba de pasta. Nadie como él ejemplifica la política como ascensor social y profesional. Basta ver su vestuario al comienzo de su carrera política y el de ahora. Yo lo he visto hasta con chaleco y, desde luego, americana y corbata. Para qué volver a su Santa Coloma natal. Se vive mucho mejor en Madrid.

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