À reveure

À reveure

Desde que asumí el escaño en el Parlamento Europeo por la marcha a
Madrid de mi compañero, Fernando Maura, me planteé que ninguno de los intentos del nacionalismo catalán de desacreditar a España quedara sin respuesta. En cierta ocasión, en una entrevista, me preguntaron si el trabajo surtía efecto o los nacionalistas nos llevaban demasiada ventaja. Respondí que no eran afirmaciones excluyentes: el trabajo surte efecto y los nacionalistas nos llevan demasiada ventaja. La comprensión con que algunos de mis colegas han acogido el victimismo de los Tremosa, Terricabas o Maragall no sólo se explica por la tenacidad con que éstos se han desempeñado, sino también por la dejación de los grandes partidos españoles, que han tendido a relativizar la deslealtad nacionalista en aras de una concordia institucional que no era más que hambre para mañana. Ese mismo convencimiento está en la raíz de algunas de las iniciativas de las que más orgullosa me siento, como la conmemoración en la Eurocámara del trigésimo aniversario del atentado de Hipercor (aunque parezca insólito, pisaba un terreno virgen), la conferencia de la delegación de Empresaris de Catalunya, liderada por el hoy alcaldable Josep Bou, o el acto en que, acompañado de Elvira Roca y Pedro Insua, el genetista Maarten Larmuseau constató la ausencia de trazas genéticas españolas en la población belga, refutando así la leyenda que cargaba sobre los tercios toda clase de crímenes de naturaleza sexual.

Pero ni esas empresas ni la puesta en marcha del programa Euromind, que ha propiciado fructíferos encuentros entre la ciencia y la política, y por el que han pasado pensadores de la categoría de Steven y Susan Pinker, Richard Dawkins, Michael Shermer, Julian Baggini o Robert Whitley, han servido para que C’s me ofreciera un puesto de salida en las listas al Parlamento Europeo. El compromiso con políticos como Soraya Rodríguez, José Ramón Bauzá o Cristiano Brown me relegaba a un lugar indeterminado a partir del número 13, con escasas, por no decir nulas, probabilidades de ser elegida. Aún más ofensivo y humillante que verme excluida, ha sido que ningún miembro de la Ejecutiva del partido me haya dado explicación alguna; una descortesía que, a mi modo de ver, no merecía, y no sólo porque sigo formando parta de la delegación de Ciudadanos Europeos. Además, mi nombre figura al pie del manifiesto que dio pie a la creación de Ciudadanos. Ignoro si en la decisión han pesado viejas rencillas o ha sido fruto del abandono. En cualquier caso, no parece que éstas sean las mejores credenciales para un partido que dice combatir las servidumbres de la vieja política, y que gusta de enarbolar la bandera del mérito.

Hoy, con ocasión del último Euromind en Bruselas, para el que contamos con la presencia del ecólogo danés Bjorn Lomborg, insistiré, como tantas otras veces, en la necesidad de que los legisladores tengamos en cuenta los dictámenes de las agencias científicas sobre los organismos modificados genéticamente, sobre las garantías que ofrecen determinados pesticidas, sobre el cambio climático. El proyecto culmina hoy una etapa, pero sus cimientos son lo suficientemente sólidos como para que, a no mucho tardar, podamos retomarlo con renovados bríos.

Espero, por último, que lleguen a Bruselas personas comprometidas, sin complejos ni prejuicios. España tiene mucho que aportar a un proyecto que está amenazado por eurófobos y populistas. Con todos sus defectos y carencias, y yo he conocido algunos, es la empresa más importante por la que luchar. No ya por la urgencia geoestratégica y de defensa de una posición fuerte en un mundo competitivo, sino también por lo que significa como expansión del círculo moral y de solidaridad que nos lleva de nuestro pasado tribal a una unión política que es, a buen seguro, el mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos.

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