¿A quién votar en las europeas?

¿A quién votar en las europeas?

No voy a cometer la osadía de decirle qué papeleta debe escoger el próximo domingo en las elecciones al Parlamento Europeo, pero sí que creo necesario formular algunas consideraciones. De entrada, hay que desmitificar algunas ideas preconcebidas y que machaconamente se nos repite. El problema de la UE no es el Brexit. El problema de la UE es la propia UE a través de la autocomplacencia instalada en las elites comunitarias desde hace más de diez años. Pero claro, eso el ciudadano de a pie normalmente no lo sabe, porque la UE es un ente abstracto que percibimos desde la distancia y que acatamos con disciplina espartana porque se nos ha enseñado a querer la UE sin saber realmente porqué la tenemos que querer.

Se suele decir que la Unión Europea es el culmen de la solidaridad, cooperación y multilateralismo y todo aquel que no piense igual o que crea que las cosas se pueden hacer mejor es tachado de antieuropeo, euroescéptico, de extrema derecha o troll del Kremlin. La Unión Europea es en la actualidad una contradicción en sí misma. Lo mismo que EEUU. Ambos actores se muestran, por ejemplo, muy duros con los llamados giros autocráticos de países como China o Rusia, pero la rendición de cuentas a la que se someten los eurodiputados y la propia Comisión Europea es nula. Por paradójico que parezca, Vladimir Putin es más transparente con los rusos que Jean-Claude Juncker con los europeos.

A decir verdad, Juncker es y ha sido un perfecto desconocido. Y junto a él, todo el grupo de comisarios europeos que viven instalados en lo alto de un talud que año tras año se aleja del ciudadano europeo. Remontémonos al año 2005, período del que en Bruselas nadie quiere oír hablar. En mayo de ese año, el 55% de los votantes franceses rechazaron en una consulta popular el proyecto de Constitución europea, también conocido como el Tratado de Lisboa. Los holandeses volvieron días después a rechazarlo también. Ante tal “tropelía ciudadana” el resto de los dirigentes de los países europeos prefirieron pasar página y no convocar más consultas para evitar sobresaltos de las urnas. Al final, Francia y Holanda corrigieron por decreto la decisión democrática de sus ciudadanos y terminaron por ratificar lo que previamente la mayoría popular había negado. Con los años se demostró que ponerse la venda antes que la herida fue un grave error y las consecuencias se palpan catorce años después en el creciente hastío ciudadano con la UE.

En cinco años se nos ha preguntado únicamente por el cambio de hora de verano. ¿Qué construcción europea puede haber si no se cuenta con la ciudadanía? Hace poco el expresidente extremeño, Rodríguez Ibarra, me comentaba que el resultado de las urnas es achacable únicamente a los electores, no a los políticos. Sin embargo, los políticos son los que tienen al alcance de su mano convencer a los votantes o provocar su rechazo. La reacción habitual de Bruselas a cualquier clase problemas es echar la culpa a los ‘euroescépticos’, con una ausencia atroz de autocrítica. Precisamente para evitar cualquier clase de diatribas, se construyen enemigos para justificar errores y se levantan muros que sólo consiguen alejar más a los ciudadanos del sentimiento pro-UE.

Entonces, ¿vale pena seguir manteniendo vivo el actual modelo de Unión Europea? Depende a quién se le pregunte. Para Alemania y Francia, sí. Estos países son las que más ganan porque siguen gobernando los asuntos europeos como lo han hecho en los últimos 200 años, pero ahora guardando las formas, con una mejor apariencia y sin críticas. Nos hablan del “eje francoalemán” como verdad suprema que haya que acatar sin considerar las opiniones de los otros 26 estados que componen la UE. La defensa de los intereses nacionales franceses o alemanes forma parte del ADN del club comunitario, pero cuando Hungría o Italia quieren hacer valer su ‘raison d’etat’ entonces la UE sale en tromba contra lo que denominan el auge de los nacionalismos de algunos países.

Por todo ello, el debate que surja del próximo domingo no debe conducirnos a engaños. No se trata de elegir entre europeísmo o euroescepticismo. Se puede ser europeísta sin estar de acuerdo con cómo se están haciendo las cosas en la UE y proponiendo cambios que acerquen la organización a los individuos, la hagan más transparente y democrática. Lamentablemente opciones como el PSOE no velan por los intereses del ciudadano medio y sí por los intereses globalistas y de las elites instaladas en Bruselas. El PSOE quiere poner fin al derecho de veto que los países actualmente tienen para la aprobación de decisiones. Es decir, si a un país como España no le interesa determinada iniciativa, con este cambio de norma se la pueden acabar imponiendo los demás. Toda una bofetada a la negociación diplomática, a la democracia y más gasolina para los ‘euroescépticos’.

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