Que Marlaska descargue su obligación de dimitir en la policía violada es asqueroso

Que Marlaska descargue su obligación de dimitir en la policía violada es asqueroso

Las consecuencias políticas de la brutal agresión sexual a una subordinada cometida, presuntamente, por el número uno de la Policía no se zanja, en absoluto, con la dimisión -faltaría más- de José Ángel González, DAO y mano derecha del ministro Marlaska. Con independencia de que resulte a todas luces inexplicable que el ministro no conociera los hechos —la agresión se produjo en abril del año pasado, la querella se presentó en enero y la víctima fue coaccionada durante meses por un comisario para que guardara silencio—, lo cierto es que, concediéndole a Marlaska —que es mucho conceder— el beneficio de la duda, no tiene otra salida que la dimisión.

Por incapacidad por no enterarse de lo ocurrido —aunque resulte increíble— o —y eso ya sería hasta delictivo— por encubrir al máximo alto cargo policial. Es decir, que ante una situación tan grave Marlaska tiene que irse, sí o sí.

Y, sin embargo, el ministro ha vuelto a dar muestras de su inconmensurable cobardía al condicionar su dimisión a que la víctima exprese que no se ha sentido protegida por su departamento. Pero ¿qué vil chantaje está planteando el ministro a una mujer violada sobre la que hace depender su futuro político? ¿Qué ignominia es esa? Descargar sobre una funcionaria brutalmente agredida sexualmente su continuidad en el cargo, en virtud de que sea ella quien exprese si se sintió o no amparada por el Ministerio, es sencillamente obsceno.

Derivar sobre la víctima una responsabilidad que es exclusiva de Marlaska retrata la vileza del ministro y traslada a la mujer violada una presión añadida. Lo ocurrido es gravísimo, porque si el número uno de la Policía comete un execrable delito y el ministro que lo nombró —y el que retorció la norma para que el DAO siguiera en el cargo después de que alcanzara la edad de jubilación— carga su futuro político sobre las espaldas de la víctima, eso es una abominable e intolerable forma de acoso propia de un cobarde.

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