Ni Franco cuando salía en el NO-DO se atrevió a tanto

Editorial Fuenlabrada

Lo ocurrido no tiene precedentes, porque en ocasiones anteriores, cuando Pedro Sánchez y su equipo se iban a localizar exteriores donde grabar los vídeos del presidente, al menos lo hacían con un punto de discreción. Ahora han entrado en Fuenlabrada (Madrid) como un elefante en una cacharrería, cortando calles sin avisar y obligando a los vecinos y trabajadores de la zona a plegarse a los movimientos del jefe del Ejecutivo. No es de extrañar que Sánchez elija siempre jugar en casa; Fuenlabrada tiene Ayuntamiento socialista, pero una cosa es eso y otra, bien distinta, desplegar el arsenal de medios técnicos sin encomendarse a nada ni a nadie. Que Sánchez salga de rodaje cuando quiera, pero pidiendo permiso —como todos—, porque eso de cortar el tráfico y alterar la vida de los vecinos es más propio de otra época. Y eso que ni Franco, cuando salía en el NO-DO, iba tan lejos.

Comportarse como un señor feudal que entra en una localidad como si fuera el salón de la Moncloa es una exhibición de prepotencia impropia de un presidente del Gobierno. Sus vídeos domésticos resultan infumables, pero al menos no alteran la vida cotidiana de nadie. Distinto es que se vaya de rodaje a una localidad madrileña y la tome literalmente al asalto para grabar unos minutos para sus redes sociales. Fuenlabrada tiene alcalde socialista y su obligación es la de anteponer los intereses de sus vecinos a los de su jefe de filas. Que se pliegue dócilmente a la agenda mediática del presidente del Gobierno, obligando a muchas personas a alterar su itinerario diario por el corte inesperado de las calles, es inaceptable. Porque hay otra manera de hacer méritos ante el jefe que bunkerizar parte de la localidad madrileña para que Pedro Sánchez grabe un vídeo. Fuenlabrada no es el cortijo privado de nadie y el presidente del Gobierno no tiene bula para moverse a sus anchas sin autorización cuando le venga en gana.

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