Los partidos no merecen nuestro voto  

Los partidos no merecen nuestro voto  

España es formalmente una democracia. En la práctica es una partidocracia porque sólo se puede votar a partidos, no a personas. Los partidos deciden la persona que gobierna sin que el ciudadano pueda elegir, ni revocar, al presidente del Gobierno. El líder manda en el partido. Los diputados obedecen a quien los coloca en la lista, no a la ciudadanía que los vota. Los poderes del Estado, Ejecutivo, Legislativo y Judicial –por el sistema de elección–, se concentran en muy pocas personas. Los partidos usurpan el Estado. Cientos de miles de personas trabajan por su militancia política, no por su capacidad, en una estructura sobredimensionada para ellos. La corrupción que invade las instituciones exige cambios profundos y urgentes.

El sistema electoral favorece a los partidos nacionalistas. Con 300.000 votos en una o pocas provincias obtienen numerosos diputados más que con un millón en todo el Estado. Solo con la reforma del sistema electoral, un Gobierno con voluntad de mantener el Estado nación de ciudadanos libres e iguales, y reformando la Constitución para que sirva a la ciudadanía y no a la casta política y sus acólitos, es posible cambiar a una verdadera democracia. 

La democracia española heredó prácticas inmorales de la dictadura y amplió el catálogo de las mismas. Derroche, privilegios, pompa, boato, nepotismo, mamandurrias, “chiringuitos”, coches, palacios, aviones, escoltas, gastos espurios… Estos comportamientos son práctica habitual en la clase política española. Muchos de los dirigentes político/as lo son desde muy jóvenes por ambición de dinero y poder. No tienen otra profesión, la política es su forma de vida. Han creado para ellos, compañeros de partido y familiares un Estado mastodóntico que desangra la riqueza del país. Mientras abundan los “enchufados” faltan médicos, enfermeros, inspectores de trabajo, de Hacienda, jueces, policías, bomberos… y trece millones de españoles viven en el umbral de la pobreza. La parasitación del Estado por los partidos corroe los cimientos de la democracia.

El “buenismo” cínico del falso progresismo y el pensamiento único es un cáncer social. Ayudas de 600 euros a inmigrantes, que podrían ser justas, chirrían ante jubilados que cobran menos, combaten el frio con mantas por no poder pagar la calefacción y mueren desasistidos, en soledad. Por escribir esto eres fascista, racista y xenófobo. Un violador con decenas de ataques a mujeres puede salir en libertad a los pocos años de su detención. Defender la prisión permanente revisable es fascista.

Si crees que España es una nación, fascista. Si crees más en un Estado centralista eficiente (Francia), que en el autonómico/federal derrochador, fascista. Defender el desalojo inmediato por la policía de una vivienda ocupada, fascista. Si exiges derecho a defenderte si asaltan tu casa, fascista. La realidad, desmontando el pensamiento único buenista, es que una persona de izquierda o derecha a la que ocupan su casa quiere recuperarla sin tener que esperar años la decisión de un juez. Una persona de izquierda o derecha que es asaltada en su vivienda quiere defenderse con escopeta, pistola, cuchillo, hacha, palo, a hostias o a "bocaos", protegiéndose él, a su familia, su propiedad y sus bienes, sin que pueda ser condenado a indemnizar al “chorizo” si a juicio del juez le dio un palo de más.

En esta situación es legítimo no alimentar la deficiente democracia ni el pensamiento único que la gobierna. Esta ópera bufa a la que somos llamados a participar votando, como floreros en la obra que representan privilegiados de la Casta, no merece nuestro voto. No hay que mantener un sistema democrático tan deficiente. La abstención militante puede contribuir a construir una democracia más digna. No votes.

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