OPINIÓN

Trump ya mira de reojo las ‘midterms’

Trump ya mira de reojo las ‘midterms’
  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

En una entrevista televisada en 2007, el general norteamericano de cuatro estrellas Wesley Clark, antiguo comandante supremo de la OTAN, reveló que a poco del atentado de las Torres Gemelas de septiembre de 2001 le llegó una nota del Departamento de Defensa con un plan inquietante: “Quitar de en medio a 7 países en los siguientes 5 años”. De esos siete, seis -Iraq, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán- fueron, efectivamente, atacados en su día por fuerzas norteamericanas. Solo quedaba uno: Irán.

Poco podía imaginar nadie entonces, y menos que nadie Clark, que el presentador de un reality de la NBC (The Apprentice) en esos años, Donald Trump, se ocuparía de acabar el trabajo. Pero aquí estamos, con el anuncio este sábado por parte de Trump del inicio de una gran operación militar contra Irán —Operation Epic Fury— y lo presenta envuelto en el ya cansino mensaje de liberación para la República Islámica, una noble consigna que ha servido ya de banderín de enganche para demasiadas guerras desastrosas, furiosamente criticadas por el mismo Trump. Como reza el dicho de reciente factura, en Estados Unidos, votes lo que votes, siempre gana John McCain.

¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Cuál es el objetivo real, hoy, ahora, después de lo que Trump ya dijo que hizo “definitivamente” hace unos meses? El pasado junio, tras 12 días de guerra entre Israel e Irán, Estados Unidos atacó tres instalaciones nucleares iraníes en Fordow, Natanz e Isfahán, en una operación que Trump presentó una y otra vez como devastadora y final. Los objetivos, repitió hasta la saciedad, fueron “volatilizados”, “aniquilados”. ¿Entonces?

Está, claro, la razón noble, el cambio de régimen que Trump siempre ha criticado como excusa para una guerra, la coartada que juró no utilizar nunca cuando estaba en campaña. Y ese casus belli se ha preparado a conciencia, a partir de la represión de las protestas en Irán contra el régimen. Pero la historia reciente demuestra que los pueblos, no digamos uno marinado en una cosmovisión de martirio como el iraní, tienden a agruparse en torno a su liderazgo en caso de amenaza interna.

En este caso, porque el resultado en este caso no sería, con toda probabilidad, una ordenada transición a la democracia liberal, sino el caos y la fragmentación. La campaña para postular al hijo del shah derrocado, Reza Pahlevi Jr, residente en Estados Unidos, es una broma de mal gusto.

Un resultado positivo rápido se complica porque el factor sorpresa ha quedado descartado. Tras el último ataque citado y años de sanciones, Irán actúa con la mentalidad de una fortaleza sitiada. Esperaban el ataque en cualquier momento, se preparaban activamente para él. Y esta vez, aseguraban, no se prestarán a un intercambio kabuki de ataques escenificados y anunciados al enemigo, como la vez pasada, en una recreación de la guerra de Gila: esta vez, advierten, responderán con todo a la mínima ofensiva.

La guerra de junio de 2025 demostró que Irán puede hacer daño, y no solo a Israel. Reuters informa de represalias contra bases estadounidenses en la región. Cuanto más se prolongue el choque, más incentivos tendrá Teherán para ampliar el coste: energía, navegación, aliados regionales, y sobre todo, bases americanas en la zona.

Hay demasiadas cosas que pueden salir mal, no una ni dos. Y por “mal” nos referimos no a una guerra mundial o a una victoria iraní, no: simplemente a un coste inasumible en dólares, vidas, destrucción, disrupción del comercio en el vital Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo exportado del mundo.

Trump ha hecho mangas y capirotes para no atacar. De muchos de sus gestos desde junio se desprendía una clara resistencia a dar el paso. Pero se ha metido en un callejón sin salida que puede costarle la derrota republicana en las legislativas de noviembre, la pérdida de las cámaras y su conversión en el famoso “pato cojo” que no pueda sacar ya adelante ninguna reforma de peso.
Si los motivos expresados no encajan, no cuadran, habrá que barajar otros que no se dicen ni se pueden decir.

Especulando, uno podría ser que Trump ha querido adelantarse a un ataque de Israel, planteado en términos mucho más amplios y totales, que hubiera llevado a una peligrosa escalada en toda la región. Si ataque él, él está al control.

Otra opción, más sencilla, es que ha querido lanzar uno de sus órdagos -recordemos su póquer arancelario con China- y le han visto el farol, y ya tiene que enseñar sus cartas. Porque la lógica militar, una vez activada, devora la lógica política. Y porque, en Oriente Medio, muchos actores prefieren un tablero roto antes que un tablero negociado.

Dejo a los expertos en geopolítica los posibles efectos en el tablero de la zona o en la economía del planeta. Pero, en lectura interna norteamericana, si la guerra no es rapidísima y limpísima, el golpe político puede ser severo. Ya hay críticas por la legalidad de la operación al margen del Congreso. Pero lo importante es el efecto en la base MAGA, ya muy decepcionada por su ambigüedad en la desclasificación del caso Epstein.

Se suponía que “America First” significa olvidarse de guerritas imperiales y cambios de régimen en países lejanos. En X, sus amargados ex seguidores no hacen más que resucitar las decenas de tuits de Trump acusando a Obama, entonces presidente, de disponerse a atacar Irán para ganar votos. Hay mensajes propios que a veces vuelven para condenar al que los envió.

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