España está en peligro: fuera los traidores

España está en peligro: fuera los traidores
Diego Buenosvinos

España ya no se explica: se consulta en prensa. Uno abre el día como quien abre un sumario. El país cabe en los titulares de la mañana, en esa liturgia repetida donde los nombres cambian, pero la sensación permanece: la de un sistema que ya no administra conflictos, sino que los acumula.

Esta semana le ha tocado el turno al caso Kitchen, esa especie de película coral que alguien rodó creyendo que era un thriller –con cura y todo– y ha acabado pareciendo una comedia de enredos con expediente judicial a lo Woody Allen. Nadie parece tener muy claro si es protagonista, figurante o simple mueble de atrezzo, y en esa confusión generalizada, cada declaración entra en escena como si llegara tarde a su propio recuerdo. Se niega todo con la solemnidad de quien ya ha practicado antes el olvido, como si la memoria fuese un trámite administrativo más que una facultad mental.

El caso Kitchen ha terminado convirtiéndose en uno de esos capítulos donde la política española deja de ser institución para volverse cocina, nunca mejor dicho: se mueve la olla, se esconde el recado, se guarda el sobre en el sitio donde nadie mira… y luego, cuando llegan las declaraciones, todo el mundo jura que pasaba por allí a comprar pan. Cada testimonio es una receta distinta del mismo plato, cada «no lo recuerdo», una especia judicial añadida al fogón de la memoria selectiva, hasta de Rajoy, que es mucho decir de un registrador de la propiedad.

Hace varios días, se homenajeó en León el levantamiento contra los franceses del 24 de abril de 1808. Fue entonces cuando el general Luis de Sosa jugó un papel fundamental en el inicio de la Guerra de la Independencia y cuando, como podemos leer en la Gaceta de Madrid —revisable en la Biblioteca Nacional—, dijo aquello de: «España está en peligro: fuera los traidores». Y es que España está llena de traidores a la patria, y esto no es ser facha; es simplemente querer ser español. Es como querer ser católico y no tener que esconder la cruz del cuello abotonando la camisa. Haberlas, haylas, que dirían los gallegos cuando hablan de meigas: «Eu non creo nas meigas, mais habelas hainas».

Pero estos días, el debate sobre la regularización de inmigrantes ha vuelto a instalarse en el escaparate público con esa mezcla tan nuestra de solemnidad apresurada y matiz olvidado en el taxi. Se habla de regularizar, de integrar, de ordenar flujos —palabras todas muy limpias, casi administrativas—, pero a veces se omite lo que debería ser el punto de partida más elemental: que el orden jurídico no es un adorno retórico, y que regularizar no puede significar borrar el delito ni convertir la excepción en norma por pura inercia sentimental o burocrática del señor Pedro Sánchez para que le voten.

Y al final, como si el país necesitara siempre un personaje comodín para cerrar el círculo y volver a empezar, aparece de nuevo el nombre de Puigdemont, convertido ya en figura casi literaria: el que se fue, el que vuelve simbólicamente cada cierto tiempo, el que algunos narran como si escapara en moto por capítulos alternos de la historia reciente, entre el maletero mítico de otras épocas políticas –dígase Carrillo– y la logística contemporánea del relato mediático, está siempre ahí.

En ese clima de máxima tensión política y judicial, informaciones de OkDiario señalan que varios jueces habrían detectado presuntos movimientos y «mensajes» dirigidos al Tribunal de Justicia de la Unión Europea en el contexto del inminente pronunciamiento sobre la Ley de Amnistía, citando incluso desplazamientos y contactos en el ámbito europeo en los que se menciona a figuras como el presidente del Tribunal Constitucional, Cándido Conde-Pumpido, y al exministro de Justicia Juan Carlos Campo, junto con la participación de diplomáticos y altos funcionarios españoles afincados en Bruselas: terrible y grotesco, ¿no creen?

Y para colmo, vemos cómo la obsesión por vivir y vivir años en Moncloa la familia Sánchez –a costa de los españoles– ha elevado el tono con Estados Unidos y ellos señalan que nos quieren echar de la OTAN. Evidentemente, es lógico que estén molestos, porque sencillamente pertenecemos a un club de élite que hemos ninguneado por otro puñado de votos, en este caso de Podemos y quizá de otras familias políticas segundonas. Y, siempre, por los ansiados votos de este señor de Moncloa. Pero nuestro presidente ha subido un peldaño más, es decir, no queda sentado a lo Zapatero ante la bandera de EEUU; él les ningunea militarmente a la cara. No sé qué es ya peor.

Por suerte, la OTAN no funciona como un club donde el conserje decide expulsiones a golpe de titular, sino como una estructura bastante más rígida, donde los desencuentros existen, sí, pero suelen resolverse en el lenguaje menos novelesco de todos: el de los procedimientos, los acuerdos y los comunicados cuidadosamente redactados cuando cambie de nuevo, otra vez, el paso de este Gobierno. ¡Vaya semana!

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