España está en peligro: fuera los traidores

España ya no se explica: se consulta en prensa. Uno abre el día como quien abre un sumario. El país cabe en los titulares de la mañana, en esa liturgia repetida donde los nombres cambian, pero la sensación permanece: la de un sistema que ya no administra conflictos, sino que los acumula.
Esta semana le ha tocado el turno al caso Kitchen, esa especie de película coral que alguien rodó creyendo que era un thriller –con cura y todo– y ha acabado pareciendo una comedia de enredos con expediente judicial a lo Woody Allen. Nadie parece tener muy claro si es protagonista, figurante o simple mueble de atrezzo, y en esa confusión generalizada, cada declaración entra en escena como si llegara tarde a su propio recuerdo. Se niega todo con la solemnidad de quien ya ha practicado antes el olvido, como si la memoria fuese un trámite administrativo más que una facultad mental.
El caso Kitchen ha terminado convirtiéndose en uno de esos capítulos donde la política española deja de ser institución para volverse cocina, nunca mejor dicho: se mueve la olla, se esconde el recado, se guarda el sobre en el sitio donde nadie mira… y luego, cuando llegan las declaraciones, todo el mundo jura que pasaba por allí a comprar pan. Cada testimonio es una receta distinta del mismo plato, cada «no lo recuerdo», una especia judicial añadida al fogón de la memoria selectiva, hasta de Rajoy, que es mucho decir de un registrador de la propiedad.
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