No son las siglas, son los ciudadanos

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  • Rosa Díez

La campaña de las elecciones catalanas que se celebraron el pasado 14F será recordada por un hecho sin precedentes: el momento en el que un dirigente político decidió suicidarse y arrastrar en la caída al mejor candidato que tenían los catalanes constitucionalistas para liderar la batalla por la recuperación de la democracia en aquella tierra hostil.

Lo que ha hecho Casado en Cataluña no puede ser solo un error táctico, de cálculo, de modulación de discurso, de elección de adversario… aunque todo ello haya jugado su papel en la peor campaña de la historia de ese partido.

Tampoco puede ser solo un nuevo ejemplo de sometimiento de la derecha española al discurso dominante, una nueva muestra de cobardía, torpeza, miedo y sumisión al marco impuesto por el nacionalismo y la izquierda, porque el PP ya comprobó en carne propia que intentar sacar ventaja electoral fundiéndose y confundiéndose en y con el ambiente nacionalista imperante en Cataluña está condenada al fracaso.

Tiene que haber alguna clave que se me escapa para entender la estrategia suicida de Casado. ¿Qué le ha pasado a ese hombre por la cabeza para basar su campaña electoral en el ataque a los dos partidos del marco constitucional con quien estaría llamado a entenderse para dar en Cataluña la batalla por la democracia?

¿Qué le ha podido pasar a este hombre por la cabeza para irrumpir en Cataluña como elefante en cacharrería y anular todos los esfuerzos de Alejandro Fernández por hacer oír su voz?

¿Cómo se puede arruinar de forma tan notoria la campaña de Alejandro Fernández, un candidato estupendo que ha tenido que dedicar la mitad de sus intervenciones públicas a “explicar” lo que Casado había dicho la víspera en sus esperpénticas comparecencias?

La verdad es que no tengo respuesta a estos interrogantes, pues aunque  el instinto suicida no es una novedad en la derecha española si me lo parece el hecho de que esa pulsión aqueje de forma tan virulenta a un dirigente nuevo que quizás porque llegó contra todo pronóstico a la dirección de su partido  generó la expectativa de que actuaría como un revulsivo sobre un pasado caracterizado por la pachorra rajoyana, que consistía sustancialmente en esperar a que la fruta madure, vamos, a que le toque el turno de heredar al PSOE.

Casado sorprendió cuando nombró candidata primero y Portavoz después a Álvarez de Toledo, una política con personalidad propia y a todas luces más preparada que él. En ese momento algunos entendimos que con esa decisión Casado apuntaba madera de líder y, sobre todo, que era consciente de que necesitaba rodearse de los mejores, no solo de los fieles, para acometer la tarea que tenía por delante. Creímos ver –quizá necesitábamos ver-  que el principal partido de la derecha española iba librar una batalla cultural, de ideas y de valores con la izquierda sectaria e ideológicamente supremacista que gobierna España. Creímos ver que era un síntoma de que el PP había recuperado la autoestima como partido nacional y que iba a dejar atrás sus complejos, sus miedos, su inseguridad y su falta de ambición de país. Creímos que iba a construir una alternativa, que no se iba a contentar con ser, otra vez, mera alternancia. Es evidente que mi percepción fue equivocada.

Pero no es la hora de llorar por la leche derramada sino de organizar a los demócratas para recuperar el espacio perdido, para ocupar el hueco, para enfrentarnos con éxito a quienes pretenden laminar nuestras libertades. El PSOE tiene una estrategia para destruir la comunidad política y democrática que nos dimos con la Constitución del 78. Sánchez sabe que troceando la Nación y con ello nuestra ciudadanía multiplica sus posibilidades de permanecer en el poder. “Divide y vencerás” es la máxima con la que Sánchez trabaja desde que llegó a la Secretaría General del PSOE primero y del Gobierno después. El drama para España es que mientras Sánchez y su banda no desfallecen en su objetivo lo que tienen en frente es a una gente que parece incapaz de comprender que el debate no está en ver quien lidera la derecha española sino en ver cómo y qué hemos de hacer para defender la democracia frente a sus enemigos jurados.

A ver si entre todos somos capaces de hacerles comprender que la renuncia del PP a ser alternativa al PSOE, su mirada corta hacia VOX y/o Ciudadanos, su conformismo y su estrechez de miras, repercute en la política nacional y no solo ni principalmente en sus expectativas de llegar al poder. La renuncia de Casado a dar la batalla de las ideas frente a quienes quieren arrebatarnos la ciudadanía plena, romper la unidad de la Nación y liquidar la soberanía del pueblo español debilita al constitucionalismo y refuerza la estrategia de Sánchez. Y eso si que no podemos permitírnoslo.

Por cierto, la manera de enfrentarse al reto que la Nación nos demanda no es cambiando de aires, como Arrimadas, ni de sede como Casado. No son las siglas, son los ciudadanos. Pongámonos todos en pie.

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