Nadie entiende al emérito

No entiendo nada. La demanda del Rey emérito contra Miguel Ángel Revilla es del todo absurda. Ni es la persona que más le ha criticado en los medios ni sus afirmaciones han sido especialmente sangrantes en comparación con otras ni el personaje tiene el predicamento que llegó a tener antaño.
¿Por qué ahora? ¿Por qué a él? Cualquier líder político de Podemos ha sido infinitamente más cruel contra su figura, cualquier medio de comunicación ha publicado columnas de opinión mucho más sangrantes, prácticamente toda España ha censurado sus actividades moralmente reprobables en lo que a su fortuna personal se refiere. ¿Qué le lleva a presentar esta demanda que nadie entiende ni nadie apoya?
Las luces de su reinado superan con creces a sus sombras, pero poner el foco sobre las críticas que un nadie ha hecho, de cuestiones que son ciertas, no le acerca a recuperar el fervor popular que perdió durante sus últimos años al frente de la Jefatura del Estado. Más bien al contrario, le sitúan cada vez más alejado de una sociedad que se ha reconciliado con la Corona gracias a la extraordinaria labor de Felipe VI y de la princesa Leonor, que han conseguido recuperar unos índices de popularidad impensables durante la etapa de Botswana.
La única explicación racional que se me ocurre es la que ha dado hoy en rueda de prensa Revilla: que en realidad es un aviso a navegantes que ha querido ejecutar con un personaje anodino como él. El problema es que la estupefacción que genera la maniobra es de un calibre tan inmenso que ninguno de los objetivos pretendidos parece que se vaya a conseguir: ni ha generado empatía ni nadie tiene más miedo que antes de difamarle ni va a conseguir que su honorabilidad se recupere.
Es una pena que los últimos años de vida de la persona más importante de la historia de España en el siglo XX vayan a acabar así: con movimientos erráticos que diluyen su figura incluso entre aquellos que le defenderán acríticamente hasta la muerte.
Ojalá acabe esta anomalía democrática por la que un Rey español viva en el exilio, cuando lo justo sería que, después de pedir perdón por aquellas cuestiones que no estuvieron a la altura de lo que los españoles esperaban de él, pudiera volver a rehabilitar su figura para que su legado no quede diluido en algo que no debió ser más que una anécdota en 40 años de impecable servicio.
Pero que esté habiendo una injusticia en cómo se trata el impacto de su Jefatura de Estado en la historia de nuestro país no le habilita para presentarse como una víctima en aquellas cuestiones en las que sí que ha hecho daño a la Corona. ¿El suficiente como para repudiar a la monarquía, a la Casa Real, a la familia Borbón o incluso a él mismo? En absoluto. ¿Debe tener el arrojo de plantear demandas a los que señalan que su actuación en algunos aspectos ha sido objetivamente incomprensible? Para nada.
La primera persona que consideró que su actitud no había sido la adecuada fue el propio don Juan Carlos, y la prueba más evidente de ello fue su mudanza a Abu Dhabi para huir del escándalo. No somos nadie para adentrarnos en la vida privada de los demás, pero en el caso de la Familia Real el límite entre lo privado y lo institucional es tan difuso que merece la pena plantear si la Reina Sofía, al menos como monarca, no merecía más respeto que el que le mostró en tantas ocasiones con personajes como Corinna o Bárbara Rey.
En cualquier caso, todo este debate no lo estaríamos teniendo si no hubiera presentado una demanda contra un tipo al que ya nadie escucha y cuya opinión sobre el emérito es irrelevante. Me encantaría que alguien me explicara este tiro en el pie, pero por ahora me resigno a que nuestra opinión siga siendo la mera estupefacción.