De lo que ha de huir el PP es de la corrupción y la incoherencia

De lo que ha de huir el PP es de la corrupción y la incoherencia
Pablo Casado, José María Aznar y Mariano Rajoy.

Ciertamente, la Convención del PP en Madrid no es el Congreso que refundó el partido hace 29 años en Sevilla. El de las “tutelas y las tutías” de Manuel Fraga a un José María Aznar que le había entregado una carta de renuncia que dejaba sine die a disposición del presidente fundador. Entonces había ilusión por llegar a la tierra prometida, unas ideas claras y un liderazgo impactante. Era un colectivo con principios, valores y que aún no había caído en ese fango de la corrupción por el que antes o después se han precipitado todos los partidos del arco parlamentario. Que el trinque no es copyright exclusivo del PP. Ni mucho menos, Gürtel es minúsculo al lado de los ERE o ese caso Pujol que consiste en que robas 3.000 millones y no vas a la trena.

Mariano Rajoy, al que siempre agradeceremos que nos salvara de un rescate que nos hubiera convertido en un protectorado del FMI, la UE y el BCE, aprovechó el viernes el tiempo que le regaló generosamente Pablo Casado para meterle una patada en el lugar donde la barriga pierde su casto nombre. “No es bueno el sectarismo ni son buenos los doctrinarios”, aseguró en obvia referencia a Pablo Casado y al padrino de ambos, José María Aznar. Como si Vox lo hubieran creado el uno o el otro y no fuera lo que es, una involuntaria escultura cincelada por el político santiagués.

Tengo el mejor de los conceptos de Mariano Rajoy. Especialmente, en el terreno personal. Creo que es un magnífico tipo. Pero convendría recordarle que fue durante su hégira cuando se pasó de 186 diputados a 137, es decir, 49 actas menos que se dice pronto. Y el tsunami silencioso que representa Vox no es sólo cuestión de los vientos populistas que recorren el planeta porque no son extrema derecha sino derecha pura y menos dura de lo que dicen sino, sobre todo y por encima de todo, consecuencia de ese abandono de los principios y valores fundamentales que siempre abanderó el Partido Popular.

Hay muchos pecados originales pero uno sobresale por encima de los demás: el de la corrupción, el de lo que toda la vida se ha dado en llamar mangancia. Cierto es que la mayor parte del PP en B comenzó en la etapa de José María Aznar como que durante el marianismo se reformó Génova 13 con varios millones de euros en esos billetes de 500 denominados popularmente “bin ladens” porque todo el mundo sabe que existen pero nadie los ha visto. De los polvos de la corrupción viene la pérdida de más de tres millones de votos pero de los lodos del abandono de los principios nació Vox.

Con los mimbres de la corrupción se fabricó el salvoconducto perfecto para que Rivera volara, soñara y pensara en grande a nivel nacional

El cobro de sobresueldos black, la incapacidad (o la holgazanería) a la hora de atajar a los mangutas repartidos a lo largo y ancho de la geografía nacional, los Rus, Matas, González y cía, el “Luis sé fuerte, hacemos lo que podemos” que desvelamos Urreiztieta y yo, el trato de favor a la Infanta Cristina en el caso Urdangarin, la protección a Jordi Pujol, los tejemanejes con Artur Mas, los chanchullos de ese Equipo Económico antaño bautizado con el elocuente nombre de Montoro y Asociados, Gürtel, El Bigotes, Correa y un largo etcétera sepultaron para mucho tiempo o tal vez para siempre la mayoría absoluta popular. De todo eso es de lo primero que tiene que huir tu partido, querido Mariano.

Porque sin ese pecado original seguramente Ciudadanos no existiría o sería una minúscula parte de lo que representa hoy día. Y desde luego el PP continuaría instalado en los 11 millones de votos gobernando por segunda legislatura consecutiva con una imponente mayoría absoluta. Con los mimbres de la corrupción se fabricó el salvoconducto perfecto para que Albert Rivera volara, soñara y pensara en grande a nivel nacional. Siete millones y pico de almas optaron por continuar votando a Rajoy con la nariz tapada pero tres decidieron pasarse con armas y bagajes a las papeletas naranjas.

El gran destrozo que Ciudadanos no supo rentabilizar fue el de los principios y los valores. Un pasito palante, otro pasito patrás, unos días liberal, otros socialdemócrata y al final los electores se hicieron un lío y el sorpasso quedó pospuesto sine die. Quienes sí aprovecharon las traiciones de los unos y las dudas de los otros fueron los chicos de Vox que, con poco dinero y mucha fe, fueron sisando lentamente los cimientos más sólidos que debe tener una formación política: los principios.

La tan confiscatoria como salvaje subida de impuestos de enero de 2012, que superó de largo las propuestas electorales de Cayo Lara dos meses antes, fue el principio (y nunca mejor dicho) del éxodo popular. Y la puesta en libertad ese mismo verano del etarra Bolinaga, uno de los malnacidos que tuvo 532 días en un zulo inmundo a Ortega Lara, fue la gota que colmó el vaso. El a la sazón ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, aseguró que era “un gesto humanitario con una persona a la que le quedan semanas de vida”. El secuestrador de ese muerto en vida que fue Ortega Lara (casualmente ahora en Vox) falleció tres años después. Lo que para el pan sin sal que es Fernández Díaz eran “semanas” para Bolinaga, al que Satanás tenga en su gloria, fueron tres años en los que se le dedicaron todo tipo de homenajes mientras el Gobierno de España hacía la vista gorda.

Con el 155 Rajoy metió la puntita por miedo, por complejo y se echó sin necesidad en brazos de PSOE y Ciudadanos

Jaume Vives, el fantástico muchacho que revolucionó las noches barcelonesas poniendo el “¡Que viva España!” a todo gas, le pegó un repasito guapo a Rajoy durante la Convención del PP. Le recriminó lo obvio: “El 155 llegó tarde y mal”. El presidente metió la puntita por miedo, por complejo y se echó sin necesidad en brazos de PSOE y Ciudadanos, que le dictaron un 155 de menos de dos meses que no sirvió para nada porque la vida sigue igual. Cospedal y otros seis miembros de su Gabinete le invitaron a situar la fecha de caducidad en al menos un año. Ni caso. Prefirió oír los cantos de sirena de una Soraya que era la menos experimentada del Consejo de Ministros, básicamente, porque aterrizó en la primera línea de la política con 36 años. Algún día alguien tendrá que explicar por qué unos payeses les hicieron la cobra con las urnas y por qué Puigdemont y varios consellers se las piraron de España con pasmosa facilidad.

Por no hablar de los coqueteos ideológicos con un PNV que es inequívocamente independentista o la relativización que Sémper y algunos otros hicieron del fenómeno proetarra Bildu. No eran boutades sino torpedos a la línea de flotación de un partido que tiene más muertos a manos de ETA que nadie: 14. Goyo Ordóñez, Miguel Ángel Blanco y todos los demás asesinados por ETA seguro que aún se revuelven en la tumba ante tamaña infamia. Por no hablar de la creación de ese monstruo que es Pablo Iglesias y de la sublimación de Podemos por obra y gracia de la de siempre: Soraya Sáenz de Santamaría.

¿Que tiras los valores a la basura?, no te preocupes, que ya los rescataré yo del vertedero. Y esos homeless de la política son hoy día una formación (Vox) que atesta palacios de congresos como el de Zaragoza el jueves pasado dejando a 1.000 personas en la calle mientras el PP tiene que presentar a sus candidatos en Madrid ciudad y Madrid comunidad en un minúsculo cine de la calle de Goya. Rajoy llama burlescamente “sectarismo y doctrinarios” a los principios y a los que los tienen, a los que aún creen en unos valores, en un modelo de sociedad, en una visión de España. Si se borran las diferencias entre la derecha y la izquierda, ganará siempre la izquierda, que además maneja el 75% de los medios patrios. Tendría triste gracia que el político más honrado y mejor preparado de su generación, Pablo Casado, se comiera el marrón que por acción u omisión urdieron otros. La vuelta al principio, ésa y no otra es la cuestión, querido amigo.

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