La liquidación por cierre de Pedroche

pedroche
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

El año nuevo nos despierta con la misma ceremonia de cada enero: resaca y café cargado, los más audaces, y la vieja sensación de que, en algún momento de la pasada noche, la televisión terminó de devorarse a sí misma. Si hace doce meses decíamos que el chicle de Pedroche ya no tenía sabor, en esta ocasión (dicen que es la despedida) nos hemos tragado el envoltorio. Y no ha sido una digestión ligera.

Hay algo profundamente perturbador, casi de un anacronismo cruel, en la estética de este binomio (Pedroche-Chicote, Josie-Pedroche): hombre blindado por capas de sastrería y prestigio textil, mientras la musa se ofrece al frío de la noche como un sacrificio en carne viva; el triunfo del machismo más prosaico… El contraburka que dicen las musulmanas de nosotras.

En el resto de los canales, más tías pasando frío y soporíferos guiones precampanadas a gogó. Nos vamos a Atresmedia. Cristina nos divertirá mejor mientras contamos las uvas con su performance repetitivo y (ese diabólico microblading) esas cejas incomprensibles.

Último año, la capa es una perversión material para rememorar los años de colaboración con nuestra Nochevieja. Se la quita y descubrimos el incuestionable mérito artístico que ha sido lograr que una mujer hermosa y esbelta parezca torpe y poco proporcionada. Resulta fascinante, casi digno de un estudio antropológico, cómo se puede emplear tanto esfuerzo, presupuesto y horas de prime time en construir algo tan poco interesante y menos favorecedor.

Reflexiono: ¿por qué elegir lo feo cuando lo bello es tan fácil? ¿Misoginia? Porque es muy difícil. Echemos los ojos a rodar sobre el nórdico de Amaia Montero, una abstracción invernal, digna y calentita… Nos movemos entre el vestido de gala adocenado y bostezable pronovias style, que con tantas uvas en la boca hemos admirado sobre Chenoa o la presentadora promedio (heladas)… Eso o el Pedrochazo. Y preferimos, por supuesto, a Pedroche, desde que una morena mona y nada relevante presentó las campanadas con vestido transparente sobre bragas negras cuando era un revival oportuno.

Lo preferimos entonces y lo volvemos a preferir doce años después, porque rompieron con los pacatos (y elegantiosos) trajes de la pacata (e indiscutiblemente elegante Anne Igartiburu) y sus homólogos sin rostro.

Quizás porque la corrección no genera engagement… El mercado de la atención no entiende de armonía, sino de impacto. ¿Por qué elegir algo con clase cuando puedes elegir algo que obligue a media España a frotarse los ojos con la toallita de los langostinos? Es el contrato del ridículo industrializado: un intercambio de dignidad por puntos de share y la apoteosis del clickbait ramplón donde la vulgaridad no es un error.

Cristina, guapa y especiada, el diseño final navegaba en esos mares de nadie entre el estriptis burocrático y la crónica de una decepción anunciada. Hablamos de un desnudo sin erotismo y un escote posterior innecesario, sin misterio ni voluptuosidad. Verte ahí, tiritando hasta la comisura glútea (raja del culo), no provoca emociones festivas, sino el «ay» de la compasión. ¿A ti esto te compensa? Desnudez rutinaria, casi funcionarial. El error de este año es que el vestido no vestía, pero el desnudo tampoco revelaba.

Querida Cristina, querido Josie: gracias por los servicios prestados. Nos queda la duda de si este «final» anunciado es solo otra pirueta para vender más turrón el año que viene y el poso amargo de nuestra propia mediocridad, el vestido es lo de menos. La Pedrochada es nuestro espejo.

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