La Justicia, esa dama mancillada

La Justicia, esa dama mancillada

Una de las mayores estocadas que puede sufrir un Estado de Derecho es la que se produce cuando los órganos garantes de éste se dedican a hacer política. Una de las mayores fallas que se pueden crear entre las instituciones y los ciudadanos se produce cuando éstos rememoran, comparan y contrastan. Ni jueces ni fiscales deben hacer política. Nos podemos encontrar, como en numerosas ocasiones, con que los jueces se dedican a hacer política y los políticos a hacer de jueces. Y con esto último, como piedra porosa y blanda, se traslada al ciudadano, juez inexperto y manipulable, implacable y parcial. Los órganos que deben impartir justicia no solo deben ejercer desde el juicio técnico aplicando normas a hechos. Deben, y están obligados, a proporcionar y decidir desde el capital humano, ponderado y equitativo, la esencia de lo recto y lo imparcial. A una sociedad limpia y libre le produce náusea ver cómo quien debe impartir justicia falta a la objetividad y al equilibrio, determinando como si en campaña política se mantuviera. Y por ello, y en mi mente, dos casos me golpean, me enervan, me soliviantan y al cotejarlos, brota por cada poro de mi cuerpo un indisimulado sentimiento de pena y asco, de congoja y tribulación.

Bolinaga, el asesino etarra con miedo a morir y podredumbre moral a la hora de matar, fue puesto en libertad tras sentencia firme por una enfermedad incurable que no terminal. Condenado por el asesinato de tres Guardias Civiles y el abyecto secuestro de Ortega Lara, fue obsequiado con la libertad y esa falsa humanidad de la que el carecía y que muchos usan y corrompen a su antojo. El Gobierno de entonces así lo decidió, de manera humillante. Honor y gloria a quienes cayeron bajo sus cobardes balas. Venganza que surja del más allá para el asesino. Arcada y basca para quienes edulcoraron su final, final poco cruel para lo merecido, injusto por manso, por igualitarista, desesperante pues desde su salida de prisión hasta su muerte casi dos años y medio después, se vio a la amorfia hedionda paseando sin rubor, entre risas, confidencias y chiquitos, por las calles y tabernas de Mondragón.

Por el contrario, el caso de Eduardo Zaplana. Asistimos a la ejecución en directo de un preso preventivo con una gravísima leucemia al que una jueza le impide ser puesto en libertad. Me pongo en la piel más profunda y llagada de su familia recordando a voz en grito que con su marido o su padre no hay “humanitarismo” alguno, y ese grito desconsolado y angustiado me atormenta. Su defensa ha intentado sin éxito, en cuatro ocasiones, que sea excarcelado mientras las investigaciones judiciales siguen bajo secreto. Por riesgo de fuga y ocultación de pruebas. Juridicamente se trata de dos supuestos que permiten adoptar semejante medida. Ante ello, nada que oponer. Seamos claros. Zaplana se está muriendo y, quizá, desde la terquedad de lo inhumano, se entienda que el viaje al “más allá” sea el recurrente riesgo de fuga.

Y cuánta España humana, hastiada de tanto vericueto por cruel, anhelante de justicia que no de ley, tamaña pesadilla le huele a venganza política. Cuánto cuesta creer en la justicia y que sencillo ponen al ciudadano ver cómo quien la representa, hoy está desprovista de su pañuelo en los ojos y una balanza en permanente oscilación. Esa vieja dama llamada Justicia mancillada una vez más. Manejo mal las nuevas tecnologías, pero desde estas líneas, #zaplanalibertad. Sin duda tenía razón Platón cuando afirmó que: “Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte”.

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