A la izquierda se le acaba el mundo
La historia suele ir más rápido de lo que a la izquierda le gusta. Como ya es costumbre en su vasto trasiego de lucha con la realidad, la defensa de los derechos humanos y la democracia les ha pillado a los ayatolás de la hoz y el martillo con la retórica cambiada y el paso esquiando. El mundo, y en especial Hispanoamérica, empieza a abrazar la libertad que lleva décadas necesitando, con pueblos enteros sojuzgados y presos (cuando no asesinados) entre soflamas teocráticas y socialismo del siglo XXI, que es tan fanático, sangriento y mísero como el del XX. Los muyaidines de la cosa han tenido que salir de su pompa socialista y de su refugio capitalista para condenar el arresto del dictador Maduro en Venezuela con la misma efusividad con la que su silencio habla ante lo que acontece en Irán. Les va en ello la salud de su cuenta corriente. En uno y otro lado. Todos los que han vivido del petróleo caribeño y sus ramificaciones iraníes, rusas y chinas han regurgitado bilis en comandita. Y en España, sabemos quiénes son y cómo lucraron su abyecta billetera.
La izquierda es fascista hasta que se demuestre lo contrario. Fascista a su manera, en su modo incorregible y burlón de ver y definir lo que pasa en el mundo, con esas lentes tan estrechas que beben de una intolerancia insufrible. Desde su manera unilateral de concebir el Estado hasta la forma en la que eligen las causas a las que servir. No saben de nada, pero pontifican en todo. Confunden realpolitik con derecho internacional y democracia liberal con democracia popular u orgánica, donde el terror ejerce su acción. Llevan media vida dando la turra sobre cómo proteger a los más débiles los mismos que defienden a los poderosos de Puebla, esa cochambre moral que inunda de manera onerosa universidades y organizaciones en España para defender la tiranía de guayabera y chilaba. Es la misma gentuza que habría criticado a Estados Unidos por el desembarco de Normandía o a Churchill por bombardear las bases de las SS en Berlín. Son los aprovechados del petróleo venezolano, a los que la sangre derramada en el Helicoide y demás centros de tortura caribeños no importaban mientras el crudo untaba su bolsillo.
Y mientras un dictador cae, un régimen en la otra parte del mundo está a punto de hacerlo, con Occidente y sus medios de comunicación mirando a La Meca, entapizados de dinero para ocultar la mayor revolución que está aconteciendo en Oriente Medio desde que los mismos ayatolás que ahora corren peligro tomaron la antigua Persia para convertirla en una cueva iliberal y asesina. Ahora, ese búnker con turbante que ha protegido y amparado a todo el terrorismo que amenaza Occidente, que ha servido de guarida de tiranos y ladrones y que ha financiado dictaduras mientras se financiaba a su vez del petróleo de otra, observa por primera vez a las mujeres y jóvenes iraníes plantarles cara, a miembros de las fuerzas policiales, unirse a la causa y a los poderes económicos abandonando a su suerte a quien ya sólo queda el exilio o la muerte.
Por su parte, Europa sigue con su lírica woke de constante preocupación inane y suicida, justo cuando Estados Unidos y Trump actúan de manera determinante, protegiendo sus intereses geopolíticos y económicos (como hacen todos), que la mayoría de las veces son los de la democracia liberal y parlamentaria. Algo está claro: con Obama-Biden, Maduro aún seguiría en Miraflores, Irán, estabilizada en su terrorismo teocrático y el grupo de Puebla, con Zapatero y Sánchez a la cabeza y la auctoritas del trinque intacta.
El corrimiento de tierras político al que estamos asistiendo en Hispanoamérica acabará con la peor peste que ha generado en la antigua España millones de exiliados, pobres y muertos, provocados por ese ejército de trileros vividores que dicen representar a los débiles, defender la igualdad y la justicia y proteger los derechos humanos. Ese movimiento tectónico en lo sociológico, capitaneado por Estados Unidos, y electoral, firmado por unos pueblos con ansias imparables de libertad, es la mejor noticia desde que se liberó al mundo del telón socialista hace medio siglo. Hoy, como entonces, los mismos están en el lado de la historia que les corresponde. Y aunque ahora Fukuyama tampoco firme el fin de la misma, parece que a la izquierda caviar se le empieza a acabar el mundo.