El día que Barbacid derrotó por KO al sanchismo
El solito, a cuerpo descubierto, con sus 76 años en bandolera y el aprecio y la solidaridad de la sociedad civil puesta en pie, Mariano Barbacid Barberán ha demostrado al fatuo presidente del Gobierno y a la inexistente ministra Diana Morant que se puede ser un genio mundial y, al mismo tiempo, querido y admirado por el pueblo llano.
Pedro Sánchez jamás fue un genio, salvo en la mentira, el trilerismo y la falsedad. Nunca resultó un tipo brillante (hasta tuvieron que escribirle la tesis), pero se demostró inmediatamente como un cualificado líder en materias tales como el egoísmo, la irresponsabilidad y el autoritarismo. Si hoy desapareciera del poder al frente del viejo y cuarteado país que llamamos España, sería una bendición divina y, sobre todo, permitiría abrir un periodo para restañar las profundas heridas que ha dejado un tal malhadado y podrido primer ministro.
El pueblo llano se ha percatado de que Sánchez y Morant intentan despreciar y ningunear a Mariano Barbacid, un bioquímico entregado a combatir a la muerte, un icono mundial en la investigación oncológica, repleto de sencillez, grandeza, talento extraordinario. Y ante tal afrenta proferida por gobernantes fatuos, los mismos que malversan y dilapidan dinero público a raudales (RTVE, putas, cocaína, CIS, EFE, etc.) ha decidido llevar en volandas al profesional del microscopio. Esa es la razón por la que Mariano se ha convertido en un referente para varias generaciones, entre ellas, la de los jóvenes.
Como será la cosa que hasta el ágrafo Rufián se ha presentado ante la sociedad española blandiendo el nombre de Barbacid y contraponiendo la figura del eminente científico con otros personajes deleznables y famosos de la actual España. Es decir, que hasta el secesionista charnego sabe lo que es y representa el bioquímico madrileño.
Sucede que Mariano es libre. No quiere ya el dinero público, al menos mientras ese dinero esté manejado por un personaje corrupto y rodeado por corruptos. El pueblo español ya ha puesto en sus manos la cantidad suficiente para no tener que interrumpir sus ensayos con vistas a intentar vencer al cáncer de páncreas. Mientras esto sucede, las fétidas terminales mediáticas progubernamentales intentan echar arena en el engranaje barbaciniano. Nada que no se pudiera intuir.
Barbacid les ha hecho morder el polvo. Y una inmensa mayoría del pueblo español (jaleado también por grandes países del mundo libre; España lo es cada vez menos) brinda alborozada con el menudo investigador cuyo ejemplo se extiende entre propios y extraños.
Esa izquierda arcaica, casposa e irredenta, ahora en el poder de la nación, no acepta que un investigador con paso y luz propia desarrolle su trabajo sin contar con ellos.
¡Malditos farsantes!