La democracia sobrevalorada

La democracia sobrevalorada

Nada es casual en política, nos dicen, porque todo está preparado para que suceda con los focos en penumbra. Si así fuera, la conveniencia de vivir en una epistocracia, esto es, ganarse el derecho al voto mediante un sistema que demuestre conocimiento para el uso correcto del mismo, sería mayor que la de hacerlo en una democracia. Tal y como defiende Brennan, la vulnerabilidad de un sistema sujeto a manipulaciones, propaganda y posverdad abusiva facilita el engaño de quienes controlan la información. Ahora, la gente supuestamente informada vota creyendo que la corrupción en el poder ha desaparecido, que la economía vuelve a sonreír y que el presidente cumple con su obligación. Todos a descansar, que los buenos ya gobiernan. Pero, a menudo, no reparamos en el activismo informativo que hay detrás. Luego somos vulnerables a los efectos de esa propaganda informativo-política.

La democracia no sólo es el poder del pueblo ejercido cuatrianualmente, sino la correcta búsqueda del bien común, algo que no cumplen los compañeros de censura de Pedro Sánchez. La política de efectos tiene un comportamiento peligroso para el ciudadano: puede llegar a creer que del impacto se vive, y por tanto, que sus problemas se solucionarán a golpe de ocurrencia. Sánchez, como Underwood, ha aprendido en poco tiempo que la democracia puede estar sobrevalorada. Prometió elecciones inminentes hasta que pisó escalinata monclovita. Ahora dice que apurará hasta 2020. De su currículum inexacto —como el de la ministra de Sanidad— nadie comenta nada, porque los altavoces mediáticos de la corrección ahora silban el despiste. La Inquisición mañanera y dominical, que cada día nos lee el parte moral, calla porque los suyos ya están en el poder.

El listón de exigencia no ha subido. Se ha tirado directamente por los suelos. Porque la izquierda malpensante, cazadora de fachas a primera hora, dispara con su habitual fusil moral contra todo lo que no encaje en sus presupuestos ideológicos, es decir, todo lo que está a la derecha de su bien retribuida siniestra. Han convertido el noble arte del ejercicio político en una sombra de sospecha permanente. Se creen los Hércules Poirot del periodismo, presumiendo de ejercer la libertad informativa en trincheras que sólo reproducen el más chabacano y tradicional activismo. La democracia necesita periodismo, no activismo informativo. Y menos, de parte de la izquierda caviar, siempre dispuesta, en su maquiavelismo perverso, a ejercer de Robin Hood contra la desalmada caverna que todo lo inunda de privilegios. Se han adueñado de la moral pública, discriminando en criterios poco objetivos lo que es corrupción y lo que no, quién debe presentarse y quién no. Condenan públicamente a unos, pero lanzan la manta del olvido que tanto perjudicaría a otros. Los otros son los suyos. El periodismo Fuenteovejuna se instauró en 2004 y aquí sigue. Ya no hay pensionistas manifestándose en Bilbao cada mañana, ya no hay precariedad laboral que subsanar, porque la emergencia social empieza por regar con nueve millones de euros a los amigos liberados del ‘sintrincato’.

Ya nada importa. Porque en el mundo Alicia y su pensamiento, que tan bien reflejó Gustavo Bueno, lo que vale son las intenciones, los deseos, las sonrisas y los efectos. Y ahí, el placebo de la política necesita de generales mediáticos que den la orden: ¡detengan las máquinas! gritan, mientras nos hacen ver que el fango de la corrupción no existe en el PSOE, aunque lo diga una sentencia, aunque medio partido en Andalucía haya desfilado por los tribunales. Pastores de un rebaño cautivo, dominan la democracia desde su silla catódica. Estos nuevos Papas del progresismo engañan a la gente en especial continuo. Para tener una democracia así, un instrumento que sólo obedece a quienes la prostituyen para alcanzar sus fines —el poder— la epistocracia me parece una solución potable frente a tanto impostor de Kapuscinski.

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