Carta para Guterres de Jerusalén a Nueva York
Tiempos complejos en Medio Oriente. La amenaza del régimen iraní y la posibilidad de una incursión directa de Estados Unidos ponen en riesgo la estabilidad del principal aliado de Washington en la región: Israel. Pero no es el único actor expuesto. Qatar, que alberga bases militares estadounidenses en su territorio, también se encuentra potencialmente en la mira del régimen iraní.
Desde Israel se observa con profunda preocupación la brutal represión de las protestas en Irán. Diversas organizaciones no gubernamentales estiman que la violencia ejercida contra manifestantes iraníes ha provocado entre dos y tres veces más muertes que las cifras oficialmente reconocidas por el gobierno. Las estimaciones oscilan entre 3.000 y 30.000 fallecidos. Más allá de la imprecisión de los números, lo cierto es que el régimen iraní mantiene un patrón represivo interno mientras continúa con un proyecto geopolítico que representa un riesgo para la estabilidad regional y global.
Tras el 7 de octubre y dos años de guerra en los que Israel fue atacado por Hamás, Hezbolá, los hutíes y, de manera indirecta y después directa, determinante, por el régimen iraní como principal sostén de estas organizaciones, el antisemitismo alcanzó niveles alarmantes en distintas partes del mundo. No se trata de posicionarse a favor de israelíes o palestinos. El núcleo del conflicto radica en el yihadismo promovido y financiado por Teherán, un régimen que durante décadas ha declarado abiertamente su intención de eliminar al Estado de Israel y que avanza en el desarrollo de capacidades nucleares.
Israel ha actuado en defensa propia, dentro de los parámetros que enfrenta cualquier Estado bajo amenaza constante. Las consecuencias en Gaza han sido de extrema complejidad. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que durante más de 25 años la Franja estuvo bajo el control de una organización islamista armada que convirtió el territorio en una plataforma de confrontación permanente.
En este escenario, el presidente Donald Trump ha impulsado, a su manera, iniciativas orientadas a reconfigurar el equilibrio regional. Su propuesta de canalizar 5.000 millones de dólares para la reconstrucción de Gaza, a través de un Consejo para la Paz, responde a una visión pragmática. Trump está buscando, por métodos no originarios, un mundo equilibrado.
Pero existe otro frente que genera inquietud: la credibilidad de la Organización de las Naciones Unidas. La agencia para los refugiados palestinos, UNRWA, remitió en agosto de 2025 al Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel una lista de empleados en la que figuraban nombres vinculados a Hamás. Se trata de una situación alarmante.
La ONU fue creada en 1945 con principios claros: mantener la paz y la seguridad internacionales, prevenir conflictos, fomentar relaciones de amistad entre las naciones y promover la cooperación internacional. Sin embargo, en determinados ámbitos la organización se ha politizado y ha perdido imparcialidad. La ONU no puede convertirse en tribuna para el antisemitismo.
La carta enviada desde Jerusalén a Nueva York, el 16 de febrero, al secretario general de la ONU, António Guterres, una voz en el desierto, plantea precisamente esta preocupación. En un contexto ya profundamente tenso, el lenguaje utilizado por la relatora especial sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos, Francesca Albanese, no hay enemigo pequeño, adquiere un peso extraordinario. Cuando se formulan declaraciones que presentan a Israel como un «enemigo común de la humanidad», como afirmó en el Foro de Al Jazeera celebrado en Qatar del 7 al 9 de febrero, el impacto trasciende lo retórico: tales expresiones pueden alimentar narrativas hostiles y contribuir a un clima global de antisemitismo en ascenso.
La responsabilidad institucional exige prudencia, rigor y equilibrio, especialmente cuando se habla bajo el mandato o el paraguas de organismos multilaterales. La historia ha demostrado con dolor las consecuencias de la estigmatización colectiva. En 2005, el entonces presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, declaró que Israel debía ser «borrado del mapa». Hoy, en un contexto de inestabilidad regional y de avances en capacidades estratégicas iraníes, las palabras tienen un peso determinante. Cada declaración pública influye en la percepción internacional y en la seguridad de millones de personas.
La paz requiere justicia. La justicia requiere responsabilidad. Y la responsabilidad comienza por las palabras.
(*) Nicole Mischel Morely es periodista hispana-israelí.