Barcelona, último viaje al turismo

Barcelona, último viaje al turismo

Barcelona, es sabido, se postuló ciudad turística en la década de los noventa, verbigracia socialista. La noble pretensión era sacar a esta urbe de una liga portuaria, en un sentido estético, categórico. Dejar de competir con Marsella o Génova (por ejemplo) en la vieja tradición de muelles neblinosos, callejuelas con prostitutas y oscuros antros que nunca cerraban. Todavía pervive, como una novelilla ajada, el recuerdo de los marines americanos que desembarcaban y se perdían (algunos para siempre) entre las tripas de aquella Barcelona. En cualquier caso, la idea socialista fue alzarla a modelo de éxito. Y la fórmula para tal reconversión era política y económica: magia de la aventura mixta, una sugestiva colaboración entre dinero público y privado.

El ideal se hizo realidad y la urbe, como tantos otros hitos en la historia, atrajo miradas y reconocimiento. Es decir, se cumplió el sueño de convertirse en ejemplo para los demás, también en España, por supuesto. Para no resultar injustos, debemos apuntar otras energías barcelonesas, ya en marcha desde la Transición (y antes): cruce de caminos humanos, laxitud en las formas, la libertad de hacer y dejar hacer, un mundo intelectual potente (editoriales y escritores), una burguesía que no deseaba descolgarse de los nuevos tiempos y una imposible clasificación cultural, que iba desde el puerto golfo a las elegantes faldas del Tibidabo.

Uno de los ejes, importantísimo, de esta flamante iniciativa fue en efecto el turismo. La gran inversión, a cuenta de fondos estatales y particulares, se hizo por supuesto desde una perspectiva empresarial. El conseguidor olímpico Samaranch, hombre de orden, comprendió perfectamente las oportunidades de tal operación. Debían venir gentes desde todo el mundo a admirar y gastar su dinero. A contemplar la que fuera antes ciudad gris y anclada a la imagen de un país ‘atrasado’ de sol, playa y paella. Un ‘milagro’ español. En las energías del socialismo (Maragall, González) estaba ese ingrediente (ideológico) transformador: darle la vuelta a España como si fuera una alfombra poblada de fantasmas.

Durante al menos veinte años, todo fueron alegrías. Cito a vuelapluma varios elementos del éxito: la playa, el diseño, la gastronomía, Gaudí hasta en la sopa, los museos de arte contemporáneo, el relajamiento sensual y la modernidad política. La desaparición, en efecto, de todos aquellos fantasmas que llevaban casi un siglo dando la lata, ennegreciendo nuestro destino histórico.

Este cuento, sin embargo, no tiene un final feliz. Ya conoce el lector las fuerzas a las que la ciudad ha tenido y tiene que enfrentarse. Vienen esas de la política, aunque han calado entre buena parte de los barceloneses. Me refiero al nacionalismo, pero no solo. El modelo de éxito está agotado, la última palada de tierra eterna la volcó sobre Barcelona la actual alcaldesa, Ada Colau. Le precedieron tres alcaldes ya a remolque de una decadencia, Clos, Hereu y Trias.

En perspectiva, hubiéramos debido advertir esta muerte lenta, con sus trapicheos políticos y un rumbo errático. El turismo, que algo dio de comer en su días, es hoy el espejo en que mirarnos. De vez en cuando aparece la noticia de sus vulgares eyaculaciones en los antiguos lugares emblemáticos. La Rambla es el perfecto destino del cervecero, de la chancla y la supina arrogancia del bárbaro. De la mundialización del mal gusto. El mercado de San José (Boquería), el lugar en el que comprar un zumo de sandía y ver por primera vez en la vida unos tristes bogavantes, que serán inmortalizados con el móvil y subidos a la red. La imagen exacta del destino final: cutre, ligera y con la cartera delgada.

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