La autodeterminación se sienta en el Consejo de Ministros

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Los dislates que un día cualquiera perpetra el Gobierno de colocación -desde las propuestas de la dama de Galapagar a las idioteces de Garzón, pasando por la ineptitud de aquel genio que fichó Rajoy, llamado Escrivá, el pícnico, y que se está demostrando como un desastre sin paliativos- no son nada comparados con el hecho de que en la mesa del Consejo de Ministros se sienten miembros partidarios de abrir la espita que lleven a la liquidación de España.

Se pondrán como quieran, pero abrir un proceso de autodeterminaciones desde el Gobierno de la nación tiene especificaciones muy precisas en los diferentes códigos. ¿Se imaginan que pudiera siquiera insinuarse en Alemania, Estados Unidos o Francia? Las potencias occidentales no pasan del estadio de la alucinación cuando se aborda el asunto de la España hoy, bajo el mandato de un muchacho chuleta, engreído y ágrafo.

La autodeterminación -a tenor de las exigencias de la ONU y los Tratados Internacionales inaplicable a España- es la mayor amenaza en tiempos de paz que puede sufrir un Estado constituido para su permanencia. Desde que iniciamos nuestra carrera profesional siempre contemplamos pequeños grupos marginales que pedían la independencia en los territorios más agasajados económicamente por Franco. Eran eso, marginalidades.

Ahora, la autodeterminación se espolea desde el corazón mismo del poder de España, la más vieja nación del mundo. A ese mismo señor que predica, desde el Estado, que el Estado tiene que someterse a la posibilidad de dejar de existir, se le ha dado la cartera de Educación -nada más, ni nada menos- y recibe calurosas felicitaciones del primer ministro.

A un dislate se suma otro. Se autotitulan de izquierdas e hincan el esternón ante los grupúsculos reaccionarios y feudales que atizan las independencias en País Vasco y Cataluña. Los tienen ahí predican el desgaje y el cuarteo olvidando que cuando sus ideologías han gobernado en el mundo -URSS, Yugoslavia, Venezuela, Bolivia-  yugulan a sangre y fuego cualquier movimiento que pretenda constituirse como “distinto”.

De lo que se trata es de acabar con un Estado con casi seis siglos de existencia. Destruir, aniquilar, borrar del mapa. Es el detritus que necesitan para perpetuar sus ambiciones personales y sus corrupciones. Apunten el nuevo nombre que se ha subido a ese carro: Joan Subirats, ministro (sic) de Educación.

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