¡Ahora a por los mendigos!

¡Ahora a por los mendigos!

Aquí, en la España golfa de Sánchez Castejón, nadie escapa de las garras de garrapata de su Gobierno. ¡Y creían los pobres de solemnidad que contra ellos no iba la cosa! Fíjense: hay un notario de Madrid que se firma a sí mismo como el “Jubilata”, que todos los días, aunque haga calor porque ya no existe el frío, se pega unas mañanas madrugonas y pergeña lo que el periodismo de toda la vida, el que ahora se están cargando entre las malditas redes y el censor inquisitorial Sánchez, se denominaba un “suelto”. Saénz de Santamaría ha enviado este martes a sus amigos de confianza, quinientos más o menos, (¿por qué no escribe un blog?) una coña que reza así: “La nueva Ley animalista da mucho juego. Tiene una norma que prohíbe a los mendigos utilizar animales para pedir limosna.

Lo gracioso es que establece para su incumplimiento una multa entre 500 y 10.000 euros. Y yo me pregunto: ¿qué medios usarán para cobrar estas multas? Propongo que embarguen sus cuentas millonarias pues de todos es sabido que los mendigos son personas de un gran patrimonio y manejan y manejarán la economía española porque dentro de poco todos seremos mendigos en España”. El autor suele calzar el texto con una canción alusiva. En esta ocasión ha elegido la francesa Aline que en una de sus estrofas dice: “Yo grité y yo lloré, estaba muy apenado”. Así debe estar ya un mendigo culto, de nombre Rogelio, al que la vida ha tratado con crueldad, que es repetitivo el hombre y que cada vez que alguien se acerca a él le obsequia con un latazo que al final queda de este modo: “No me j…la pobreza, lo que me j… es que ustedes me vean así”.

Lo peligroso de esta idiotez belarriana es que los insípidos embusteros del Gobierno se la pueden tomar en cuenta. Hace ya un cuatrienio que está claro el meridiano objetivo de los comunistas. ¡Atención! Escribo comunistas porque los socialistas ya están de vacaciones, como durante todo el franquismo en nuestro país. El desiderátum de estos (aún) gobernantes es igualar a todo el mundo por abajo, que sean por ejemplo tan ágrafos como Lastra o Cerdán y tan pobres como Iván Redondo que va por el mundo mendigando (él sí) contratos de influencia y los abordados no le hacen el menor caso. Un dirigente del PNV -me dicen- le trató de esta guisa: “Pero, ¿tú que vendes?” Cuando Sánchez y su cuadrilla nos hagan a todos tan indigentes como Rogelio se mostrarán históricamente satisfechos porque se han acercado a los ideales revolucionarios de 1917 o al genocidio que practica su cómplice Maduro.

Perseguir el esfuerzo o el mérito es para estos indigentes intelectuales (el término, perdón, se lo inventó este cronista para calificar a Zapatero) una obligación a la altura de los logros de la Revolución Franciesa. De jefa de este atentado social han fichado las Belarras y las Monterovas, a Lilith, nacida Lilí Verstringe, el apellido de su papá al que Tierno Galván, que tenía en la lengua una cuchilla, caricaturizaba como “Ferstringer”, lo que recordaba a uno de los malísimos del 007 con licencia para matar.

En su afán por perseguir a todos los desafectos como llamaba Franco a sus enemigos, han encontrado en los mendigos unos delincuentes que enseñan a sus animales, perros y perras, claro, a ladrar lastimosamente para sacar unos céntimos a los viandantes. Lo trascendente para estas insensatas/os no es que el pobre necesite ayuda para comprarse un bocadillo de mortadela (mientras la mortadela, producto de la matanza del cerdo, no esté prohibida, que esa es otra). Lo humanitario es que el pordiosero no dome a su mascota en el menester de ayudarle para cosechar algo para comer.

Los verbos de esos pedantes bodoques que todavía nos gobiernan son dos: prohibir y, en consecuencia, multar. Mandan con más decretos que los de extinto Caudillo y lo hacen, como lo hacía aquel general, “por nuestro bien”. En realidad, no estamos en condiciones de seguirles en su asonada constante, no nos pueden dejar marchar solos, tampoco a los mendigos contra los que ahora la emprenden. Franco, en cita gloriosa de Luis Carandell, denunciaba nuestra impericia con una frase -lo siento, chicos- monumental. Decía con cita y vocecilla de confesor cascado: “España está dando los primeros pasos por el jardín de la clínica, y el que diga que no, o no sabe lo que dice o lo sabe demasiado bien”.

El Benemérito de Cuelgamuros, alias de rondón y como quien no quiere la cosa del profesor periodista Victoriano Fernández Asís, tenía todavía menos propiedad que cualquiera de los elogios que el desventurado Tezanos suele depositar sobre el cuerpo de Tarzán de su admirado Pedro Sánchez Castejón. Pero, en verdad, no hay noticas de que esté enamorado de él.

Tarzán, defensor mentiroso de los débiles, ahora pretende fiscalizar la limosna de los mendigos y multarles si no obedecen a las consignas de un tipo sin escrúpulos. Por ahora hay que conformase no vaya a ser que en la próxima entrega por capítulos de las fechorías de este Gobierno, a las Belarras, a las Monterova, una y otra ¡que ya vale!, se les ocurra cambiar la multa por un tiempo de arresto mayor. Así, dirán, los mendigos no tendrán que rogar la humillante ayuda, comerán por cuenta del Estado. No nos los merecemos.

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