El franquismo prende en Alemania

El franquismo prende en Alemania
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“En la República Federal de Alemania, la soberanía recae sobre el pueblo alemán, por lo que ningún estado federado es dueño de la Constitución”. Éste fue el dictamen con el que en enero de 2017 el Tribunal Constitucional alemán resolvió la demanda planteada por un ciudadano de ese país respecto a si el land de Baviera podía convocar un referéndum de independencia. El Alto Tribunal, que argüía, asimismo, que en la Carta Magna “no había espacio para procesos secesionistas”, frustraba así el intento del residual Partido de Baviera de promover una consulta popular sobre el futuro del Estado que excluyera de la misma al resto de los estados. Lo que sea Alemania, venía a sancionar el TCFA, concierne a todos los alemanes y no sólo a una parte. El paralelismo con el caso español alcanza incluso al carácter populista, antiliberal y, en cualquier caso, predemocrático, de la réplica independentista.

Así, el líder del PB, Florian Weber, despachó el pronunciamiento del órgano federal que vela por la constitucionalidad de las leyes, mediante una de esas declaraciones con ínfulas de solemnidad a que nos tiene acostumbrados el nacionalismo: “La independencia de Baviera no la decidirá un tribunal sino el pueblo bávaro”. Y cuyo sentido y cuasi literalidad reverberan en la proclama que el —todavía— presidente del Parlament, Roger Torrent, legó el lunes a la historia oral del procesismo, sección semántica ‘a Dios pongo por testigo’: “Ningún juez, ningún Gobierno ni ningún funcionario tiene la legitimidad para cesar, y aún menos para perseguir, al presidente de todos los catalanes”. Apliquémosle el método Gombrowicz: “Ningún juez, ningún Gobierno ni ningún funcionario tiene la legitimidad para cesar, y aún menos para perseguir, al presidente de todos los valencianos”; “Ningún juez, ningún Gobierno ni ningún funcionario tiene la legitimidad para cesar, y aún menos para perseguir, al presidente de todos los madrileños”.

El antecedente moderno de semejante necedad, no obstante, no corresponde a un nacionalista pata negra, sino al advenedizo José Montilla, que a cuenta de la sentencia del TC respecto a la reforma del Estatuto, tomó aire y declamó: “No hay tribunal que pueda juzgar nuestros sentimientos ni nuestra voluntad. Somos una nación”. Siendo importantes las similitudes entra ambas legislaciones, la alemana y la española, para que Puigdemont haya sido apresado en Schleswig Holsteinde, aún lo es más el celo con que el país centroeuropeo custodia la estabilidad del edificio comunitario, así como la convicción sus representantes políticos, con Merkel a la cabeza, de que España es una democracia homologable —a diferencia del cinismo, tan típicamente antiespañol, con que las autoridades belgas gestionaron el caso, y que puso de manifiesto las intolerables fisuras que aún persisten en el sistema de corresponsabilidades de la Unión Europea—.

A esos titubeos se agarran los nacionalistas para tratar de diseminar su arsenal de embustes y presentarse ante el mundo como víctimas de una España que, en su delirio, no cumple los estándares de calidad que se suponen a un país moderno y avanzado. Este miércoles, sin ir más lejos, acabo de tener noticia de que los eurodiputados Tremosa, Terricabras y Puig dirigieron a la Eurocámara una carta en dicho sentido, y a la que, obviamente, responderé de inmediato. Para empezar, denunciando que el ínclito Terricabras, que suele compararse poco menos que con Gandhi, no ha tenido el menor empacho en instigar la violencia callejera que estos días sacude Cataluña, llamando a los CDR a cortar las carreteras. En su Twitter ofrece una justificación: “Todo es tan escandaloso, tan vengativo, que bien tenemos que hacer alguna cosa. No basta con manifestarse con sonrisas”.  En verdad nunca las hubo. Eran una mueca.

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