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La desecación del mar de Aral, que hasta hace poco más de medio siglo era el cuarto lago más grande del mundo, representa hoy una de las mayores catástrofes medioambientales de la historia. Lo que antes era una enorme extensión de agua se ha transformado en un inmenso desierto salino, convertido en un símbolo de las consecuencias ecológicas y sociales que puede provocar la intervención humana en la naturaleza.
En la década de 1960, la antigua Unión Soviética puso en marcha un ambicioso proyecto para extender los cultivos de algodón. Para conseguirlo en una región especialmente árida, decidió desviar el curso de dos de los principales ríos que alimentaban el mar de Aral: el Amu Daria y el Sir Daria. Sus aguas se destinaron al riego de las plantaciones y las consecuencias de aquella decisión, en este territorio situado entre Kazajistán y Uzbekistán, comenzaron a hacerse evidentes con el paso de los años.
Desaparición del mar de Aral
Durante la década de 1980, los dos ríos que abastecían principalmente al mar de Aral llegaron a registrar caudales mínimos e incluso estuvieron cerca de secarse en los meses de verano, y el lago empezó a perder agua a una velocidad de vértigo. Su superficie fue reduciéndose progresivamente hasta dividirse en varias masas de agua independientes, en las que la concentración de sal aumentó considerablemente. El retroceso continuó durante las décadas posteriores y, en 2007, el mar de Aral conservaba apenas el 10 % de su extensión original. De aquella transformación surgió el desierto de Aralkum, que ocupa parte de lo que antiguamente era el fondo oriental del lago.
La desaparición de buena parte del mar de Aral tuvo consecuencias devastadoras tanto para el medioambiente como para las comunidades que vivían en sus alrededores. Uno de los sectores más perjudicados fue la pesca, una actividad fundamental para la economía local que prácticamente desapareció. La reducción de las aguas y el incremento de la salinidad hicieron imposible la supervivencia de numerosas especies, entre ellas la trucha de Aral, el barbo de Turkestán y distintas variedades de esturión.
A este problema se sumó otro grave riesgo medioambiental: la exposición del antiguo fondo del lago, donde se habían acumulado durante años pesticidas, fertilizantes y otros residuos químicos. Al quedar al descubierto, estos contaminantes comenzaron a dispersarse por el aire en forma de polvo y pequeñas partículas que el viento transporta hasta las poblaciones cercanas.
Planes de recuperación
La magnitud de la catástrofe ha impulsado diferentes iniciativas para intentar recuperar parte del territorio afectado. Entre las medidas planteadas por Kazajistán y Uzbekistán se encuentra la reforestación de unos tres millones de hectáreas del antiguo lecho del mar de Aral. Una de las especies elegidas para este propósito es el saxaúl negro, un arbusto de Asia Central capaz de resistir tanto la sequía como los elevados niveles de salinidad.
Su objetivo no es recuperar el antiguo ecosistema acuático, sino mantener el suelo estable gracias a sus raíces e impedir que el viento disperse la sal y los residuos contaminantes que han quedado expeuesto. Según la Alianza para el Desarrollo Rural Integral (IDR Alliance), Uzbekistán ya ha plantado el saxaúl y otras especies, como el tamarisco, por aproximadamente 1,7 millones de hectáreas del antiguo fondo marino.
Ahora bien, los investigadores recuerdan que estas plantaciones no dan lugar a bosques frondosos en el sentido tradicional. El saxaúl crece formando una vegetación abierta, con arbustos y pequeños árboles separados entre sí. Su principal aportación consiste en proteger la superficie del terreno y reducir el desplazamiento de partículas salinas, no en reproducir los humedales y los bosques de ribera que existían antes de que el mar comenzara a desaparecer.
Sin embargo, la reforestación del antiguo lecho del mar de Aral plantea grandes desafíos. Los terrenos presentan concentraciones muy elevadas de sal, soportan temperaturas superiores a los 42 grados durante el verano y reciben cantidades mínimas de lluvia. A ello se suman las tormentas de arena, que dificultan todavía más el crecimiento de las plantas. En estas condiciones, la supervivencia de los ejemplares jóvenes de saxaúl suele situarse entre el 20 % y el 30 %.
Afortunadamente, algunos proyectos experimentales han conseguido mejorar notablemente estas cifras. Investigadores de la Universidad de Kioto probaron el cultivo de plantones en contenedores especializados antes de trasladarlos al terreno definitivo, y la supervivencia alcanzó el el 78% en algunas zonas. Otro factor determinante ha sido la excavación de pozos pozos de hasta 500 metros de profundidad.
La iniciativa de Uzbekistán forma parte de un esfuerzo mucho más amplio para combatir la degradación del suelo en Asia Central. Se trata del Programa de Restauración de Paisajes Resilientes de Asia Central (RESILAND CA+), y los primeros datos invitan a mirar el futuro con optimismo. Según las cifras recogidas por la IDR Alliance, Uzbekistán ha conseguido reducir la proporción de tierras degradadas de aproximadamente el 30% al 25% de su territorio en un periodo de cuatro años.