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Roberto Vaquero: «La noche es un reflejo del país»

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La noche siempre ha sido un territorio ambiguo: diversión para unos, descontrol para otros. Bajo la música alta y las luces estroboscópicas no sólo hay ocio; también hay sustancias, abusos y degradación. Roberto Vaquero —historiador, escritor y fundador del Frente Obrero— la observó durante siete años desde la puerta de una discoteca. Ahora convierte esa experiencia en una novela: Duro de pelar.

«Lo que pasa de noche no es diferente», me dice Vaquero en El Foco. «Es un reflejo del país». Trabajó. Observó. Y ahora escribe. El libro arranca duro. Muy duro. Sin anestesia. Y sigue con drogas en copas. Abusos. Infidelidades. Amistades que no lo son. Según datos del Ministerio del Interior, las denuncias por delitos contra la libertad sexual han aumentado en los últimos años. No todo sucede en la noche, pero la noche amplifica. Lo que inquieta no es sólo el delito. Es la normalización porque todavía más perturbador que la violencia puntual es la degradación progresiva. Vaquero describe a jóvenes prometedores que, una década después, siguen en el mismo circuito, envejecidos prematuramente, enganchados a drogas. «Ves a gente que sale de lunes a domingo. No descansan. Están derruidos». Ahonda también en la hipersexualización. Y ya sabe usted… ahí, en la oscuridad, salen monstruos.

El libro funciona como thriller costumbrista, pero también como crónica moral de la confusión entre libertad y descontrol. «He visto a políticos muy borrachos en la noche; especialmente de Podemos y PSOE», confiesa en la entrevista.

La entrevista inevitablemente deriva hacia la política. Carga especialmente contra lo que considera incoherencias de determinados dirigentes de izquierda: «Defienden el mestizaje masivo y viven en burbujas donde no conviven con él».

Aquí el lector puede discrepar. Y debe hacerlo si lo considera. Pero lo interesante no es la coincidencia ideológica: es la denuncia de la distancia entre discurso y práctica, una tensión que atraviesa a toda la política contemporánea.

Vaquero interpreta las palabras de Irene Montero sobre «sustituir a los fachas» como parte de una visión cosmopolita que, según él, impulsa una transformación demográfica deliberada. Sostiene que existe una «sustitución demográfica» que determinados sectores políticos consideran progreso.

A Vaquero le cuelgan etiquetas con facilidad: «facha», «radical», «provocador». Él se define de otra manera: «Prefiero a la gente de valores que a la gente con etiqueta». Habla de honor, de sentido del deber, de patriotismo. Conceptos que muchos consideran anacrónicos y otros reclaman como urgentes.

Hay una confesión que revela más que cualquier declaración política: «Si no fuera por el sentido del deber, me retiraría a escribir novelas». Y quizá ahí esté la clave. En el fondo, el escritor parece disfrutar más describiendo la miseria humana que protagonizándola en el debate público.

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