¿Y si Juana de Castilla no estaba loca? Una nueva biografía revisa su historia y gestos políticos
El historiador Eduardo Juárez acaba de publicar 'Juana de Castilla. Conspiración, locura y poder en la Castilla renacentista'
Juana I de Castilla fue una reina a la que se negó el trono de Castilla. Eso sí, algunos historiadores defienden que ella no quería reinar, pero no por ello dejó de hacer política a lo largo de su vida, una política que iba en la línea de la manera de proceder de su madre, Isabel de Castilla, Reina Católica.
Juana era la tercera hija de los Reyes Católicos y estaba destinada a ser sólo duquesa consorte de Borgoña, nada más. Por ello, no fue educada para ser reina. Y es que esta joven era la tercera en la línea de sucesión, ¿quién podría pensar que su hermano Juan, su hermana Isabel y su sobrino Manuel morirían? Nadie podría haberlo presagiado, pero así son las carambolas de la historia.
Más conocida como Juana La Loca, fue olvidada tras su muerte en 1555 durante varios siglos y fue recuperada por los pintores e intelectuales románticos a finales del s. XIX, quienes la veían como una mujer apasionada y enamorada, enloquecida por el amor hacia Felipe El Hermoso, un sobrenombre que le pusieron los franceses.
Más de un siglo más tarde de aquella recuperación, la percepción que tenemos sobre Juana I de Castilla es muy distinta a la que tenían sus contemporáneos, gracias al interés continuo de los historiadores. Eduardo Juárez, historiador y profesor en la Universidad Carlos III de Madrid, acaba de publicar una nueva biografía, Juana de Castilla. Conspiración, locura y poder en la Castilla renacentista, de la madre de Carlos I de España, donde destaca su inteligencia política, inspirada en su madre la Reina Católica, y echa por tierra algunos de los mitos alrededor de su persona.
Al morir su madre, fue la joven Juana quien heredó la Corona de Castilla. Isabel, soberana inteligente y clarividente, percibió de inmediato al conocer en persona a Felipe de Habsburgo que su único interés era tomar el poder de uno de los principales reinos de Europa. Al fin y al cabo, El Hermoso atisbó que podría ser Rey consorte, un título con el que jamás habría soñado. Es por ello que la madre de Juana dispuso en su testamento que sólo su hija debía reinar y especificó: en caso de no estar disponible o en condiciones óptimas para el reinado, Castilla sería gobernada por su padre Fernando El Católico. De esta forma, fue como Isabel I de Castilla intentó sacar de la ecuación a un yerno sediento de trono, aunque sería la muerte temprana quien lo apartaría de un manotazo.
A partir de una profunda investigación y del acceso a documentación inédita, el autor nos muestra a una soberana plenamente consciente de su papel, capaz de gobernar y de comprender el alcance político de su herencia. Eso sí, apartada del trono por los intereses de su propio marido, padre e hijo.
Desde la Corte de Flandes hasta su prolongado encierro en Tordesillas, pasando por la muerte de Isabel La Católica, la crisis sucesoria en Castilla, las luchas de poder entre su padre y su marido, la revuelta de los comuneros y el ascenso de Carlos I, este libro quiere devolver a Juana de Castilla «su verdadera dimensión política, cultural y humana, la de una soberana formada en las artes liberales y en la cultura humanista de su tiempo».
«Una lectura atenta de la documentación de su tiempo muestra que la supuesta locura de Juana de Castilla fue, sobre todo, un instrumento político utilizado para apartarla del poder cuando su presencia resultaba incómoda», destaca Juárez en esta novedosa publicación histórica.
¿A quién beneficiaba que Juana pareciera loca?
Lo más revelador, detalla, es que «no se conserva ningún informe médico detallado que justifique su incapacitación. En los documentos públicos se repite una fórmula ambigua («enfermedad y pasión») que no describe una patología concreta. Quizá, más que preguntarnos si Juana estaba loca, la pregunta correcta sea otra: ¿a quién beneficiaba que lo pareciera?». A todo su alrededor, fundamentalmente a su marido, padre e hijo, quienes ataban en corto a la Reina castellana, no fuera a darle por reinar.
Lo curioso de todo ello, es que realmente Carlos I de España y V de Alemania sólo fue Rey durante un año, ya que era Juana la verdadera reina, y él no podía abdicar la Corona en su hijo, Felipe II, porque sencillamente no era suya. Debemos pensar que Carlos I apenas sobrevive un año a su madre Juana, con sólo 58 años, el emperador era un hombre enfermo y achacoso, debido a su vida ajetreada y sus excesos, sobre todo de vino y carne.
Como indica Juárez: «De los 39 años de su reinado, en 38 de ellos la reina de iure fue su madre, Juana de Castilla. Carlos comenzó a reinar en 1516, tras la muerte de Fernando de Aragón. Desde ese momento y hasta el fallecimiento de Juana en 1555, la soberanía legal de Castilla residió en ella, no en su hijo. Carlos gobernó como rey efectivo, pero lo hizo en nombre de una reina viva, legítima y jurídicamente propietaria del reino, a la que se mantenía apartada y encerrada».
Juana no fue depuesta formalmente ni desposeída de su título: «siguió siendo reina en los documentos, en la moneda, en la titulatura y en la teoría jurídica. Su «incapacidad», basada en informes vagos, no transcritos y jurídicamente endebles, permitió que otros ejercieran el poder sin asumir el coste de una destitución abierta», explica.
Juana y la revuelta de los Comuneros: reina, pero también madre
Juárez señala que cuando se piensa en la revuelta de las Comunidades de Castilla, «suele pensarse como un movimiento sin Reina». Pero, aclara, cuando estalla la rebelión, los Comuneros «no actuaron contra la legalidad monárquica, sino invocándola», ya que para ellos, la soberana legítima seguía siendo Juana.
Por eso, en 1520, los representantes de la Santa Junta acudieron a Tordesillas. No buscaban una figura simbólica ni una reina decorativa: pretendían que Juana reasumiera su papel como soberana, que avalara sus decisiones y legitimara la acción política del movimiento. «Juana no encabezó la revuelta ni se convirtió en reina comunera en sentido activo. Escuchó a los procuradores, comprendió su situación y mostró sensibilidad hacia algunas de sus quejas,pero se negó a firmar documentos o a comprometerse políticamente. No por locura alguna, sino por una lucidez extrema sobre las consecuencias de cada acto. Sabía que cualquier decisión suya sería utilizada por unos u otros y que el margen real de acción que se le concedía era inexistente», explica Juárez. Y añade: «La revolución fracasó. Juana siguió prisionera. Pero el episodio dejó al descubierto una verdad incómoda: hasta los rebeldes sabían que, sin ella, el poder carecía de fundamento pleno».
Sobre la imagen romántica de Juana, a la que han contribuido pinturas y películas, como la de Vicente Aranda, Juárez explica que «la Juana que emerge de los documentos no es protagonista de un melodrama amoroso, sino de una tragedia política, una soberana legal cuyo poder fue cercenado por intereses dinásticos y cuya memoria fue moldeada para ocultar esa injusticia. Una mujer a la que se quiso borrar porque su legitimidad era demasiado peligrosa».