‘Ojo por ojo’ de J.F. Franko: la venganza sin piedad

‘Ojo por ojo’ de J.F. Franko: la venganza sin piedad
JK FRANKO @EFE

No hay nada más satisfactorio que escribir una crítica sobre un libro que acabas de leer y que su contenido te ha enganchado hasta la médula. Y no hay nada más empobrecedor que escribir una reseña de un libro para agradar los oídos del autor y quedar bien con la editorial. A mí me ha sucedido lo primero. No he necesitado ninguna recomendación o presión para escribir estas líneas. Y lo primero es lo que me acaba de ocurrir tras la lectura del thriller ‘Ojo por ojo’ del norteamericano nacido en Texas, J.K. Franko.

Tras el seudónimo de Franko se oculta la identidad del abogado, empresario y financiero Raúl Calvoz, nacido en Texas en 1968, pero con sangre española corriendo por sus venas: hijo de madre cubana-gallega y de padre estadounidense-asturiano. Además, está casado con Raquel Cordón, hija del empresario aragonés secuestrado en 1995 por los GRAPO.

Calvoz, con una experiencia de 25 años como abogado, ha trasladado sus vivencias jurídico-policiales a la literatura, algo que destaca en la trama de ‘Ojo por ojo’. También se nota en su ágil, inteligente y fluido estilo literario las diez novelas que escribió durante años para perfeccionar su capacidad narrativa. De esa decena, sólo ha publicado tres, las que forman la trilogía del Talión: ‘Ojo por ojo’ -publicada en España- ‘Diente por diente’ y ‘Vida por vida’, que ya han visto la luz en EEUU y que serán editadas por Planeta en los próximos dos años.

Franko/Calvoz traslada la Ley del Talión al argumento principal de su novela. Su protagonista Roy Cruise dispone de suficiente doctrina bíblica para justificar sus actos: “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Éxodo 21:24); “fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que haya hecho a otro, así se le hará” (Levítico, 24:20); y “no tendrás piedad: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Deuteronomio 19:21).

Con esas premisas doctrinales se entienden las palabras del personaje central de la obra Roy Cruise cuando pretende justificar sus bajas pasiones: “No es suficiente con que los malvados mueran. Esas personas tienen que sufrir antes de morir, por si no hay vida después de la vida, ni fuego infernal, ni condenación eterna. Morir no es suficiente. Tienen que morir sufriendo… Tienen que sufrir por sus pecados”.

Y en torno a esos principios antiéticos del actor principal de la obra se ciñe la argumentación y la trama: la venganza como fin último para llenar el hueco donde ha fallado el sistema judicial. La pregunta: “¿Se puede aceptar que alguien se tome la justicia por su propia mano -en la novela de manera organizada y coral- cuando falla el sistema? Franko nos da una respuesta en 382 páginas, que pretende ser convincente. Eso sí, sin caer en la tentación de cometer un spoiler, el autor logra un giro inesperado en la actitud de los protagonistas principales.

El crimen perfecto

La novela de Franko, además de exprimir al máximo la psicología de sus personajes, se convierte en toda una lección de criminología. En un manual para que los culpables queden impunes, como cuando el narrador de la historia recuerda cómo los huesos pueden servir para descubrir un asesinato sirviéndose del cuento ‘El hueso cantor’ de los hermanos Grimm: “Entierra tus huesos en un lugar profundo porque los huesos pueden cantar. O visto de otra forma: tal vez los muertos no hablen, pero sus huesos, sí”.

Esa lección criminalística lleva a Roy a resolver que la mejor solución para alcanzar el crimen perfecto es “no dejar cuerpo”. Que el muerto desparezca sin más de la faz de la tierra. Pero la ira de la venganza es mala compañera de viaje y provoca durante la trama de la novela una serie de contratiempos, con los que Franko juega con el lector.

No obstante, el personaje de la novela sabe que, desde el año 2000, en EEUU se cometen unos 15.000 asesinato al año, de los que tan sólo 7.000 logran resolverse con la condena del asesino. En tres mil casos se identifica al sospechoso, pero el sistema no consigue culparlo y, en 5.000, ni siquiera se localiza a un sospechoso. Eso significa que 8.000 asesinos quedan impunes ante la Ley. Roy Cruise sabe que el 60% de los asesinos quedan libres y esa estadística le sirve para planear su obra. También sabe que, cuando encuentran al culpable, es porque éste ha cometido muchos errores. Pero se esfuerza para que ese final carcelario no le afecte a él.

Quizá esa lucha táctica y calculadora por garantizar la impunidad de la venganza es uno de los momentos más apasionantes de la novela de Franko. El protagonista Roy tiene muy claro que en el asesinato perfecto no hay escena de crimen y, si no hay cadáver, no hay pistas forenses. Los detectives policiales se pierden en un marasmo de indicios y suposiciones y no tienen por donde tirar. Finalmente, se ven abocados al archivo de la investigación.

La novela es todo un alarde de imaginación para lograr el crimen perfecto, evitando el castigo bajo el amparo del sistema judicial norteamericano. Por ejemplo, desde una perspectiva europea, nunca podría entenderse párrafos como éste: “Llevaba vaqueros y una camisa de manga corta, con una chaqueta ligera para ocultar la Glock -marca de pistola-. La había traído de Miami en el equipaje facturado, lo cual es completamente legal”. ¡Es legal en EEUU! ¡En Europa te lleva directamente a la trena!

Venganza sin piedad

‘Ojo por ojo’ gira en torno a la venganza sin piedad. Los protagonistas de la obra, el matrimonio Roy Cruise y Susie Font, que han perdido a su hija en un accidente de circulación, provocado por un joven conductor que mandaba un whatsapp desde su móvil mientras manejaba el volante. La pareja se plantea si la babilónica Ley del Talión puede convertirse en la solución para resetear los fallos del sistema legal.

La trama introduce el pacto entre dos parejas para saciar su sed de venganza intercambiando el objetivo a sacrificar: “Vosotros os encargáis de liquidar al violador de nuestra hija, que ha logrado su inocencia tras su juicio, y nosotros a cambio asesinamos al conductor negligente que ha acabado con la vida de vuestra hija”. Ese es el intercambio macabro.

Tras las primeras escenas de la novela queda claro que Franko se ha inspirado en ‘Extraños en un tren’, de Patricia Highsmith», pionera del thriller psicológico, pero más plásticamente en la película de Alfred Hichtkock del mismo título. El director británico era todo un virtuoso y un maestro de las grandes escenas visuales. Franko no lo niega. En la entrevista que mantuve con él hace unos días me confirmó que había escrito su obra desde el desenlace hacia atrás. Ese método nos deja también al descubierto la técnica empleada por el director británico para elaborar sus guiones: el uso de lo que él llamaba “macguffins” con los que construía la trama y el suspense de sus inquietantes filmes.

En ese encuentro, Calvoz/Franko me reconoció que él también escribe de manera visual como si elaborara un guion cinematográfico. Y eso me suena. La literatura debe ser una combinación de palabras y estética visual. La imaginación del autor debe plasmarse en un lienzo en el que el lector descubra cómo es el cuchillo o la pistola humeante que usa el asesino o cómo se perpetra el crimen.

Uno que también es autor de una novela –‘El Informe Jano’- valora la precisión y la meticulosidad de Franko a la hora de construir sus personajes y desarrollar la trama del thriller. No da por sabido ningún elemento y reconstruye con minuciosidad todas las escenas. Es una manera de facilitar a los guionistas su trabajo cuando Netflix o HBO compren los derechos de la novela para producir una serie o película.

Manual de criminalística

La obra también denota que Franko ha echado mano al manual del buen letrado a la hora de desarrollar su filosofía doctrinal a lo largo de los capítulos de ‘Ojo por ojo’. Incluso, destaca su inmersión en el mundo de la Criminología, como hace el protagonista de la historia, Roy Cruise, cuando se acerca a una librería y compra un estudio sobre criminalística. A partir de su lectura se convertirá en el manual perfecto para ejecutar el crimen perfecto. Si uno quiere escapar de las zarpas de los detectives de la Policía y de los sabuesos del CSI lo más aconsejable es aprender de antemano cuáles son sus métodos para dar caza al asesino.

Franko es uno de esos autores que vive con intensidad el escenario de sus novelas. No se conforma con hacer un bosquejo del entorno de sus personajes. Se implica con la geografía y la naturaleza de sus vidas. El lector puede percibir la visualidad de los escenarios por donde discurre el argumento. De ahí que los lectores sentirán en su piel, conforme avance el relato, el agua de las marinas de Miami (Florida), la frescura de la nieve de Beaver Creek (Colorado), el barrio de lujo de Austin (Texas) o el aroma de la ciudad de vacaciones en Isla de Bimini (Bahamas).

El autor logra captar con intensidad la atmósfera en la que se desenvuelven sus personajes. En la obra de Franko no tiene lugar lo que le escuché decir en una entrevista radiofónica a José Manuel de Prada: que nunca había estado en Chicago. Un tanto sorprendente porque la trama de su novela ‘La vida invisible’ se desarrollaba en la ciudad norteamericana: “Me ha bastado con navegar por Internet”, respondió sin ruborizarse. Otra cosa muy distinta habría sido que sus personajes fueran habitantes de la Atlántida o Troya.

Generalmente, a los periodistas nos apasiona comparar la obra de un autor con otros escritores ya consagrados, que han atiborrado los estantes de las librerías con best sellers. En los thrillers psicológicos, novelas de abogados o narrativa de intriga policial hay precedentes que han marcado un estilo: los norteamericanos John Grisham, David Baldacci, Robert Ludlum y Don Winslow; el italiano Roberto Costantini; el francés Jean-Christophe Grangé, los británicos Terry Hayes y Robert Harris, y los españoles Manuel Vázquez Montalbán y Antonio Muñoz Molina. De todos ellos hay alguna pincelada en la obra de Franko, aunque yo sospecho que él es más de Joseph Conrad y de Graham Greene que de otros autores divinizados en las últimas tres décadas.

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