Suena muy raro, pero la ciencia está convencida: los humanos podrían tener 33 sentidos y hay teorías que lo avalan
La noción tradicional de los cinco sentidos ha marcado la cultura occidental desde la Antigüedad. Vista, oído, gusto, olfato y tacto han servido durante siglos como marco para explicar cómo se procesa el entorno. Sin embargo, la ciencia moderna ha empezado a cuestionar seriamente este esquema, señalando que resulta insuficiente para describir la experiencia humana.
Hoy, la investigación en neurociencia sensorial sugiere que los sentidos no funcionan de manera aislada ni se limitan a cinco canales independientes. Por el contrario, la percepción surge de la interacción constante entre múltiples sistemas que operan al mismo tiempo, integrando señales externas e internas del cuerpo sin que exista una frontera clara entre unas y otras.
De los cinco sentidos clásicos a una percepción mucho más amplia
Aristóteles estableció la idea de que existían cinco sentidos, una clasificación documentada que ha sobrevivido durante más de dos mil años. Sin embargo, el propio filósofo defendía también teorías sobre los elementos del mundo que hoy han sido descartadas. En el ámbito de la percepción ocurre algo similar: la herencia histórica pesa más que la evidencia científica actual.
Investigadores contemporáneos sostienen que muchas de las capacidades sensoriales humanas han sido agrupadas de forma artificial. El tacto, por ejemplo, no es un único sentido, sino un conjunto de varios: presión, dolor, temperatura o picor funcionan a través de receptores distintos.
Algo parecido ocurre con el gusto, que en realidad es el resultado de la combinación entre lengua, nariz y sensaciones táctiles en la boca.
Desde esta perspectiva, los cinco sentidos tradicionales no desaparecen, pero dejan de ser unidades cerradas. Pasan a entenderse como sistemas complejos formados por múltiples mecanismos que trabajan de manera coordinada.
La ciencia que apunta a entre 22 y 33 sentidos humanos
Algunos neurocientíficos, como los vinculados al laboratorio de investigación crossmodal de la Universidad de Oxford, sostienen que los humanos podrían tener entre 22 y 33 sentidos distintos. Esta cifra incluye capacidades que rara vez se mencionan en el discurso cotidiano, pero que resultan esenciales para la vida diaria.
Uno de los ejemplos más claros es la propiocepción, el sentido que permite saber dónde están las extremidades sin necesidad de mirarlas. Gracias a este sistema, es posible caminar, escribir o tocarse la nariz con los ojos cerrados.
A este se suma el sistema vestibular, ubicado en el oído interno, que regula el equilibrio y la orientación espacial.
Otro sentido menos conocido es la interocepción, encargada de percibir señales internas como el hambre, la sed o los cambios en el ritmo cardíaco.
También se habla de un sentido de agencia, relacionado con la percepción de que los movimientos propios son realmente propios, y de un sentido de pertenencia corporal, cuya alteración se ha observado en pacientes que han sufrido un ictus.
Estas capacidades no suelen figurar en las listas clásicas, pero cumplen criterios científicos similares a los de la vista o el oído: tienen receptores específicos y vías neuronales definidas.
El gusto y el olfato como ejemplo de combinaciones sensoriales
El gusto es uno de los mejores ejemplos de cómo los sentidos funcionan en conjunto. La lengua solo detecta cinco cualidades básicas: dulce, salado, ácido, amargo y umami. Sabores como fresa, mango o café no existen como tales en las papilas gustativas.
La percepción de estos sabores complejos depende en gran medida del olfato retronasal, es decir, de los compuestos aromáticos que ascienden desde la boca hasta la cavidad nasal durante la masticación. A este proceso se suma el tacto oral, que define si un alimento resulta cremoso, líquido o firme.
Por eso, lo que comúnmente se llama sabor es en realidad una construcción multisensorial. El cerebro integra información de varios sentidos para generar una experiencia única, lo que explica por qué una congestión nasal puede alterar de forma drástica la percepción de la comida.
Cuando los sentidos se influyen entre sí
La interacción entre sentidos no se limita a la alimentación. La percepción visual, por ejemplo, puede verse alterada por el sistema vestibular. En un avión durante el despegue, la cabina parece inclinarse, aunque la posición relativa de los objetos no haya cambiado. Esta ilusión es el resultado de la información combinada entre la vista y el oído interno.
Experimentos desarrollados en centros de investigación europeos han demostrado que modificar el sonido de los pasos al caminar puede hacer que el cuerpo se perciba más ligero o más pesado.
Del mismo modo, el ruido constante de una aeronave afecta al gusto: los sabores salados y dulces se atenúan, mientras que el umami se mantiene, lo que explica la popularidad del zumo de tomate en los vuelos.
Estos estudios refuerzan la idea de que la percepción no llega al cerebro en compartimentos estancos. Los sentidos se ajustan entre sí de forma continua, creando una experiencia coherente del entorno.
Un modelo que redefine cómo se entiende la percepción
El avance de la ciencia sensorial ha llevado a replantear el relato simplificado de los cinco sentidos. Lejos de ser una lista cerrada, la percepción humana se asemeja más a una red de sistemas interconectados que operan de manera simultánea.
Dicho todo lo anterior, aceptar que pueden existir más de 30 sentidos no implica complicar innecesariamente el concepto, sino reconocer que el cuerpo humano procesa la información de formas mucho más variadas de lo que se pensaba.