La psicología confirma que los niños que duermen con sus padres desarrollan problemas de dependencia cuando son adultos

El colecho, al igual que ocurre con muchos otros aspectos relacionados con la crianza de los hijos, suele generar opiniones enfrentadas. Mientras sus defensores consideran que dormir junto a los padres puede favorecer un vínculo de apego seguro, reducir la ansiedad infantil y facilitar el descanso de los más pequeños, quienes se muestran en contra sostienen que esta práctica puede dificultar el desarrollo de la independencia y alterar el sueño de los progenitores.
En las sociedades occidentales, la concepción de que los niños deben disponer de un espacio propio para dormir comenzó a extenderse durante el siglo XIX. Hasta entonces, era habitual que las familias compartieran las habitaciones y que hermanos y padres durmieran juntos en el mismo espacio. Sin embargo, con la consolidación de las familias nucleares durante la época victoriana surgió una mayor preocupación por establecer normas en la educación infantil. Además, el colecho comenzó a asociarse con las clases sociales más humildes, ya que las familias con mayores recursos económicos tenían la posibilidad de disponer de una cama independiente para cada uno de sus hijos.
Razones por las que los niños no deberían dormir con sus padres
Un estudio de la Academia Americana de Pediatría señala que, a partir de los 4 meses de vida, los niños que duermen en la misma habitación que sus padres, aunque no compartan la misma cama, pueden presentar un descanso de menor calidad que aquellos que duermen en su propia habitación.
«Esto puede deberse a un menor tiempo de sueño y unos hábitos de sueño deficientes, pues en los episodios en los que se despiertan en medio del sueño, los padres atienden su llamado y no retoman el sueño por sí solos. Además, la baja calidad y cantidad de sueño en los niños incrementa las probabilidades de desarrollar sobrepeso y otros trastornos de sueño en edades posteriores», señala el Instituto Europeo del Sueño.
Uno de los argumentos que plantean algunos expertos es que los niños pueden desarrollar una «muleta para dormir». Tener siempre al padre o a la madre cerca en el momento de acostarse puede convertirse en una asociación muy fuerte para iniciar el sueño.
Otro inconveniente es que no todos los miembros de la familia necesitan acostarse a la misma hora. Los niños de diferentes edades tienen necesidades de sueño distintas y, por tanto, sus horarios para ir a la cama también pueden variar. En las familias que comparten cama, los padres y los hijos mayores pueden terminar adaptándose al horario de los más pequeños, que suelen acostarse antes.
La calidad del sueño de los padres también puede verse afectada. Los niños pueden moverse mucho durante la noche, dar vueltas, cambiar constantemente de postura o incluso dar patadas, provocando interrupciones en el descanso de los adultos.
Por último, uno de los aspectos que requiere mayor atención es el riesgo de Síndrome de Muerte Súbita del Lactante (SMSL). Aunque el colecho puede tener determinados beneficios para el bebé y la madre, las recomendaciones actualizadas en 2022 de la Academia Americana de Pediatría indican que los menores de cuatro meses presentan un riesgo especialmente elevado cuando comparten la cama con un adulto.
Consejos prácticos
Según el Instituto Europeo del Sueño, «el colecho es una opción válida. Si funciona para ti y tu familia, y tomas las medidas de seguridad pertinentes, no estás obligado a suspenderlo. De cualquier forma, si quieres recuperar tu espacio en la cama y fomentar la independencia en el niño, puedes hacer la transición. No va a resultar sencillo, pero con unos pocos pasos acompañados de mucha paciencia y amor, lo puedes lograr».
- La transición también se debe de forma gradual. Aunque el niño empiece a dormir en su propia cama o habitación, es posible que durante las primeras noches se despierte y busque a sus padres. En estos casos, es conveniente acompañarlo de nuevo hasta su lugar de descanso, utilizando palabras tranquilizadoras y manteniendo una actitud calmada. La constancia es fundamental.
- Compartir habitación puede ser una alternativa intermedia para las familias que buscan que el niño empiece a dormir de manera independiente sin alejarlo por completo de sus padres.
- Otra estrategia consiste en crear una rutina positiva alrededor de la hora de irse a la cama. Leer un cuento, cantar una canción de cuna o establecer un pequeño ritual de abrazos y besos son algunas opciones que pueden convertir el final del día en un momento tranquilo y predecible.
Finalmente, cabe recordar que un niño que duerme junto a sus padres no tiene por qué mantener este hábito durante toda su infancia. Si bien no existe una edad concreta que determine cuándo hay que dejar de dormir juntos, algunos pediatras recomiendan mantener la cuna del bebé cerca de la cama de los padres durante los tres primeros meses para monitorizar y alimentar al bebé. Después, conviene empezar a crear su propio espacio.