Los Oscar 2026 se convierten en la gran afrenta de los Goya: la lección de Hollywood al cine español
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Hollywood ha sacado los colores al cine español con los premios Oscar 2026. La gala celebrada en el teatro Dolby de Los Ángeles ha dado una lección a la Academia española, y esta 98ª edición ha reafirmado dos cosas: las comparaciones son odiosas y los Goya tienen mucho que aprender de lo que se hace al otro lado del Atlántico.
En Estados Unidos son muy conscientes de que la gala de los Oscar es, a fin de cuentas, un programa de televisión y no un mitin político, y no por ello dejan de lanzar mensajes, pero siempre con una premisa: la de aquella intervención de Ricky Gervais en la que decía «si ganas un premio esta noche, no lo uses como medio para dar un discurso político, no estás en posición de dar lecciones al público sobre nada, no sabes nada del mundo real».
En los Oscar se escuchan quejas políticas, pero el show va por delante. Lamentos sin la superioridad moral de los que aún creen ser la clase intelectual de la sociedad. Así, al menos, se ha podido ver en la gala de este domingo.
Para empezar, el arranque de la gala ha sido una lección magistral de cómo poner la televisión al servicio del cine, y viceversa. Si los Goya comenzaron hablando de Palestina, los Oscar lo han hecho dando su lugar a las grandes películas del año, con la incorporación a todas ellas del presentador, Conan O’Brien, caracterizado. Una altura que no alcanzan los Goya con el vídeo de apertura.
Mucho más avergonzante ha sido para el cine español la aparición del humorista en el escenario, que ni siquiera ha necesitado compañero de ceremonia para llevar la gala. Si en España Luis Tosar y Rigoberta Bandini se plantaron frente al público hablando de la guerra de Irak de hace más de 20 años, O’Brien lo ha hecho repartiendo a diestro y siniestro y provocando que los afectados por sus chistes lograran reírse de sí mismos. No ha dejado títere con cabeza y eso no ha evitado que las carcajadas sonaran al unísono, risas que en Barcelona parecían tímidas. Casi por compromiso.
Timothée Chalamet, nominado a Mejor actor, no se ha librado del primer plano después de la que ha liado por menospreciar al ballet y la ópera, porque los Oscar han estado marcados desde el comienzo por la «preocupación por los atentados» y por esas dos disciplinas artísticas, ha bromeado O’Brien. Una alusión al refuerzo de la seguridad por un posible ataque terrorista por la guerra con Irán, sin necesidad de mayor explicación: «Qué raro que olvidara el jazz».
Tampoco las plataformas se han quedado sin lo suyo, responsables -según muchas voces de la industria- de que el gran público deje de acudir a los cines. Y, para fortuna del presentador, el CEO de Netflix estaba en el patio de butacas. «Está aquí y es su primera vez en una sala de proyecciones», ha dicho, mientras el aludido se partía la caja.
Como «no hay problemas» de los que hablar, ha continuado, se están celebrando cerca «unos Oscar alternativos con Chris Rock», ha anunciado. Para los desmemoriados, Chris Rock es el humorista al que todavía le duele la cara por el golpe de Will Smith. Después de eso, Rock no dejó de llenar teatros aprovechando su desgracia. No hay mal que por bien no venga.
No es que los Oscar eviten criticar el sistema de Estados Unidos, es que lo hacen con más clase. Si en España se opta por dejarse arrastrar por una corriente para soltar consignas, en Hollywood las reprimendas también van al servicio del show y del espectador, vote a quien vote. Y, para colmo, saben hilarlo con el protagonista de la noche: el cine. Véase aquí un ejemplo: «En Hamnet, la mujer de Shakespeare da a luz sola, en el bosque. Es lo que pasa en Estados Unidos, que sale muy barato el parto». Conan O’Brien dixit.
Pero el humorista también ha introducido un poco de ácido, y se ha curado en salud -por si alguno le echaba en cara que se quedara corto-, al recordar que por primera vez no ha habido ningún británico nominado en las categorías de Mejor actor y Mejor actriz. Y que, «un portavoz británico» ha apuntado que «por los menos ellos arrestan a sus pedófilos».
Además de todo eso, hay otra cosa que en los Oscar los presentadores hacen como Dios (aunque en este caso la responsabilidad es, también, de un público que entiende el entretenimiento de una manera que todavía no se ve en España): la de conseguir que los asistentes entren al trapo cada vez que se les requiere. Ellen DeGeneres consiguió el selfie más memorable de los premios; Meryl Streep, Lupita Nyong’o y Amy Adams se desataron bailando con Pharrell y, este 2026, Leonardo DiCaprio ha protagonizado, como «rey de los memes» y a capricho del presentador, uno más en directo.
Y sí, junto a todo esto, han sonado las críticas. Las críticas de presentador y ganadores a «un mundo absurdo, horripilante», un «desastre que dejamos a una generación que ojalá aporte sentido común y decencia», las críticas a «países que no apoyan la libertad de expresión -como Corea del Norte y la CBS-» o las críticas a Putin que han servido también para pedir «en nombre de nuestros hijos» que «paremos todas estas guerras ahora». Reivindicaciones sin sesgo. Hasta que ha aparecido Javier Bardem con Palestina.
En Hollywood, cuando un actor, director, productor, etc. quiere hablar, acostumbra a hacerlo en su nombre, y no en una gala. En la ceremonia de los Oscar no se suele expulsar a ningún espectador, mientras que en los mítines políticos muchos sí que salen espantados. Como en la gala de los Goya. Los Oscar son otro rollo.
Timothée Chalamet’s reaction to Conan O’Brien’s joke mentioning the opera and ballet communities #Oscars pic.twitter.com/5hN1S8hy7B
— Deadline (@DEADLINE) March 15, 2026
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