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Semíramis González: ‘Nos hemos acostumbrado demasiado rápido a delegar decisiones en la tecnología’

Reflexión sobre la IA, la automatización y el papel del arte ante una tecnología que transforma nuestra forma de crear y decidir

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LABoral
Foto: Nacho Grosso
Nacho Grosso
  • Nacho Grosso
  • Cádiz (1973) Redactor y editor especializado en tecnología. Escribiendo profesionalmente desde 2017 para medios de difusión y blogs en español.

La inteligencia artificial y la automatización han dejado de pertenecer al terreno de la ciencia ficción para formar parte de la vida cotidiana. Escribir un correo, generar una imagen, organizar una tarea o decidir qué contenidos consumimos son acciones en las que cada vez intervienen más sistemas tecnológicos. La exposición «La sociedad automática», que puede visitarse en LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, plantea precisamente una reflexión sobre ese proceso y sobre el papel que estamos concediendo a unas tecnologías que, en muchos casos, incorporamos sin detenernos a pensar en sus consecuencias.

Tras entrevistar a Félix Luque, uno de los protagonistas de esta reflexión, hablamos ahora con Semíramis González, directora gerente de LABoral, para conocer cómo interpreta este escenario desde la perspectiva de una institución situada en la intersección entre arte, ciencia y tecnología.

Pregunta. — ¿Qué reflexión le gustaría que se llevaran los visitantes al salir de la exposición?

Me gustaría que salieran con la sensación de haber estado, aunque sea un rato, dentro de ese «mundo posantrópico» del que habla Luque… un lugar donde lo humano ya no ocupa el centro, sino que convive con sistemas que siguen funcionando sin necesitarnos. Esta exposición busca que nos preguntemos qué estamos delegando en la tecnología y por qué lo hacemos casi sin darnos cuenta. Stiegler hablaba de la automatización como «arquitecta invisible» de nuestras vidas, y creo que ese es justo el gesto de la exposición: hacer visible lo invisible, obligarnos a mirar de frente algo que normalmente ni siquiera percibimos como una decisión.

P. — ¿Cómo cree que cambia este contexto la forma en que el público interpreta una exposición como esta?

Cambia mucho, y para bien. Cuando empezamos a pensar en proyectos como este, la IA todavía era, para gran parte del público, algo abstracto o de ciencia ficción. Hoy cualquiera la ha usado para escribir un correo, generar una imagen o que le organice la semana. Eso hace que la exposición ya no se lea como una advertencia lejana, sino como un espejo bastante directo de la propia experiencia cotidiana. El riesgo es que, precisamente por esa familiaridad, dejemos de hacernos preguntas críticas; y ahí es donde creo que el arte, y en concreto una institución como LABoral, tiene un papel importante que jugar.

P. — Como historiadora del arte y directora de LABoral, ¿cree que estamos ante una nueva herramienta o ante un cambio más profundo en la idea de creación?

Yo diría que ambas cosas a la vez, aunque me interesa más la segunda. Herramientas nuevas ha habido siempre (la fotografía también fue, en su momento, una amenaza para la pintura), pero lo que está en juego ahora es la propia noción de autoría, de proceso, de tiempo dedicado a una obra. Cuando una imagen se genera en segundos, lo que se transforma no es solo el resultado, sino la relación entre quien crea y lo creado. Y ahí es donde, para mí, se vuelve un debate no solo técnico sino sobre todo político: quién decide, con qué datos, con qué sesgos, y a costa de qué trabajo invisibilizado.

Foto: María Lamuy

P. — ¿Qué papel le gustaría que desempeñara LABoral en el debate sobre el impacto social de estas tecnologías?

LABoral siempre ha tenido esa vocación de estar en la frontera entre el arte, la ciencia y la tecnología, y en esta etapa queremos reforzar precisamente eso: que no seamos solo un espacio de exhibición, sino un lugar de debate público, crítico y accesible. No me interesa una postura tecnófoba ni tampoco una celebración acrítica de la innovación por la innovación; me interesa que LABoral sea un espacio donde estas preguntas se puedan formular con rigor, con perspectiva social y también con la sensibilidad feminista y de justicia social que para mí son inseparables de cualquier análisis serio sobre tecnología y poder.

P. — ¿Cree que la sociedad asume estos cambios con suficiente espíritu crítico o nos hemos acostumbrado demasiado rápido?

Creo que nos hemos acostumbrado demasiado rápido, sinceramente. La velocidad con la que hemos normalizado delegar decisiones (desde qué contenido consumimos hasta procesos que afectan al empleo o al acceso a derechos) no ha ido acompañada de la misma velocidad en la reflexión crítica ni en la regulación. Y no creo que sea un problema de falta de inteligencia colectiva, sino de que estas transformaciones se presentan siempre como comodidad, como progreso inevitable, y eso desactiva la pregunta antes de que llegue a plantearse. Exposiciones como esta, precisamente, tratan de abrir ese hueco: frenar un segundo y preguntarnos qué estamos aceptando y en nombre de quién.

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