Yo no perdono

Amnistía

A pesar de que se haya aprobado la amnistía, yo no estoy dispuesto a pasar página. El daño causado es demasiado grande. De entrada, los daños políticos. La aplicación del 155. No había pasado nunca. Los canarios estuvieron a punto a finales de los 80 por unos aranceles. Pero bastó que les enviaran el famoso burofax para que bajaran del burro. Ni siquiera a los vascos en pleno apogeo de ETA, cuando la organización terrorista mataba a 80 o 90 personas por año. Por supuesto, el resto de vascos tampoco tenían la culpa.

Los catalanes fuimos los primeros. El proceso fue un caso de deslealtad institucional tremenda. Pujol pasó de ser el «Español del Año» en 1985 a bendecir el proceso. Todavía recuerdo, a mediados de los 90, cuando reivindicaba ser el primer representante del Estado en Cataluña. Todo porque la justicia -o Hacienda- había empezado a buscarles las cosquillas a sus hijos.

Faltaría una enciclopedia entera para enumerar todos los daños ocasionados: la inestabilidad política, la inseguridad jurídica, la incertidumbre económica, el bloqueo legislativo. Sin olvidar, desde luego, la fractura social.

Cataluña lleva casi media docena de elecciones anticipadas en los últimos años. Un récord difícilmente superable. Unas con Maragall (2006), dos con Mas (2012 y 2015), las obligadas con Puigdemont (2017) y luego las de Torra por sentencia judicial (2021). Ya veremos qué pasa ahora con Illa.

Quizá lo peor, entre los daños materiales, es la marcha de empresas. No porque se hayan ido, que también, sino porque no han vuelto: ¿Cómo van a volver con estos todavía al mando? ¡Pero si iban diciendo, tras el juicio del Supremo, que lo volverían a hacer! Si usted fuera un inversor norteamericano dispuesto a invertir en Barcelona, seguramente se haría una pegunta: «¿Oiga, la sede de la Caixa dónde está? En Valencia. ¿Y la del Banco Sabadell? En Alicante. No hay más preguntas, señoría. ¿Por qué tengo que invertir en Cataluña si las principales empresas catalanas tienen su sede fuera? Luego nos quejamos de que el Madrid de Ayuso vaya como un tiro.

Además, no han hecho autocrítica. En todo el proceso sólo he oído semejante palabra en dos ocasiones. Y de pasada. Una, Jordi Turull en una entrevista en El Nacional, el digital independentista del ex director de La Vanguardia José Antich, en junio del 2018.

Hasta el entrevistador, Jordi Barbeta, que podríamos catalogar como un periodista de confianza, le decía que «un poco de autocrítica no iría mal». Turull el número tres de Junts, respondía que si «se tiene que hacer» se hace, pero que no «en público».

Y la otra, Raül Romeva, el ex consejero de Exteriores, durante una comparecencia en el Parlament el 28 de enero del 2020. Montaron una comisión de investigación ah hoc sobre el 155 para que los presos pudieran lucirse.

Romeva, yo estaba presente, afirmó que se les pedía «hacer autocrítica» y que él no tenía tampoco ningún problema en hacerla, que era el «rey de la autocrítica» si hacía falta Pero no le oí ninguna palabra al respecto. Al contrario. No ya de autocrítica o hasta de arrepentimiento, sino ni siquiera al menos una conclusión.

Por eso, yo no soy partidario de pelillos a la mar, borrón y cuenta nueva, aquí no ha pasado nada. Porque todo el mundo sabe que no es por la convivencia como dice Pedro Sánchez, sino por siete votos. Tendrán al menos unos y otros mi reproche moral. La historia será inmisericorde con ellos.

Los socialistas siempre van poniendo, en cambio, la otra mejilla. Hasta recuerdo a Salvador Illa diciendo, en este caso en una entrevista en El Periódico, que había que dar una «segunda oportunidad» a TV3. La misma televisión pública cuyas estrellas, en directo o en las redes, insultaban a la mitad de los catalanes. De hecho, todos los dirigentes del proceso, deberían no salir de casa avergonzados por lo que han hecho. Han hundido Cataluña. Y, al contrario, Sánchez les ha dado oxígeno. Ha resucitado políticamente a Puigdemont.

Ahora vuelta a empezar. Ya han oído a Míriam Nogueras durante el pleno diciendo que es una «victoria». Y Rufián de que la amnistía no es el «punto final». Aunque incluso en este caso hay al menos una cosa buena. Dudo mucho de que se atrevan a volver a intentarlo. A pesar de la supresión de la sedición, la rebajaba de la malversación, los indultos y ahora la amnistía.

No he oído ni a la citada Nogueras ni a Rufián la palabra «república» o «DUI» (Declaración Unilateral de Independencia), que tan en boga estuvieron en los momentos álgidos del proceso. Parece que hayan hecho el proceso para poner la justicia española «en el carril de los estándares europeos» -la frase también es Nogueras- o para democratizar «los medios de comunicación», que decía Pisarello, de los Comunes. Que miedo me da.

Oyéndolo, sobre todo en aquel turno de réplica en el que Armengol le ha permitido soltar un mitin, no me extraña que haya ganado Milei en su país de origen. Pero para todo este viaje no se necesitaban alforjas.

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