Taberneses sin fronteras

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Me sorprendió que en una reciente sesión de control a la presidenta Isabel Díaz Ayuso en la Asamblea de Madrid la izquierda intentara atacarla a propósito de su nuevo «cargo» como presidenta de Tabarnia en la Comunidad de Madrid.

A esta izquierda madrileña le van faltando muchas cosas, y entre ellas el sentido del humor, que ya empezó a perder a borbotones cuando una de sus dirigentes propuso en serio que los niños de Madrid se dedicaran a recoger las colillas de las calles después de salir de la escuela.

Tabarnia es una genial creación simbólica como tantos territorios nacidos de la imaginación literaria o cinematográfica. Pero es sobre todo una respuesta ilustrada y luminosa, a la vez que alegre e irónica, al oscurantista y supersticioso secesionismo que parte de los dirigentes políticos catalanes siguen alimentando pese al cariacontecido esperpento golpista del 1-O.

Hacía falta levantar la bandera de un imaginativo territorio de aliento y de esperanza para reivindicar el ejercicio de los derechos inalienables de las personas frente al intento de alienar a los ciudadanos como rehenes de supuestos derechos de territorios o de lenguas. Porque como siempre ha dicho el dramaturgo, actor, director de escena y cómico Albert Boadella, «el sentido del humor es el mejor antídoto contra el fanatismo».

Que portavoces de la oposición de izquierdas en la Asamblea lancen sus reproches a Isabel Diaz Ayuso por haber aceptado participar en un acto jovial como es su «investidura» como presidenta de Tabarnia en la región madrileña, de manos de Boadella, demuestra mucho más que falta de sentido del humor.

Denota sobre todo una absoluta falta de cercanía a los catalanes que defienden sus derechos frente a la imposición nacionalista, que aspira a convertirlos, no ya en extranjeros en su propia nación, sino en apátridas en su propia patria, forzados a renunciar a su condición de españoles como catalanes que son, lo que significa renunciar también a ser catalanes como españoles que son.

Es llamativo que esta izquierda abandone sus primigenios sellos internacionalista y progresistas para postrarse hoy fervorosamente ante los nuevos mitos de la tribu y el imperio de la ley de la selva, bajo los cuales se está impidiendo que los niños en Cataluña estudien en su lengua materna, el castellano, con arreglo a la ley y a las sentencias judiciales, una cuarta parte de los contenidos escolares.

Porque no es sólo su lengua materna, sino que es la lengua común y oficial de todos los españoles. Su carácter vehicular en la educación en Cataluña es sacrificado en aras de un exclusivismo lingüístico que se impone como único camino para obtener la redención en el paraíso secesionista.

Tabarnia es una respuesta cómica pero lúcida ante los fundamentalistas que se pasan por el forro las cortapisas y contrapesos de las sociedades democráticas, establecidos para evitar que el ejercicio arbitrario del poder pisotee los derechos de los ciudadanos, como está sucediendo en Cataluña con la abierta colaboración del Gobierno de Pedro Sánchez.

Alguien dijo una vez, frente al Muro de Berlín, que la libertad es indivisible y que, cuando alguien pierde su libertad, todos la perdemos. Fue John F. Kennedy en su famoso discurso del Ich bin ein Berliner. Aquella frase renueva su sentido ante los nuevos muros que pretenden levantarse en nuestra España democrática.

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