El puerto de arrebatacapas
No es fácil mirar para otro lado, y escribir de otra cosa, cuando tienes en la retina las imágenes de la tragedia de Adamuz. Porque, efectivamente, son de otras cosas que están pasando en esta especie de puerto de arrebatacapas en que se ha convertido nuestro país de las que voy a escribir, pero ha resultado que, sin quererlo, es también del terrible accidente ferroviario. Y es que no es sólo una premonición catastrofista de los más pesimistas y agoreros, entre los que nunca me he encontrado, sino que tengo la sensación de que a nadie ha extrañado demasiado lo ocurrido con los trenes de alta velocidad en las estribaciones de las sierras cordobesas.
Lamentablemente, estos incidentes y accidentes, más o menos dramáticos, cada vez tienen más probabilidades de acontecer y por eso están aconteciendo. Antes tenías la confiada convicción de que, por encima de las disputas políticas, el país seguía funcionando: los hospitales atendían y curaban a los enfermos, los niños aprendían en los colegios, la luz se encendía cuando apretabas el interruptor y el agua corría cuando abrías el grifo, y, con una puntualidad germánica y una fiabilidad suiza, los trenes circulaban. Pero no hay más remedio que reconocer que ya no es siempre así, que no siempre está velando por nosotros ese Estado que tanto nos cuesta, o que estamos pagando como si fueran escandinavos los servicios centroafricanos que recibimos.
Si algo está evidenciando este comienzo de año es que aquí cada uno va a lo suyo y nadie a lo de todos. Todavía estábamos con el matasuegras y el roscón cuando ya teníamos a todos los pedigüeños oficiales del régimen haciendo cola con su hucha. Los golpistas catalanes siempre tienen a un recolector de guardia y, por si no tuviéramos bastante, los del PSC también presionan blandiendo el único granero de votos que le queda al PSOE. Pero no había terminado Marisú Montero de montarle el scalextric al bebetón Junqueras (con las pistas y los coches de todos) cuando llegaron los del PNV a recordarnos que ellos también son chantajistas 7×24.
Tampoco parecen estar muy preocupadas con los servicios públicos, y con ese bienestar socio-feminista del que tanto les gusta hablar, las diferentes facciones comunistoides del sanchismo. Nadie quiere que el fin de legislatura le pille mal posicionado y tanto las hiperventiladas yoguis del Manson Iglesias como los viejos roqueros del Jirafales Maillo, están dedicados full time a terminar con la izquierda chulísima de la Miss Honey Yolanda.
Y si en esas cuitas están los socios, no mucho más centrados están en el Gobierno. Nadie puede creer que los servicios públicos son prioridad para un presidente siempre preocupado por los tribunales, por la OCU y porque alguno de sus acreedores no le retire definitivamente el respirador. Ahí aguanta como un tentetieso, sin que se le caiga la cara de vergüenza cuando oye frases como: «Con las 5 nuevas competencias comenzamos a gestionar la Seguridad Social» (Aitor Esteban), «Hay que jugar el partido mientras hay partido» (lehendakari Pradales), «El principio de ordinalidad se respetará sólo en caso de Cataluña… pero es inaplicable para todos» (Oriol Junqueras).
Y por si faltaba algo para asegurar que nada pueda salir bien, tenemos una corrupción galopante y un amiguismo intrusista que son garantía de la incapacidad administrativa. La corrupción no es solo una desviación moral, trae también consecuencias negativas en forma de ineficiencia, ineficacia y mayores o menores incidencias en los servicios públicos. Y esas consecuencias suelen ser directamente proporcionales al tamaño de la corrupción; es decir, la corruptela pequeña trae efectos poco perceptibles, la corrupción masiva tiene un impacto desastroso para los ciudadanos. Estamos como en aquel chiste de los ministros de Transporte; de visita primero en Grecia, dice el ministro heleno a sus colegas señalándose con un guiño su bolsillo:
– Veis aquella presa… ¡Pues el 30%, para aquí! Después en Italia, es el ministro italiano quien comenta, repitiendo con complicidad el gesto del colega griego:
– Veis aquella autopista… ¡Pues el 50%, para aquí! Por fin es el turno de nuestro ministro, que recorriendo España les advierte:
– Veis aquel acueducto…
– ¿Qué acueducto? – contestan los colegas frente a un páramo donde no hay nada.
Sin ser claro el origen de la expresión puerto de arrebatacapas, la RAE la recoge con la acepción coloquial de «Lugar o casa donde, por la confusión y el desorden y la calidad de las personas, hay riesgo de fraudes o rapiñas». Pues eso es lo que tenemos, porque si cada uno está solamente a lo suyo, es el mono quien pilota el avión.
Pedro Sánchez ha renunciado de facto a gobernar; sin instituciones y sin controles, sin estabilidad y sin seguridad jurídica, sin apoyos parlamentarios y sin presupuestos. Más o menos es una legua la distancia entre las Cortes Generales y la Moncloa, pero es mucho mayor la distancia que lo separa de los problemas de los españoles, que pueden estar en Bruselas, en Venezuela o en Groenlandia, pero que, sobre todo, están en Adamuz.
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