La peor pandemia, el peor Gobierno

La peor pandemia, el peor Gobierno

Necesitamos que transcurra un tiempo para tomar perspectiva y analizar en toda su crudeza el riesgo que ha supuesto para nuestro país  el hecho de que hayamos tenido que convivir, en el tiempo y en el espacio, con el Sars-Cov2 y con Sánchez Castejón. Estas líneas escritas en los albores del año nuevo no pueden abarcar todas las consecuencias trágicas de tal coincidencia; pero tenemos ya suficientes datos como para poder afirmar sin ningún género de dudas que hemos sufrido una doble desgracia, la sanitaria -que es mundial- y la política, que es nuestro hecho diferencial y nuestro drama particular.

Quizá el ejemplo más esclarecedor de lo que ha sido en términos políticos el año que acabamos de dejar atrás es el que nos brinda el análisis de la comparecencia en la que Pedro Sánchez hizo su particular resumen del año. Animo a quienes se hayan limitado a leer las cosas que dijo a que vea la actuación durante su último Aló Presidente del año. Porque, más allá de los datos a que me referiré a continuación, para comprender en manos de quién está nuestro país hay que atender no únicamente a sus palabras –que ya dicen mucho- sino que hemos de fijarnos también en su gestualidad, en lo que se denomina el lenguaje no verbal.

Si un espectador  que no conociera al personaje y quitara el sonido cuando ve salir a escena a un tipo precedido de una cohorte propia de un magnate, que inicia su discurso dirigiendo a la sala una sonrisa amplia, que se mantiene con apariencia relajada y sonriente -o riendo francamente- a lo largo de su alocución, y con un cartel en el que se puede leer «Cumpliendo. Informe rendición de cuentas», podría pensar que está asistiendo a  la comparecencia del CEO una multinacional para explicar los avances protagonizados por su empresa, la cuenta de resultados, los beneficios y el reparto de dividendos que les ha correspondido a todos los accionistas tras un año extraordinario.

Si el espectador accidental, interesado por las aparentes buenas noticias que cuenta ese hombre sonriente, pusiera el sonido y cayera en la cuenta de que quien habla es un político al frente de un gobierno, llegaría a la conclusión de que está hablando de un país que lidera la economía mundial y se ha convertido en la referencia política de todas las democracias.

Llegado ese momento, el espectador foráneo comienza a atender las explicaciones del  hombre que con pasmosa seguridad explica el milagro que se ha producido en su país “gracias a políticas exitosas frente a la pandemia”, lo que les ha permitido no sólo vencerla en mejores condiciones que en el resto del mundo sino que gracias al “impulso reformista” de su Gobierno, su país ha “crecido más fuerte”, la economía “se recupera con fuerza” y la sociedad  está viviendo momentos “trepidantes”, “determinantes” y «trascendentes» para los próximos treinta años.

A esas alturas, el espectador foráneo quiere saber ya donde está ese oasis y quiere conocer los datos que avalan la buena nueva que está anunciando al mundo ese ser providencial. Por eso, se sienta ante el ordenador  y escribe: “España”. Y acto seguido, decidido a propagar por el mundo ese ejemplo de justicia social y éxito político que él ha descubierto por casualidad, comienza a bucear en cada uno de los capítulos reseñados por el líder mundial cuya imagen todopoderosa  ha quedado prendida en su retina. Y se descorre el velo; y el atónico espectador comienza a ver los datos que configuran la realidad del país.

Frente al anuncio de que el país “se recupera con fuerza”, descubre que España es el país de la OCDE que peor lo ha hecho durante la pandemia; según los datos oficiales ocupa el puesto 23 de 23, con gran diferencia sobre el anterior.

Descubre que según el propagandista han salido de la crisis «más fuertes» cuando los ciudadanos han visto cómo en el último año se incrementaban en un 6,7% los precios de los bienes de consumo, pues el año- encadenando su duodécima tasa positiva en 2021- se ha cerrado con la inflación más elevada desde 1992. Y encuentra en este ámbito uno de los mayores engaños con el que le embaucó el propagandista en su comparecencia: la factura total de la luz en 2021 se ha elevado a 949 euros, que es un 41% más que la factura de 2020 (675 euros), y un 18% más que la factura de 2018, a la que el Gobierno se había comprometido a no superar. Luego escucha la explicación del propagandista de que ese compromiso se cumple “descontada la inflación” y comienza a comprender…

También descubre que a la afirmación del hombre sonriente de que “es posible que la deuda pública haya aumentado hasta máximos históricos jamás registrados…”, le sobra el “es posible”, porque lo cierto es que la deuda se ha situado en el tercer trimestre  en un 122,1% del Producto Interior Bruto, un máximo histórico jamás registrado en tiempos de paz. El ya atónito espectador, que sabe que la deuda pública es uno de los principales indicadores para medir la situación financiera de un país, se pregunta  cómo frente a esta realidad se puede  alguien vanagloriar de estar “sentando las bases” para un futuro exitoso del país.

El espectador, que se ha puesto a bucear en internet deseoso de encontrar la verdad, descubre que aunque el hombre feliz del anuncio explicó que en su país se había vencido a la pandemia en mejores condiciones que en el resto del mundo y que “gracias a la vacunación” el número de muertes era “claramente” menor que en países de nuestro entorno, España se sitúa entre los países del mundo en los que más muertes por cien mil habitantes ha causado la Covid-19; descubre también que el hombre sonriente ha ocultado los datos reales de muertos, y que un organismo oficial de su país, el INE, ha puesto en evidencia al Gobierno al publicar que el número total de muertos supera en un tercio a los reconocidos por el Ejecutivo que preside el propagandista. Buceando algo más descubre que España es el país del mundo en el que más personal sanitario se infectó- y murió- durante la primera ola y que ello se debió, principalmente, a que durante mucho tiempo el Gobierno presidido por el hombre sonriente negó el riesgo para la población, negó la eficacia de las mascarillas y no facilitó a los sanitarios medios con los que protegerse.

También descubre que a pesar de lo afirmado por el propagandista sobre el “escudo social” que ha desplegado su Gobierno  para garantizar  la “protección a los niños”, España es el tercer país de la Unión Europea con mayor tasa de riesgo de pobreza y exclusión social infantil, con un 31,3%, solo por detrás de Rumanía y de Bulgaria.

También descubre que España lidera el paro juvenil en Europa y que, aunque esto no es una novedad, durante el último año el dato no ha hecho sino empeorar. Y profundizando en ese apartado descubre que España contabiliza más de tres millones de parados, eso a pesar de que no suman como parados a los centenares de miles de trabajadores que aún siguen en un ERTE.

También constata que tras seis meses de aprobarse el Ingreso Mínimo Vital, el  “escudo social” de que presumió el propagandista , el dinero prometido solo ha llegado a 160.000 familias, una cifra muy alejada del compromiso de 850.000 familias que anunció el hombre sonriente.

A estas alturas, al espectador no le cabe duda de que se encuentra ante un ejemplo de impostura que no tiene parangón con nada que él haya conocido. Ese es el momento en el que llega a la conclusión de que solo un diagnostico clínico puede explicar  en toda su dimensión la frase que escuchó al hombre sonriente de que la pandemia había sido para España  “una oportunidad”.  Y busca en los libros de psicología; y lo encuentra: sólo una personalidad psicopática, narcisista y maquiavélica es capaz de resumir de esa manera los fracasos sociales, económicos y sanitarios que adornan su gestión de todo un año.

Ese es el momento en el que el atónito espectador siente lástima por nosotros, los españoles, por tener que bregar con una doble desgracia: la pandemia y el Gobierno.

Feliz Año Nuevo, amigos.

Lo último en Opinión

Últimas noticias