La península de las cárceles vacías
La portavoz de Bildu en el Congreso, Mertxe Aizpurua, que fuera condenada a un año por apología del terrorismo de ETA, es decir, por apología del tiro en la nuca, el coche bomba, el secuestro y la extorsión, celebró en 2022 el desbloqueo de la llamada Ley de Memoria Democrática gracias al acuerdo de su partido con el PSOE de Pedro Sánchez.
Aizpurua se congratulaba de que con ese acuerdo se había abierto «un camino para poner en jaque el relato de la Transición». La clave estaba en el reconocimiento por Sánchez de que el franquismo se había prolongado hasta 1983, pese a la aprobación de la Constitución y la formación del primer gobierno del PSOE en nuestra democracia.
En virtud de la nueva ley, y con la excusa de investigar las violaciones a los derechos humanos como si hubieran sido aún parte del sistema de poder, pese a las nuevas garantías democráticas y judiciales, la dictadura se extiende hasta el 31 de diciembre de 1983, cuando Felipe González ya llevaba un año en La Moncloa después de su primera aplastante victoria electoral en 1982.
Sánchez no había hecho otra cosa que asumir el discurso con el que ETA había justificado su actividad criminal en los «años de plomo», los que siguieron precisamente a la aprobación de la Constitución: la democracia surgida de la Transición no era más que un disfraz del franquismo al que contribuían también los partidos políticos y hasta los sindicatos.
Entre 1978 y 1983, ETA asesinó a 361 personas, un tercio de las 859 víctimas que sumaría en su ábaco criminal. Los años 1978, 1979 y 1980 fueron los más sangrientos del historial de la banda de Arnaldo Otegi, con 65, 86 y 93 asesinados. Una de esas víctimas fue un militante socialista, Germán González López, acribillado en octubre de 1979. A partir de 1984 serían asesinados diez socialistas más.
La jactancia de la máscara política de ETA a la hora de ensalzar la ley que blanquea sus años de paroxismo homicida no sólo revuelve la conciencia, sino el estómago. Es precisamente el saberse impune a la hora de exaltar y celebrar a los verdugos lo que ha llevado a Bildu a mantener su apoyo a Sánchez a cambio de beneficiar a los victimarios y humillar, por enésima vez, a las víctimas.
Todo este trueque miserable entre Sánchez y los albaceas políticos de los crímenes de ETA incide en el blanqueamiento de la banda al desactivar por decisión política las condenas que recayeron sobre sus miembros, al margen de todo criterio judicial.
Una amnistía encubierta en algunos casos que no sólo reduce inexplicablemente la condena, sin arrepentimiento ni voluntad de colaborar en la resolución de los crímenes que aún siguen impunes, sino que llega a borrar los delitos cometidos por la cruel indiferencia con que dichas medidas hurtan a las víctimas su legítimo derecho a la justicia.
Así ha sucedido con el régimen de semilibertad concedido por la Consejería de Justicia del Gobierno vasco, que ocupa la socialista María Jesús San José, al que fuera jefe de ETA, Miguel Garikoitz Aspiazu, Txeroki, condenado a 400 años de cárcel. En total, son 114 de los 119 etarras en cárceles vascas los que se han visto premiados por beneficios penitenciarios.
El borrado de la siniestra historia criminal de los terroristas de ETA, a cambio de ganarse el apoyo eventual de Bildu para seguir resistiendo en su búnker, causa perplejidad a cualquier testigo del afán memorioso de Sánchez con los crímenes franquistas de hace noventa años.
Memoria viva y lacerante para toda persona de bien es ver hoy salir de la cárcel, por un acuerdo ominoso entre Otegi y Sánchez, a los últimos chequistas que ha padecido España, cuyo fanatismo y crueldad han sufrido los españoles de toda condición en sus carnes durante más de 40 años.
Pistoleros que asesinaban a sus víctimas inermes, a veces junto a sus novias, sus mujeres embarazadas o sus hijos: son 21 los niños asesinados y más de 170 los heridos. Siempre matando sin previo aviso, por la espalda, con un tiro en la nuca, por acribillamiento, por descuartizamiento o quemando vivas a sus víctimas, cuando no queriéndolas enterrar en vida como a José Antonio Ortega Lara.
Memoria viva y lacerante para toda persona de bien es ver homenajes a los verdugos de las últimas ejecuciones que en España fueron fijadas públicamente en el calendario y en el reloj, y después consumadas fríamente al cumplirse el plazo pese a las protestas masivas en el mundo entero. Miguel Ángel Blanco tenía las mejillas quemadas por las lágrimas cuando fue ejecutado.
Memoria viva y lacerante para toda persona de bien es ver en las listas electorales de Bildu a terroristas con delitos de sangre, miembros de una banda que ha planificado salvajes ataques indiscriminados, sembrando de fuego y metralla con bombas de centenares de kilos decenas de plazas, calles, supermercados o casas cuartel con el propósito de cobrarse el máximo precio posible en vidas humanas.
Memoria viva y lacerante para toda persona de bien es ver que el partido de Sánchez vota en Europa en contra de investigar los más de 300 crímenes de ETA sin esclarecer, cuando además la banda tiene en su haber aún la desaparición de varias víctimas raptadas, torturadas y asesinadas. Como los jóvenes gallegos José Humberto Fouz Escobero, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga Veiga, desaparecidos en San Juan de Luz en 1973. Uno de sus victimarios, José Manuel Pagoaga Gallastegui, Peixoto, fue recientemente homenajeado a su muerte por el propio Otegi, que le agradecía sin rubor sus «enseñanzas».
Con la eliminación de ETA de las listas de organizaciones terroristas de la Unión Europea, Sánchez está dispuesto a pagar un nuevo precio siniestro por el sostén de los filoetarras a su Gobierno, el más incompetente y corrupto de la democracia.
Es también el Gobierno que más demoledor daño ha causado a los cimientos de la España constitucional. A esa labor de derribo de la España de la libertad se dedicó ETA con saña a base de tiros y bombas, por lo que sus testaferros no pueden estar más que satisfechos con su entente con Sánchez: el PSOE no sólo está blanqueando su pasado, sino que también les está haciendo ahora el trabajo.