Pablo Iglesias asalta los infiernos

Pablo Iglesias
Pablo Iglesias en una reciente imagen (Foto: EFE).

Que el centroderecha tiene perdida para lustros la batalla de la comunicación en España lo certifica la cobertura postelectoral del 28 de abril. Y que buena parte de los medios actúan cual groupies adolescentes de Pablo Iglesias, haciendo de altavoz a sus mentiras y callando las verdades que se saben sobre él, quedó meridianamente claro también ese último domingo de abril en el que la España liberal se pegó un tiro en las gónadas del que tardará muchísimo tiempo en recuperarse. Quién sabe si una década…

Desde hace dos domingos todos los focos se han puesto en un Pablo Casado que sufrió en su trasero un puntapié que iba dirigido a ese Mariano Rajoy que antepuso su orgullo al interés orgánico e institucional negándose a una dimisión que hubiera frenado la moción de censura y no nos hubiera llevado al abismo en el que estamos con los golpistas catalanes y los independentistas vascos de árbitros de la situación. Sobra decir que el todavía presidente del PP no tiene la culpa de la Ley D’Hondt ni de la inesperada irrupción de un partido, Vox, que hace tres años se metió en el bolsillo 47.000 votos y cero escaños y ahora ha obtenido 2,6 millones y 24 asientos en la Carrera de San Jerónimo hurtándole unos 50 al PP.

Los medios se han lanzado como hienas sobre Pablo Casado. Por dos motivos: uno perogrullesco, informativamente es obligado analizar un tortazo que metafóricamente recuerda al del Titanic de Cunard en aguas de Terranova; y otro no tan obvio, la mayor parte de medios y periodistas, masivamente en manos de la izquierda, se han puesto como objetivo la eliminación civil de esa derecha liberal que nos ha proporcionado las mayores dosis de bienestar de nuestra historia reciente. No toleran la disidencia, es más, si pudieran prohibirían por ley nuestras ideas. Así entiende esta gente la democracia y la libertad de expresión y la de opinión.

Para nada resulta sorprendente, por tanto, que se hable por tierra, mar y aire del acabose de los de Génova 13, que han pasado de 135 escaños a 66 o de 137 a 68 si contamos los dos diputados obtenidos por Navarra Suma, la unión que no se hizo en toda España pero sí en mi tierra con el maravilloso resultado por todos conocido. Tomemos unos números, escojamos otros, sean churras, resulten merinas, el desplome es acongojante: un 50% de la representación parlamentaria pasó a mejor vida el 28-A.

No es tan gorda pero tampoco está nada mal la caída de Podemos, que ha pasado de 71 escaños a 43 contando el acta que retuvo el simpático representante de Compromís, Joan Baldoví. Si tiramos nuevamente de porcentajes queda claro que el Pablo del que nadie habla, Iglesias, se ha cargado él solito el 40% de los escaños con que contaba Podemos desde junio de 2016. Digo “él solito”, y digo bien, porque esta derrota sólo tiene un padre: Pablo Iglesias Turrión. Bueno y también una madre, Irena Montera, porque su afán controlador ha dejado al coletudo conducator más solo que la una. Todos los fundadores han huido como de la peste de estos Ceaucescu de Galapagar.

El pecado original no fue, obviamente, ese casoplón más propio de un banquero, un rentista, un cuentista o un terrateniente que de alguien que dice representar a los parias de la tierra. La manzana que acompañará a Iglesias hasta que se muera se llama Venezuela, el país que financió los primeros pasos de Podemos en una nada inocente iniciativa que luego secundó Irán, la teocracia que lapida mujeres y cuelga homosexuales. Siempre estará pillado en esa merdé que se llama CEPS, a cuyos gerifaltes (Iglesias, Monedero y Verstrynge) el propio Hugo Chávez regaló 7 millones de euros, Granadinas (donde la narcodictadura de Maduro le transfirió 272.000 dólares), el sinpa fiscal de Monedero, los más de 2 millones que le dio Irán para sus programas de televisión, su noviazgo eterno con el golpismo catalán o sus vínculos con el mundo proetarra.

Todas estas golferías se han conocido gracias a unos pocos medios, como OKDIARIO, Abc o El Confidencial, que se atrevieron a contar y cantar lo que los demás sabían pero callaban cobarde o cómplicemente. Sin la valentía y decencia de una minoría de periodistas este tipo y sus mariachis se hubieran ido de rositas. Y, consecuentemente, España no se hubiera enterado de las correrías de un tipo al que le gusta el dinero más que a un tonto un lápiz, a Tamara Falcó un rosario o a Belén Esteban irse de compras con Andreíta.

Pocos, por no decir ninguno, nos acompañaron en esa otra imprescindible tarea de poner negro sobre blanco el tan cavernícola como desenfrenado machismo de nuestro protagonista. No nos cortamos un pelo a la hora de probar que el secretario general de Podemos es partidario de azotar a las mujeres hasta que sangren, de reflejar cómo espetaba un repugnante “¡qué bonito abrigo de pieles lleva usted!” a una periodista incómoda o cómo humillaba a Andrea Levy por el mero hecho de ser mujer. El diario de sesiones recoge el bochornoso momento del 3 de marzo de 2016 en el que este misógino de manual asegura desde la tribuna que la popular “se calienta” con el podemita Miguel Vila al tiempo que le ofrece su despacho para que “lo conozca mejor”.

Nadie, empezando por los compañeros de Levy, dijo esta boca es mía. Nosotros no sólo no callamos sino que aireamos a los cuatro vientos unas expresiones que le hubieran costado la carrera a un dirigente del Partido Popular o Ciudadanos en idéntica situación. Si esto lo rebuzna Girauta o Rafa Hernando se las tienen que pirar a Australia, cavar una zanja en la arena y autoenterrarse una temporadita. No me pregunten por qué pero a este pájaro todo le sale gratis. Y luego va de feminista por la vida sin que nadie le afee la conducta o, al menos, le recuerde estos episodios tan impresentables como fiel reflejo de la patológica personalidad de un comunista al que apodaron El Chepas en justo pago por ir por la vida colgando motes y apodos a los adversarios para ridiculizarles y señalarles.

Más claro aún si cabe tengo que si no hubiera sido por el periódico que tengo el privilegio de dirigir hubiera tardado en conocerse, o tal vez no se hubiera conocido nunca, la compra por 660.000 euros más IVA de ese chalé que vale 1,2 millones. El reportaje gráfico de la vivienda que ofrecimos a toda España desenmascaró para siempre a un individuo que criticaba a “los poderosos que se esconden en sus chalés de las urbanizaciones extrarradio” o que calificaba de “peligroso” que “un político viva en un chalé”. Por no hablar de ese tuit de 2012 contra Luis de Guindos en el que vomitaba una frase que le acabaría estallando en su no muy limpia cabeza seis años después en un acto de justicia divina: “¿Entregarías la política a alguien que se gasta 600.000 euros en un ático de lujo?”. Jojojojo.

Me alegro de haber contribuido a poner mi granito de arena a desinflar este proyecto totalitario que hace no tanto, cuatro años, era el número uno en intención de voto. De haber destapado sus mentiras, sus chanchullos, su afán absolutista y esos tics machistas que deberían estar desterrados de la vida pública. Siempre será mejor que en la izquierda mande un partido socialdemócrata que uno comunista, uno que respete la Constitución que otro que quiera liquidarla, uno que tiene como socios a partidos respetables europeos que otro que va de la mano de narcodictaduras y teocracias, uno que sabe lo que es ETA porque asesinaron a 11 de los suyos que otro que elogia a la banda terrorista. El asalto a los cielos de Pablemos terminó en los infiernos. El Pacto del 78 puede respirar tranquilo… de momento y con permiso de Pedro Sánchez.

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