Otegi se ríe de las víctimas con nuestro dinero

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Pedro Sánchez y Arnaldo Otegi.

El 7 de diciembre de 1941 ha pasado a los anales de los Estados Unidos como “El día de la infamia”. Aquel domingo fuerzas navales japonesas atacaron a traición, sin haber declarado previamente las hostilidades, la guarnición de la Armada yanqui en el puerto hawaiano de Pearl Harbor. Miles de muertos, decenas de barcos hundidos y, sobre todo y por encima de todo, la infinita humillación provocaron la entrada en la Segunda Guerra Mundial de la que ya se barruntaba como gran potencia del siglo XX.

El 26 de junio de 2019 es ya, por derecho propio, nuestro pequeño gran día de la infamia. El miércoles pasado soportamos lo que jamás pensamos que nos tocaría soportar: al jefe de la banda terrorista ETA, el malnacido de Arnaldo Otegi, siendo entrevistado en el canal 24 Horas de RTVE. Un tête à tête a caballo entre el masaje y ese “no nos vamos a hacer daño” que inevitablemente surge cuando el paciente se topa con el dentista armado con el torno presto y dispuesto a hacer de las suyas.

Un servidor jamás pensó en sus cinco décadas justas de vida que le tocaría vivir semejante indignidad. Si alguien me llega a aventurar hace 40, 30, 20, 10 ó incluso 5 años que el capo de los asesinos de 857 compatriotas iba a ser protagonista en persona de un programa de la cadena que mantenemos con nuestros impuestos, lo hubiera remitido al frenopático más próximo salvo que lo hubiera identificado como un marciano recién llegado a la tierra. En cuyo caso, le hubiera enseñado unos cuantos vídeos de las atrocidades de los compañeros de faena de este monstruo para que se hiciera cargo de qué y de quiénes estamos hablando.

Ni siquiera en los tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando se pactó con ETA el frenazo a los asesinatos a cambio de meter a los matones en la vida pública, hubiera sospechado tamaña felonía a los españoles en general y a las víctimas del terrorismo en particular. Discrepo del presidente Zapatero acerca del modus operandi escogido para poner punto y final a más de medio siglo de terror en el País Vasco, Navarra y el resto de España. Yo nunca hubiera dado nada a cambio por una sencilla razón: ETA estaba machacada e infestada hasta las cachas por topos de la Policía, la Guardia Civil y el CNI. Pero lo cierto es que hace ya ocho años que el imperio del mal no elimina ni secuestra a nadie, aunque la violencia de estos nazis perviva como se certificó en Alsasua. Pero matar, lo que se dice matar stricto sensu, no han vuelto a matar.

Zapatero va a acabar haciendo bueno a un Pedro Sánchez para el que el fin justifica cualquier medio por repugnante que sea desde el punto de vista ético, moral o legal. ¿Que me tienen que plagiar una tesis para presumir del currículum del que carezco? Pues que me la plagien. ¿Que me tengo que aliar con los que han dado un golpe de Estado hace ocho meses para echar a un tipo que tuvo 53 escaños más que yo? Pues me alío y aquí paz y después gloria (“sí, la mía”, debe cavilar mientras se parte la caja). ¿Que preciso de los votos de los etarras para presidir Navarra y España? Pues le doy al matón jefe un rato en prime time en la cadena pública y que se jodan. Así es este Pedro Sánchez que no sé si es inmoral, porque entre el bien y el mal eligió este último, o amoral porque psicológicamente no distingue lo primero de lo segundo.

Lo que más asco me da es la puñalada trapera que supuso la entrevista a Otegi para las víctimas y sus familias 

Pero más allá de los métodos empleados por Pedro Sánchez para mantenerse en el poder o para lograrlo pese a haberse quedado en casi la mitad de escaños que sus rivales en Navarra, lo que más asco me da es la puñalada trapera que supuso esa entrevista para las víctimas, para sus familias y para el buen nombre de la España constitucional. Para empezar, a las personas que directamente sufrieron en carne propia el terror de ese hijo de Satanás que es Arnaldo Otegi. Me refiero a Luis Abaitua, que fue secuestrado por este sujeto al que Zapatero definió como “hombre de paz”. Hablo de Javier Rupérez, al que también tuvo retenido contra su voluntad. O de ese entrañable a la par que añorado Gabi Cisneros que más allá de toda duda razonable lo identificó entre los pistoleros que le dispararon en la pierna cuando era uno los prohombres de la UCD.

Intuyo la cara que se le quedó a Ortega Lara cuando vio o le contaron la infamia que estaba perpetrando RTVE. Un Ortega Lara que estuvo enterrado 532 días por los subordinados del “hombre de paz”. O la de la insuperable Irene Villa, a la que mutilaron con 12 años. O la de Marimar Blanco con cuyo hermano no tuvieron la piedad que ahora sí tiene con el baranda de sus verdugos un Gobierno huérfano del más mínimo principio ético. O las de los familiares de las otras 856 personas a las que privaron del derecho más elemental: el de la vida. O las de los miles de ciudadanos que quedaron heridos física o psicológicamente de por vida. O las de los que se arruinaron porque ETA les exigía el malévolamente bautizado como “impuesto revolucionario”. Y, desde luego, las de los 250.000 vascos y navarros que se exiliaron y tuvieron que empezar de cero lejos de su tierra para evitar que les matasen, secuestrasen o extorsionasen.

Las televisiones públicas son un anacronismo en estos días en los que ya nadie alberga dudas de que lo privado funciona mejor que lo público, en los que la ciudadanía está hasta los mismísimos de tener que sufragar con sus impuestos los aparatos de propaganda del dirigente político de turno. Si de mí dependiera, que desgraciadamente no depende, cerraría todos los canales públicos o, al menos, los reduciría a la mínima expresión. Quedarían como un reducto de programación de calidad enfocada, básicamente, a la educación de los españoles y muy especialmente de esos jóvenes a los que las sucesivas leyes educativas han privado de los más elementales conocimientos de la segunda nación más antigua de Europa. Algo parecido a lo que hoy día es la 2.

Con Otegi ha quedado claro para qué sirve una tele pública: para el interés del gobernante o gobernanta de turno. El motivo que quedaba para clausurarla. A los que sostienen que no entrevistar al terrorista Otegi hubiera sido censura hay que recordarles que a ninguno de los 300 canales del Sistema Público de Televisión estadounidense, PBS, se les pasó por la cabeza entrevistar al causante del 11-S: Osama bin Laden. La BBC tampoco tuvo siquiera la tentación de hacer lo propio con Al-Baghdadi, líder de ese maligno Estado Islámico que tantas vidas ha segado en Reino Unido en los últimos años.

El debate con Otegi, con Bin Laden o con Al-Baghdadi no es libertad de expresión “sí”-libertad de expresión “no” sino dignidad “sí”-dignidad “no”. O más bien respeto a las víctimas “sí”-respeto a las víctimas “no”. Ni Ortega Lara, ni Irene Villa, ni Marimar Blanco, ni ninguna otra de las miles de víctimas de ETA tienen que soportar que con el dinero de sus impuestos se dé publicidad al vomitivo cinismo de uno de los gerifaltes de quienes destrozaron la vida a ellos y a los suyos. “Pido perdón si hemos hecho más daño del que teníamos derecho a hacer”, escupió Otegi en TVE. Unas víctimas, por cierto, que ni se tomaron la justicia por su mano ni dejaron de confiar un segundo en el Estado de Derecho. Unas víctimas que estarán eternamente en nuestro corazón. El corazón que ha demostrado no tener Pedro Sánchez.

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