La izquierda desata la violencia

La izquierda desata la violencia

Dos episodios de esta pasada semana han sembrado la alarma. En Pamplona, una serie de forajidos refugiados bajo las siglas proetarras de Bildu, increparon, insultaron e intentaron agredir a los dirigentes de Navarra Suma, la coalición tripartita que ganó las elecciones forales en el pasado mayo. En Madrid y durante la manifestación del llamado “Orgullo”, unos tipos, muchos, desaprensivos, intimidaron a los representantes de Ciudadanos que, muy pardillos ellos, acudieron a la concentración sin duda para reflejar su solidaridad (palabra que cada día se antoja más horrible por su mal uso) con los miembros del denominado “Colectivo LGTBI” en el cual se encuadran personas de muy diversa condición. Tanto en Pamplona como en Madrid las víctimas se libraron de un enorme linchamiento que Dios sabe a dónde les hubiera conducido, aunque vista la agresividad de los bárbaros es muy fácil supone realmente el lugar en el que podían haber quedado internados.

Curiosamente y salvo raras excepciones, ambos sucesos han quedado decolorados por el afán de la izquierda y de sus corifeos mediáticos en demostrar que lo que ocurrió verdaderamente en ambos escenarios es que, tanto los ingenuos de Ciudadanos como los tranquilos concurrentes a la procesión de San Fermín, se comportaron como auténticos provocadores. Es decir, que su sola presencia determinaba la reacción airada de sus agresores.

Para mayor inri, en Madrid, uno de los jefes de la algarada, el ministro del Interior, Grande Marlaska, componente efectivo del “lobby gay” español, no solo disculpó sino que incluso “comprendió” la conducta de los asaltantes. Por eso se colocó inequívocamente al lado de sus colegas de alternativa sexual y en contra incluso de los policías que intentaron, tras ímprobos esfuerzos, que los seráficos componentes de la tribu ciudadana de Rivera, fueran molidos a palos, después, eso sí, de que soportaran toda serie de procaces insultos.

En Pamplona los incendiarios aún eran más peligrosos. Se trataba de los herederos directos de canallas como Ternera o De Juana Chaos, los asesinos que durante cincuenta años han matado sin piedad a cualquiera que no estuviera complicado en sus objetivos. Tampoco estos han recibido demasiados reproches de la izquierda socialista y, mucho menos desde luego, de los estalinistas de Podemos. La razón está a la vista. Tanto en Pamplona como en Madrid, Sánchez, siempre a favor de darse el morro con la izquierda montaraz, precisa para seguir en el machito, de sujetos como los agresores de Navarra Suma, aunque él, su discípula Chivite y un sujeto abominable como Santos Cerdán, aseguren por dónde van que ellos no quieren saber nada y que “Si estos tiparracos nos dan su voto bienvenidos sea, pero quede claro que nosotros no les hemos pedido sus escaños para completar mayorías”. ¡Qué ejercicio de hipocresía!

Los sucesos que estamos glosando, sobre todo el de Madrid, están pasando desapercibidos, cuando no ocultados en los relatos de la izquierda, muy preocupada en demostrar la enorme importancia de la salida masiva del armario de unas personas, respetables ellas mientras no se demuestre lo contrario, que han sufrido masivamente durante muchos años la inquina de una sociedad persecutora que les ha hecho literalmente la vida imposible.

En Pamplona y en Madrid ha sonado todas las alarmas posibles y se ha hecho visible una amenaza real; a saber, que las posiciones encontradas no queden avaladas por la tolerancia y el diálogo que es, ahora mismo, otro vocablo malversado por su pésima utilización. Lo ocurrido suena a timbre para levantar suspicacias sobre la voluntad de los proetarras de Bildu, y de los “gays” más enloquecidos de respetar las reglas de juego en una democracia tan formalista como afortunadamente es la nuestra. Es tremendo, pero los que escribimos o decimos cosas como éstas recibimos siempre imprecaciones salvajes del jaez de “homófobos” o “fachas”. Nadie se atreve en estos momentos a considerar que dentro del LGTBI pueden existir tantos cenutrios como en el mundo heterosexual. Si caes en la tentación de asentar este principio, de aventar que tampoco los homosexuales se libran de la presencia de sujetos indeseables o de presumir que el “lobby” antedicho margina sin piedad al que no comulga con sus derivadas sexuales, el reproche no sólo vendrá de los socios del llamado “Colectivo”, sino de los izquierdistas modo Sánchez que reparten carnés de “personas aceptables” y que maltratan en sus televisiones a los simplemente rivales. La izquierda ha desatado la violencia y lo peor de caso es que se ha quedado tan tranquila, cómoda en la seguridad de que cuenta con el respeto y la complacencia de los Sánchez y Marlaska de turno y que siempre podrán tachar de provocadores a los tontos del haba que, angélicamente, se prestan a servirles de mulilleros.

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