Illa se ha vuelto franquista

Las decepciones con Salvador Illa se acumulan. La última fue una entrevista el pasado domingo en El Periódico. «Hay que cambiar el paradigma urbanístico y densificar tanto como podamos», proclamaba el presidente de la Generalitat.
La penúltima son los presupuestos de la Generalitat. Illa no gobierna. Aplica aquel refrán catalán de «qui dia passa, any empeny». La traducción literal sería «quien día pasa, año empuja». Pero, vamos, es más bien ir tirando, escurrir el bulto.
Nos quejamos de Sánchez, que lleva tres años sin presupuestos —y sin convocar elecciones—, pero el líder del PSC va por el mismo camino. Los últimos de la Generalitat fueron aprobados en el 2023. Aunque él tiene excusa porque las elecciones fueron al año siguiente.
Le hizo un órdago a Esquerra y los presentó sin tener garantizado el voto. Y ha tenido que retirarlos. Ahora se han dado cuatro meses para negociarlos. Parece ser que ha faltado tiempo.
Sin embargo, lo más grave es su apuesta por la construcción en vertical. Como si Cataluña no hubiera quedado maltrecha por el desarrollismo franquista.
¿Cómo no vamos a tener problemas de vivienda si han llegado dos millones de personas en los últimos años? Aunque ocupen las viviendas más precarias, en algún sitio tienen que dormir.
A ello se añaden las políticas suicidas en la materia de Colau y compañía. No penalizan al okupa o al recién llegado sin papeles, sino al propietario. Lo único que han conseguido es que el mercado se retraiga. ¿Cómo van a alquilar un piso si al segundo mes ya se puede convertir en un inquiokupa? Intenta tú desahuciarlo.
Lo que pasa es que el tema de la inmigración sigue siendo tabú y la izquierda prefiere mirar hacia otro lado. Al final han aceptado que tiene un impacto en la inseguridad ciudadana.
Si vienen sin papeles y no consiguen trabajo —que no pueden—, de algo tienen que comer. Suelen empezar con el hurto y, si hay suerte, pasarse a delitos mayores. Al fin y al cabo, en Cataluña el 50 % de los reclusos son extranjeros. No es racismo, son datos oficiales.
Como en las escuelas. Los maestros catalanes andan revueltos, incluso cortan carreteras: menudo ejemplo para los alumnos. Pero no solo fueron una pieza fundamental del proceso, sino que nos han engañado: durante treinta años nos han asegurado que la escuela catalana era un «modelo de éxito».
Y era mentira. Ellos lo sabían. El fracaso de la escuela catalana tiene tres causas: la politización, el wokismo y la inmigración. Lo mismo: si te llega un estudiante pakistaní o magrebí a mitad de curso es evidente que supone una desventaja para él —que tiene que aprender no una, sino dos lenguas—, pero afecta también al rendimiento del resto de la clase.
Hasta en la sanidad. Ahora que los médicos también están de huelga —no he entendido nunca eso de las guardias de 24 horas—, todo el mundo empieza a admitir que la llegada de dos millones de personas sin haber cotizado previamente tiene un efecto en la sanidad pública.
Pero Illa prefiere mirar a otro lado, no hablar de inmigración e incluso proponer volver a construir bloques de pisos como en los mejores tiempos del franquismo.
Hace años, cuando estaba haciendo la mili, leí en una información periodística Barcelona, en materia de densidad de población, estaba al mismo nivel que Calcuta. Tanto tiempo después, debemos estar igual o peor.
Con Maragall, las salidas de tono o las ideas geniales (sic) del entonces alcalde de Barcelona fueron bautizadas por la sabiduría popular como «maragalladas». Hay que empezar a buscar un nombre para las de Salvador Illa.