Groenlandia: el precio del hielo

Groenlandia: el precio del hielo
Diego Buenosvinos

Cada cierto tiempo el imperio se despereza, mira el mapa con el mismo gesto cansado de siempre y vuelve a señalar aquello que nunca dejó de desear. En 2019, Donald Trump, promotor inmobiliario reciclado en presidente, resucitó una idea que huele a alcanfor histórico: comprar Groenlandia. Lo dijo sin rubor, como quien negocia un solar con vistas al mar, y al hacerlo dejó al descubierto algo que muchos prefieren disfrazar de diplomacia: Estados Unidos sigue entendiendo el mundo como un inventario de activos estratégicos. No era una forma de impresionar, ni una excentricidad personal. Era la verbalización grosera de una lógica imperial antigua y perfectamente viva que ahora en 2026, tras Venezuela y ver a Europa sin fuerza, lo ha vuelto a demandar.

Groenlandia lleva siglos ahí, inmóvil, blanca, aparentemente inútil, mientras los imperios pasan y se reinventan. A comienzos del siglo XIX, cuando Europa se despedazaba entre Napoleón, Metternich y las primeras sacudidas nacionalistas, la isla era poco más que una colonia administrada por Dinamarca con paternalismo clerical y abandono práctico. Los inuit no contaban, como no contaban los esquimales en los mapas de los almirantes ni los hielos en las cuentas de los banqueros. Nadie hablaba de minerales estratégicos ni de rutas comerciales: el hielo se consideraba eterno, y como todo lo que se cree eterno, se ignoraba.

Estados Unidos, sin embargo, aprendió pronto que la geografía no muere, sólo espera. En 1868, recién comprada Alaska a una Rusia necesitada de liquidez, William H. Seward ya miró hacia Groenlandia e Islandia. No insistió. Aún no era el momento. El imperio estadounidense siempre ha sido paciente cuando conviene. Prefiere comprar mañana lo que hoy no puede justificar.

La Segunda Guerra Mundial lo cambió todo. Groenlandia dejó de ser un páramo exótico para convertirse en una pieza del tablero. Radar adelantado, base aérea, escudo ártico frente a la Unión Soviética. En 1946, con Europa aún oliendo a ceniza, Harry Truman ofreció a Dinamarca cien millones de dólares en lingotes de oro. No era romanticismo polar, era miedo geopolítico puro. Dinamarca se negó, pero permitió bases.

Desde entonces Groenlandia es frontera, no periferia. Es el punto donde América vigila a Rusia, donde la OTAN mide el pulso al Ártico y donde China empieza a asomar con sonrisa de socio comercial y ambición de potencia paciente. Trump no inventó nada. Trump dijo en voz alta lo que otros presidentes formularon en documentos clasificados. Biden, Obama, Bush o Clinton entienden Groenlandia exactamente igual: no como una isla, sino como un portaaviones inmóvil, como una plataforma desde la que controlar rutas, recursos y adversarios.

Las razones son tan viejas como el poder. Tierras raras imprescindibles para misiles, satélites y tecnología civil. Rutas árticas que el deshielo convierte en autopistas comerciales entre Asia y Europa. Control militar en un norte cada vez más disputado.

De ahí la obscenidad del debate sobre su precio. Doce mil millones, ciento ochenta mil, dos billones. Es irrelevante. Los imperios no compran territorios por lo que valen hoy, sino por lo que permitirán dominar mañana. Louisiana costó un 3 % del PIB estadounidense y definió un continente. Alaska fue ridiculizada como un desperdicio helado hasta que apareció el oro y el petróleo. Groenlandia sigue el mismo guion, sólo que con menos nieve y más urgencia climática.

Lo último en Opinión

Últimas noticias